Detrás del tatuaje: un acercamiento a la tinta queretana

Desde “tus dibujos no te darán dinero”, hasta parecer “un criminal”, así se transita por el camino de la expresión cuando el cuerpo se convierte en lienzo y tatuarse se vuelve un acto de libertad.
Un lienzo en blanco
De acuerdo con Estrella Sánchez Bautista, tatuadora queretana de 22 años, el cuerpo humano “es sólo un medio por el cual el alma y la mente pueden liberarse expresando todo lo que se quiere decir”. No obstante, también reconoce que, “dentro de este, día con día, suceden diversos procesos que, en conjunto, nos permite desarrollar funciones vitales”.
Por otro lado, Diego Ocampo, residente del municipio de Corregidora, afirma que el cuerpo “es el organismo que somos, el conjunto de sistemas que nos dan vida. Yo soy mi cuerpo”, expresa con orgullo el varón de 22 años.
Por su parte, Verónica Mercurio, sostiene que “el cuerpo es la máquina que ayuda al espíritu a poder vivir en la tierra. Es como un traje de astronauta” para poder estar en este planeta, explica la joven de 25 años.
En este sentido, Alexis Ávila Herrera, tatuador de 25 años, señala que el cuerpo “es la primera posesión que adquirimos al llegar a este mundo”, puesto que, “desde el primer segundo, somos dueños de él”. Sin embargo, aclara que “no somos conscientes de ello en los primeros años de vida”, sino que, al crecer, “nos damos cuenta de lo importante que es”, por lo que aprendemos a cuidarlo, a tratarlo y a trabajar en él, reflexiona el originario de Corregidora.
Gritos en la piel
Ante la incógnita sobre qué es el tatuaje, Sánchez Bautista lo define, en primer lugar, como “una forma única de comunicación visual, en el que el mensaje o emoción siempre será totalmente subjetivo”. No obstante, expresa que “va más allá. Que es una exploración y una deconstrucción” de la identidad. “Es un viaje de introspección”, explica con puntualidad la autora de más de 100 tatuajes.
Por otra parte, Ocampo considera que el tatuaje “es una representación de alguna etapa de vida, aprendizaje o cualquier experiencia” que se busca llevar en la piel. “Es como volverse un álbum fotográfico de registros del pasado”, asevera con 16 tatuajes en el cuerpo.
De otra manera, para Mercurio, el tatuaje “es un dibujo que te puedes poner en la piel de adorno. Es como ponerte ropa, aretes y maquillaje; una forma de expresar quién eres”, sostiene con 11 tatuajes hechos.
Por su lado, Ávila Herrera explica que, como consumidor de tatuajes, “es una forma de recibir alguna terapia”, puesto que, la mayoría de los que se ha hecho se los realizó “en un mal momento” de su vida. “Quise tatuarme para solventar ese dolor al marcar mi piel”, apunta reflexivamente. Sin embargo, y como tatuador, concluye que “cada persona le da un valor diferente: algunos por estética, otros por sentimentalismo y otros con mucho significado”, condensa el hacedor de más de 800 tatuajes.
El camino de la creatividad
“Tus dibujos no te darán dinero”, le decían las personas adultas a Sánchez Bautista, después de que le afirmaran que este “no es un trabajo real”. Sin embargo, nunca dejó de hacer lo que le gusta. “Empecé a ver tutoriales para introducirme en el mundo del tatuaje: comprendí el funcionamiento de la máquina y practiqué en piel sintética”, narra la joven artista, en su mayoría, a personas de entre 20 y 30 años.

Posteriormente, Estrella conoció a una persona que se dedicaba a tatuar, por lo que tuvo “la oportunidad de adquirir sus conocimientos”. Luego acudió a diversos cursos y tomó algunos seminarios para “mejorar la técnica y seguir brindando un mejor servicio”.
Al dar un vistazo al pasado, la tatuadora queretana recuerda que siempre han capturado su atención las actividades creativas. “Lo descubrí cuando, de niña, me obsequiaron el cuento de Pulgarcita: con ilustraciones coloridas, brillosas y con personajes fantásticos. Lo amaba porque echaba a volar mi imaginación: creaba un sinfín de combinaciones de colores y escenarios”.
En cuanto a su labor de tatuar personas, expresa que le “llena el alma”, puesto que la mayor parte del tiempo está haciendo uso de su imaginación, “en constante creación de personajes y diseños”. Así mismo, afirma que la emoción de realizar un tatuaje es similar al sentimiento que tuvo al leer Pulgarcita, misma que adquiere “de la lectura, el dibujo, la danza y todo lo que incite a la creatividad”.
“Amo este trabajo”
Por su lado, Ávila Herrera recuerda que su labor de tatuador “estaba completamente fuera de lo planeado”. Al terminar la preparatoria, comenzó a estudiar una ingeniería que luego abandonó por cuestiones de salud. Posteriormente, y luego de su recuperación, trabajó en varios oficios, como la cancelería, herrería y la carpintería. Sin embargo, “un día de la nada”, decidió expresarse a través del dibujo y tratar vivir de ello.

Fue entonces que, durante la pandemia de COVID-19, comenzó a hacerlo para “ver qué pasaba después” y “quitarse esa espinita”. Luego de cuatro años de trabajo, “sin querer se ha convertido en mi ingreso principal y en lo que disfruto mucho hacer”, expresa con emoción. Sumado a ello, reconoce que gracias a esta labor ha notado un cambio positivo “en lo personal”, en su “forma de ver las cosas y de socializar”. “Estoy agradecido con Dios, con la vida, los clientes, conmigo, por tomar esta decisión”, externa con orgullo.
Al igual que su colega Estrella, también comenzó su preparación a través de videos de YouTube y en un estudio donde solicitó ser observador. Después de tener más bagaje, compró, con ayuda de su mamá, sus primeras máquinas para tatuar, mismas que le costaron dos mil pesos, además de otros insumos. El primer tatuaje que realizó fue a él mismo, el 9 de diciembre de 2020, y un día después, a otra persona.
Desde entonces, considera que predominan las autocríticas y “el autosabotaje” hacia su labor; sin embargo, sabe identificar los consejos de las personas expertas, y los aprovecha. De manera adicional, Alexis apunta que, quienes acuden a él, son de entre 16 a 25 años en un 70 por ciento, mientras que el resto, son mayores.
Mi primera tinta
La también originaria de Puerto Vallarta, Jalisco, Verónica Mercurio, confiesa que se quiso tatuar porque le “gusta mucho el contraste que hace la tinta en la piel. Es como dibujar en una hoja blanca con plumones y ver cómo se va llenando de color; y al verlo, te recuerda a ti mismo”.
“Mi primer tatuaje fue una rosa con una espada, pero no significa nada”, puesto que fue gracias a una amiga que estaba aprendiendo a hacer esta labor mientras hacíamos música. Cuando lo descubrieron, “mis papás me decían que me veía como una criminal, sucia, una morra sin familia. Actualmente, no les encanta, pero tampoco les molesta”. Sin embargo, “las personas queretanas pueden pensar ciertas cosas sobre una chica tatuada”, concluye la también cantante de Trap, Vértigo.
Mientras que el artista urbano, Diego Ocampo, admite que siempre le han gustado los dibujos y el trazo, por lo que, en cuanto cumplió la mayoría de edad, quiso vivir la experiencia. “Desde el primer tatuaje, disfruté del proceso. Sentí que me atrevía a algo nuevo, y eso me cautivó. También me gusta mucho cómo se ven y me dieron ganas de seguir haciéndome más”.
“Mi primer tatuaje representa el tótem que utiliza el protagonista de la película Inception de Leonardo DiCaprio. Me lo hice a los 18 en un viaje a la Peña de Bernal con mis amigos, con la técnica handpoke, es decir, sin usar máquina, sino el pulso. Es de mis películas favoritas y fue un diseño propio, lo que suma al valor del tatuaje”.
En cuanto a los comentarios, confiesa que sus padres “no estaban encantados con la idea”, pero solo le advierten que no se tatúe la cara y que recuerde que “son para toda la vida”. “Alguna vez, una amistad me preguntó si mis tatuajes tenían el propósito de verse mal, pero no me sentí ofendido. A veces siento miradas cuando voy por la calle en shorts, ya que solo tengo tatuajes en las piernas, y se siente un poco raro. Fuera de eso, hay algunas miradas de desaprobación de generaciones anteriores”, concluye con humor el también colaborador gráfico de la banda de rock Honey Canoe.
Cada quien tiene su lienzo
Tal vez se pueden llegar a ver discretos, extravagantes, diminutos o “de mal gusto”, pero cada tatuaje tiene algo que decir, tanto por fuera como por dentro. Después de todo, cada trazo demanda un espacio, y las personas autoras o consumidoras de ellos, solo se están apropiando de su lienzo.



