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Con empedrado pero sin comida, la crisis en Santa Rosa Jáuregui

“¿A poco uno le va dar mordida a la banqueta o el empedrado?”, se queja Teodora, habitante de la comunidad Loma del Chino

Por: Ricardo Lugo

El asfalto mojado y cubierto de lodo por las primeras lluvias de la temporada no es un problema para las señoras Teodora y Guadalupe Romero.

 

Todo lo contrario: están esperanzadas a que la situación de sequía mejore, la siembra de maíz fructifique y llenar el vacío económico que dejan los bajos salarios.

“A mi esposo ya no lo ocupan en ningún trabajo por la edad que tiene y de esta señora (Teodora) su señor está enfermo”, expresa doña Guadalupe, ante la pregunta de que si el dinero alcanza durante la semana.

“En su mismo trabajo llegó el día en que le robaron y lo secuestraron. A causa de eso lo golpearon, pero todavía tiene el puesto”, recuerda Teodora.

En la comunidad Loma del Chino, donde se encuentran las zonas con mayor marginación en el municipio de Querétaro, la vida transcurre con serenidad.

Los niños llegan de la escuela, las mamás preparan los frijoles o nopales y si hay suerte un caldo de pollo, un “bistecito” que, a palabras de la señora Teodora, sólo alcanza una vez cada 15 días.

“La ayuda que tenemos y que para nosotros es una riqueza muy grande son los nopalitos del cerro. Los cocina uno de diferentes formas”, comparte Teodora.

–Cuando ustedes van a la tienda, ¿qué es lo que compran?

–Más más, el pan. Dos veces por semana –contesta doña Teodora.

Inmiscuida en el juego de palabras que su madre sostiene, la pequeña hija de Teodora recuerda algo. Menciona “huevo” por si acaso atina a la pregunta.

“El huevo es muy raro (de conseguir)”

Sus hermanas juegan en el patio de la humilde casa. Las calandrias cantan mientras un joven y sus ovejas pasean sigilosamente al otro lado de la carretera que conduce a Buenavista.

“El huevo es muy raro (de conseguir)”, responde Teodora a su hija con una mirada tierna. Alza la cara y continúa.

“La sopa y el arroz eso sí comemos. Refresco muy poco. Tomamos agua, de sabor casi no, la tomamos así como sale de la llave. Raro es cuando les hago leche. En la cocina –de la escuela– cuando sobra cada mes nos mandan harina con los niños y les hago atole. Cuando el DIF nos da desayunos ahí viene un poco de leche”, manifiesta.

La semana es complicada: el sueldo del esposo de Teodora alcanza los mil 200 pesos semanales, con ello debe cubrir la primaria de una de sus hijas, la secundaria de su hijo, los recibos de agua y luz, comprar el gas y adquirir los alimentos.

Además, una cuota semanal para la niña que va a preescolar, ya que los padres deben saldar el gasto de pasaje de la maestra y su almuerzo.

Por suerte, los vecinos de la calle donde vive la señora Teodora, se han librado del pago de tres postes de luz, de 60 mil pesos cada uno si son de cemento o 40 si son de madera. La autoridad municipal los exigía para instalar el cableado de la luz eléctrica.

Un alcanfor bloquea los intensos rayos de sol que de vez en cuando asoman entre las nubes, caen al suelo húmedo y evaporizan el agua de las plantas y la tierra.

El intenso calor se siente en el aire.

“A veces desde el miércoles ya no me alcanza el dinero”, expresa Teodora.

–¿Qué hará de comer hoy?

–Nopalitos.

–¿Y cuando no llueve también comen nopales?

–Pues hasta le sacamos el corazón a las pencas. La abrimos y picamos lo de adentro.

“Acuérdate que ya tiene como tres años que no llueve –increpa doña Guadalupe– y los nopales están secos, ¿qué les saca uno? Nada. Luego uno se va a caminar al cerro a ver cuál penquita está más gordita. Van tres años que no llueve y el nopal no se puede pelar, ya no está jugoso”, expresó.

“Si compro un kilo de pollo, no compro una bolsa de jabón”

La señora Teodora y doña Guadalupe viven en la comunidad Loma de Chino. La carretera que llega ahí está en buen estado y conecta Buenavista con la carretera 57 en los límites de Querétaro.

“Una vez vinieron y nos dijeron ‘señora usted ya está bien en este pueblecito, ya tienen banqueta y su empedrado’, le digo, el día que uno no tenga que comer ¿a poco le va dar uno una mordida a la banqueta o el empedrado? Pues no, aunque estén bien arregladas las calles y lo que sea nos falta qué comer. La alimentación es más importante, que es lo que nos falta.

“Aquí, como dice la señora, ojalá le pudiéramos dar a los niños una frutita o un caldito, pero ya no nos alcanza para eso. Fíjese, si compro un kilo de pollo, no compro una bolsa de jabón, no me compro un aceite. Ya le calé por un modo y otro y no.

“Mi hijo me dice ‘ay, ma, pero yo ya no puedo más, a mí no me suben el sueldo’, a ti no te suben el sueldo y a mí me suben las cosas”.

“El tomate está como a 37 pesos”, dice Teodora.

“Mis hijos la verdad están bajos de peso y trato de darles un vasito de leche por allá cada mil años.

“Hubo un día, fíjese, que no tenía ni qué hacerles de comer a mis niños y mi esposo me dice ‘no’mbre vieja, mejor te hubieras casado con un rico, yo de fregado que no tengo las utilidades para darles de comer’ –el recuerdo cosquillea en su mente y lanza una risa–, ‘¡ah! no friegues’, le digo. Gracias a Dios que sembramos y nos socorrió con frijoles.

“Ya no digas de frijoles, yo no curé el mío”, lamenta doña Teodora.

Terminada la charla, una reflexión profunda se vislumbra en los rostros de doña Teodora y Guadalupe.

Deben luchar todavía para conseguir el alimento de cada día y si la tierra es generosa, porque es en la única en que confían, podrán subsistir mientras esperan a que la situación económica mejore y que los precios de la canasta básica ya no aumenten.

 

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