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Barrer las calles de Querétaro

Por: Selma Granados

PARA DESTACAR: La vida de Laura Martínez es su trabajo como empleada de limpieza del municipio de Querétaro y su pareja. Desde hace unas semanas, el destino de Laura es incierto. El gobierno municipal ha optado por concesionar el servicio de recolección de basura.

Son las 4:30 de la mañana. Todavía no sale el sol. Laura se levanta sin dificultad al escuchar la alarma de su celular. Toma la ruta 36. Llega a las 5:40 am. Entra a las 6:00 am y  termina a las 2:00 pm. Ella se describe como responsable, puntual y trabajadora; es empleada de limpieza del municipio de Querétaro desde hace 5 años y lo dice con orgullo.

Antes vendía chicharrones y churros afuera de una escuela que está por su casa: “sí me iba bien, pero tenía que ir al mercado a comprar, luego llegando a picar y al final a vender, ya llegaba bien cansada”. Con el tiempo la competencia fue en aumento y no siempre era posible sacar ganancia. Por su tono de voz y soltura, denota que era algo que de verdad le gustaba hacer, sin embargo decidió cambiar eso por algo que le brindara un sueldo fijo.

Les dan 30 minutos para almorzar, los que ella aprovecha para pasar al Oxxo a calentar su comida. A veces va por tortillas o un bolillo al mercado, depende de lo que traiga. Solo tiene una amiga con la que desayuna, fuera del trabajo no tiene muchos amigos: “es que casi no salgo. Nada más al trabajo, a la tienda y de vuelta a la casa”. No está casada, ni tiene hijos; su única familia es la de su hermana. Empezó una relación justo cuando entró a trabajar al municipio; él hace lo que se ofrezca.  La vida de Laura es su trabajo y su pareja.

Después del almuerzo se quita la bolsa de los hombros y la recarga en el carrito de basura color naranja, en el que lleva dos escobas y un recogedor; en la bolsa: el tupper de su comida, el cargador de su celular y papel. El celular lo trae en la bata y la cartera en el pantalón. Laura es coleccionista de carteras, no trae mucho dinero, pero nunca la suelta. Le gustan con dibujos, de muchos cierres y con color, en especial con fiusha.

No le molesta que haya basura: “si la gente no tirara basura ¿qué barreríamos? No tendríamos trabajo”, es muy optimista al respecto, pero admite que es cansado y que sólo se puede imaginar a ella misma en unos años “cansada” por levantarse temprano, por estar en el sol, por estar siempre parada. A veces su ruta es sólo ir y venir en una calle, pero “hay unas rutas más pesadas, hay una de Tecnológico hasta Universidad y está bien sucia”.

A las 2:00 pm termina el turno de Laura. Se apresura a la parada de autobús y espera la ruta 36 para volver a casa. Llega a hacer de comer: su alimento favorito son las milanesas o el menudo, pero no le gusta cocinar: “A veces le digo a mi pareja que él haga y luego cocina él”. Casi siempre alcanzan a comer juntos, él llega como a las 5:00 pm, hora en que empieza el programa favorito de Laura ―La Rosa de Guadalupe―: “me gusta porque luego hay muchas cosas que son ciertas, o luego de ahí uno también aprende”. Ha transcurrido medio día y Laura sólo ha oído consejos de su amiga en el trabajo por media hora y de la Rosa de Guadalupe por una.

A Laura le gusta salir, ir a convivios, bailar cumbia al ritmo de Los Ángeles Azules o del grupo La Apuesta, es una mujer a la que le gusta arreglarse; al trabajo lleva unas arracadas plateadas y aunque tiene el cabello sujeto por la gorra, se distinguen mechones teñidos de rubio al contraste de su cabello naturalmente castaño. Su pareja es un hombre amable, pero no le gustan mucho las fiestas, se aburre fácilmente, además de que a la familia de ella no le cae muy bien; por eso casi no van y cuando acaba el programa de las cinco prefiere tomar una siesta.

De casarse y tener hijos dice que le gusta sentirse independiente al no contraer matrimonio y cuando sus sobrinos eran chicos, los cuidó tanto que la llegaron a llamar: mamá.

A pesar de su trabajo, Laura no tiene tiempo de limpiar su casa… no como ella quisiera, los fines de semana son días normales para ella, tiene que trabajar y en sus días libres (martes y miércoles) no cambia mucho la rutina pues se dedica a asear su casa. Le gusta la limpieza y se nota por sus manos, que a pesar de estar maduras por el trabajo están limpias, lo mismo con su ropa y sus zapatos.  Tampoco tiene tiempo de ir a misa. Desde que falleció su madre dejó de hacerlo: “será por desidia, no tengo tiempo, no más…ya no me llama la atención cómo antes”.

Laura es una mujer callada, sencilla y solitaria, pero enteramente feliz. Procura acostarse a dormir a las 9:00 o a las 10:00 de la noche para despertar a primera hora del día siguiente. Solo estudió hasta la primaria, pero jamás añoró estudiar o dedicarse a algo en específico: “mi mamá era de muy bajos recursos, apenas podía con nosotros y sabía que no se iba a dar la oportunidad”. A veces piensa que le gustaría tener una tienda de ropa y luego propone comprar un carrito y vender prendas en el tianguis. ¿Será que no necesita soñar para ser feliz o simplemente sabe que es feliz con lo que tiene?

Quisiera morir sin dolor, pero lo que le preocupa de partir es dejar deudas. Hace tiempo Laura comenzó a construir su casa, pues en la que vive es la que le dejó su mamá; dice que para poder trabajarla pidió préstamos que no la dejan sentirse tranquila. Su sueño es pagar sus deudas: “pero eso sólo me haría más feliz”.

Desde hace unas semanas, el destino de Laura es incierto. El gobierno municipal ha optado por concesionar el servicio de recolección de basura, se han denunciado amenazas, despidos injustificados y disminución del salario; ella apoya a sus compañeros, cree que es correcto luchar por la causa, que será beneficioso para ella y sus colegas: “ya por lo menos vamos a estar más seguros”. La decisión final, está en manos del gobierno.

 

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