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Al pueblo, pan e informe

Por: David Eduardo Martínez Pérez

Lo que más se oía era las porras de la FECOPSE. Como si fuera Moisés, un tipo con altavoz conducía a varias columnas de comerciantes hacia la lona instalada en Centro Cívico para el ‘baño de pueblo’. Y sí, era un baño con el pueblo elegido, pero para ahogar con ovaciones y porras las críticas al mandatario. Se ve, se siente, Loyola está presente.

A los de la FECOPSE los seguían varios sindicatos de tianguistas y la incondicional Unión de Franeleros, que nunca falta en estos casos.

‘Ya saben lo que hay qué hacer, todos aplaudan a la cuenta de tres’, decía un chico con playera del Frente Juvenil Revolucionario y varias bolsas con almuerzos en la mano derecha. Una legión de ancianas se movía siguiendo las indicaciones de una chica con gorra del PRI y varios animadores invitaban a la gente a sentarse y despejar los pasillos.

Sin embargo, esto era difícil de cumplir, pues faltaban sillas. Numerosas personas, entre ellas algunas de la tercera edad, con el cansancio saturando sus rostros llenos de sudor, debieron permanecer de pie junto a las bocinas que replicaban las porras al alcalde.

Había también familias completas, con todo y niños de brazos. Muchachos que sostenían lonas enormes felicitando a Loyola en nombre de algún tianguis que él probablemente ni conoce.

Unos cuantos abandonaban el ritmo de las porras y se sentaban en suelo a esperar, ya no el fin, sino el comienzo del espectáculo; la mayoría de los contingentes llegó a Centro Cívico dos horas antes.

Hasta a los reporteros les tocó su mochada: empleados municipales les repartían paquetitos con seis tacos de canasta. Era lo más similar a un carnaval medieval. Todos gritando, comiendo, preparándose para la penitencia y la letanía de cifras, asintiendo acríticamente a todos y cada uno de los datos.

-Se realizaron más de mil obras

– ¡Bravooo!

– Santa María

– Ruega por nosotros

Como en los tiempos medievales, no todos entraban en la catedral. El pueblo permanecía en el atrio; los mandatarios, en el templo, calientes y seguros.

Varios políticos llegaron al festín. José Calzada y su padre, el exgobernador Antonio Calzada Urquiza. También estaba el senador Enrique Burgos. Todos con sus mujeres.

La diferencia fue que a ellos no les pedían gritar consignas, ni agitar pompones; tampoco que sostuvieran pesadas cartulinas para expresar felicitaciones. No. A ellos, que estaban bien protegidos y separados de la plebe, lo único que se les pidió fue que se vieran bonitos para la foto.

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