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Del Ejército a vigilar el Museo de la Ciudad

Mi vida “ha sido como una resbaladilla”, piensa David Michael Gachuz, quien estuvo 20 años como soldado raso

David Michael Gachuz. Foto: Yunuen Banda Calixto

Por: Eduardo Martínez Pérez

El Museo de la Ciudad es más que las exposiciones y los talleres que se imparten en él. Es también su gente, gente que hace posible cada una de las actividades que se realizan. Una de estas personas es don David, el vigilante.

 

David Michael Gachuz nació en el Distrito Federal hace 70 años, pero se considera guanajuatense y queretano. Hijo de médicos militares, llegó a Irapuato de niño, donde estudió hasta los 16 años.

Su figura alta y delgada es lo primero que detectan quienes entran en el Museo de la Ciudad.

Trabaja ahí desde hace cuatro años.

Ejerce labores que van desde controlar el acceso para evitar que ingrese gente ‘sospechosa’, hasta gestionar los espacios que se van a dedicar a cada taller y a cada exposición.

No le costó ingresar al museo porque ya tenía experiencia en materia de seguridad y porque “las recomendaciones se las da uno mismo”.

Su carrera la inició en Irapuato al dejar los estudios. Pidió permiso a sus padres e ingresó al Ejército siendo menor de edad.

“Sí, yo entré chamaco, como a los 16. Quise empezar desde abajo, como soldado raso. Fui ascendiendo hasta que llegué a ser sargento segundo. Iba a ser sargento primero cuando me salí. Es que es un ambiente muy pesado, la verdad”, relata.

–¿Aguantó muchos años ahí dentro?

–Sí, claro. Estuve bastante rato, casi 20 años. Pero te digo, es pesado. Por un lado, los compañeros son llevaditos, uno no puede dejarse morir. Luego está el ritmo de vida. Yo estuve en un regimiento de caballería; tenía que levantarme a las cinco de la mañana a cuidar caballos.

“Con todo, creo que se ha suavizado bastante la vida que llevan los militares”, advierte. “Incluso la atención médica que reciben es muy superior a la que se le da a la gente civil”.

Como militar fue parte de diversos acontecimientos históricos. El 3 de octubre de 1968 lo hicieron ir a México con todo su regimiento para brindar “apoyo” en el campo militar.

“En el 68 nos mandaron a México, pero no nos tocó matar a nadie, llegamos un día después. Fue muy curioso porque nomás nos acuartelaron para pasar lista y… de regreso a Irapuato”.

También participó en operaciones de rescate durante los desastres naturales.

“En una ocasión se inundaron Irapuato y Salamanca, a todos nos movilizaron y me tocó salvar a muchas personas. Esa fue una parte muy bonita de mi carrera aunque no la única, también me gustó mucho que me mandaran a varias partes de la República. Estuve en todos los estados menos en Yucatán. La vida del militar no es muy estable”, asegura.

 

“Me cansé del Ejército y me fui con la Judicial”

A don David que nunca le interesó ascender más allá de sargento primero.

“Quienes ascienden a oficial desde abajo terminan quedando mal con sus compañeros de tropa y con los subtenientes que egresan directamente de la escuela militar. Es mejor no tener problemas y llevarla tranquila”.

Dijo adiós a la milicia para solicitar “un cambio de vida”, quiere decir que pidió permiso para retirarse y llevar una vida civil.

“Me cansé del Ejército y solicité una baja. Muchos me decían que afuera nomás me iba a morir de hambre pero yo me quise arriesgar. Ellos se equivocaron, conseguí trabajo fácilmente como policía judicial”.

En la Judicial le tocaron experiencias difíciles, enfrentó diversas persecuciones contra criminales peligrosos. Incluso una vez lo balacearon.

“Íbamos en un servicio para agarrar a unos abigeos cuando nos emboscaron. Nos esperaban en un tramo de carretera donde balearon la patrulla. Me siento orgulloso de ser el único sobreviviente. A todos mis compañeros los mataron. A mí nomás me balacearon un costado, desde entonces tengo una placa en las costillas”.

Tras la balacera, don David se jubiló de la Policía y consiguió el trabajo en el museo.

“Por ahora estoy contento con mi chamba porque me permite vivir cosas interesantes, además con ella mantengo a mi chamaco, tengo un niño de dos años con mi actual pareja.”

–¿Es su única familia?

–¿Mi única?, no, para nada. Yo tengo 14 hijos, 13 nietos y un bisnieto. Los hijos con seis damas, con todas estuve cohabitando y de todas me separé por alguna jalada que me hicieron.

“A una dama, por ejemplo, la sorprendí con otro caballero y pos, ni modo, adiós. Otra se quiso pasar de lista sacándome dinero… como sea, yo nunca he sido muy bueno para tratar a las mujeres.

“No me gusta andar de cursi ni dando regalitos ni nada de eso (…) nunca he encontrado a la mujer ideal”, manifiesta.

Tuvo a su primer hijo a los 18 años. Aunque ya no ve a sus ex parejas, tiene una excelente relación con todos sus hijos y nietos.

“Me visitan seguido. Hace poco me operaron y por acá anduvieron todos, a mí siempre me da gusto verlos”, expresa.

 

En el museo “siempre hay algo nuevo que aprender”

El vigilante del Museo de la Ciudad se declara católico pero escéptico de la jerarquía religiosa.

“Creo en Dios, en los santos, en la Virgen; hasta en la Santísima Muerte creo y le doy veneración… lo que sí me molesta es la Iglesia. Me ha tocado ver curas con familia, que cobran por la confesión. A mí esas cosas no me gustan”.

También cree que tras esta vida todos tenemos que “pagar por nuestros pecados como en un mezcla de cielo e infierno”.

Cree en la existencia de almas en pena y de espíritus que se aparecen para solicitar favores a los vivos.

“Mucha gente me pregunta si veo aparecidos aquí, personalmente nunca he visto nada, pero sí he escuchado ruidos. Me gustaría que un día se me apareciera un espíritu para preguntarle por qué espanta y qué necesita”.

Su trabajo en el museo lo disfruta, aunque tiene sus inconvenientes. “Siempre hay algo nuevo que aprender aquí”, revela.

Así como aprende sobre arte al regular las exposiciones, también tiene que lidiar con borrachos, grafiteros y gente que fuma “no cigarro”.

“Una vez vi a unos muchachos grafiteando en los baños, tuve que sacarlos, les dije que si querían expresarse solicitaran el espacio para exponer legalmente… también me ha tocado sacar fumadores de, ya sabes, no cigarro, hierba, he tenido que lidiar con varios de ésos.”

Mucha gente considera curiosos los detalles de su vida y que hasta lo han invitado a escribir sus memorias para publicarlas.

“A mí me han pedido que escriba un libro sobre mi vida, pero no se me da eso; entonces me recomiendan que platique con alguien para que él me lo escriba, pero no sé, no me gustaría que distorsionaran mi vida y me pusieran cosas que yo no dije.

“Mi vida ha sido de todo un poco, ha sido como un círculo. Es como una resbaladilla donde subes y bajas. Tienes que alcanzar un punto para equilibrarte, un punto que nadie alcanza nunca”, sentencia.

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