Donde el corazón te lleve

Susanna Tamaro nació en Trieste en 1957. Su primer libro, La cabeza en las nubes, obtuvo el premio Elsa Morante. Con Para una voz sola ganó el premio del Pen Club Intemacional y obtuvo el elogio de Federico Fellini. Aquí un extracto de su libro Donde el corazón te lleve.
Tal vez nunca te lo había dicho, pero mis primeros cinco años de colegio los hice con las monjas, en el Instituto del Sagrado Corazón. Eso, puedes creerme, no fue un daño desdeñable para mi mente ya tan bailarina. A la entrada del colegio, las monjas tenían puesto durante todo el año un gran pesebre. Estaba Jesús en el establo con el padre, la madre, el buey, el asno, y alrededor montañas y barrancas de cartón piedra poblados tan sólo por un rebaño de ovejitas. Cada ovejita era una alumna y, según su conducta durante la jornada, la alejaban o la acercaban al establo de Jesús. Todas la mañanas, antes de ir a clase, pasábamos por delante y al pasar nos veíamos obligadas a considerar nuestra posición. En el lado más alejado del establo había un barranco profundísimo y ahí era donde estaban las más malas, con dos patitas ya suspendidas sobre el vacío. Entre los seis y los diez años viví condicionada por los pasos que daba mi corderito. Inútil que te diga que casi nunca se movió del borde del precipicio.
En mi fuero interno, con toda mi voluntad trataba de respetar los Mandamientos que me había enseñado. Lo hacía por ese natural sentimiento de conformismo propio de los niños, pero no solamente por eso: realmente estaba convencida de que era necesario ser buena, no mentir, no ser vanidosa. Pese a ello, siempre estaba a punto de caer ¿por qué? Por pequeñeces. Cuando llorándome dirigía a la madre superiora para preguntarle el motivo del enésimo desplazamiento me contestaba: “porque ayer llevabas en el pelo un lazo demasiado grande Porque una compañera te oyó canturrear cuando salías del colegio Porque no te lavaste las manos antes de sentarte a la mesa.” ¿Te das cuenta? Una vez más, mis culpas eran exteriores: idénticas, iguales a las que me imputaba mi madre. No se enseñaba la coherencia, sino el conformismo. Cierto día, al llegar al borde del barranco, estallé en llanto diciendo: “¡Pero yo amo a Jesús!” Entonces la monja más próxima, ¿sabes qué dijo? “Ah además de desordenada eres también embustera. Si verdaderamente amases a Jesús mantendrías más ordenadas tus libretas.” Y ¡paf!, empujando con el índice, hizo caer mi ovejita al precipicio.



