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El color joven de la noche

Por Luz Marina Moreno Meza

A una distancia lejana, en una oscuridad acompañada por un cielo límpido, es posible escuchar los pasos rápidos y entusiastas de las zapatillas portadas por las féminas que salen a las calles en busca de diversión.

Una entretención que ha cambiado con el pasar de los años, que ha olvidado a las generaciones de hace más de 50 años y que actualmente rige a las sociedades recientes, que pertenecen ya al siglo XXI.

Grupos de tres, de ocho, de hombres, de mujeres, o de ambos, marchan apresurados por las calles del Centro Histórico de Querétaro.

Acechan con las miradas cada uno de los lugares que están dispuestos a ofrecerles un poco de diversión, en un área limitada y en ocasiones asfixiada por los humores que los cuerpos sudorosos emiten, por las bocanadas de aire al fumar un cigarrillo y por las fragancias perfumadas y alcoholizadas que cada uno de los poros exhala.

Algunos visitantes de las calles céntricas –alumbradas por lámparas de una tenue luz amarilla– parecen conocer el rumbo al cual se dirigen.

Otros en cambio anhelan encontrar el lugar de moda o el punto de reunión que establecieron con el resto de los acompañantes.

“¿Dónde está el andador Libertad?”, pregunta un varón de camisa a rayas moradas, empapado de una esencia a tabaco y madera; “¡es el de los hippies, güey!”, contestó su acompañante, otro joven semejante a él en vestimenta y en edad, 25 años eran los que sus gestos parecían dictar.

Mujeres de corta de edad semejan más de 20; vestimenta delineadora de las curvas naturales, tacones altos que las dotan de cierto poderío y un maquillaje –normalmente ignorante de la discreción–, son los elementos, que sin importar las clases sociales, caracterizan a las mujeres portadoras de un cigarro, de una bolsa y de un teléfono portable; aparato que en las sociedades nacientes ha otorgado identidad y disimula soledad.

 

“¡Vamos al pre!”, dicen quienes se subordinan a cánones sociales

Las aceras se acompañan con la presencia de las largas filas de individuos que desean entrar a un bar o a un antro; hombres de negro, de complexión amenazante, fungen como guardianes de las puertas que ceden el paso de manera gratuita a mujeres y a los hombres que las acompañan (siempre y cuando paguen cien pesos).

Prendas cortas y cabelleras libres excitan el avance de las filas y estimulan los elogios provenientes de las bocas vigilantes; bocas limitadas a emitir unas cuantas palabas que se pierden en el abismo de los altos decibeles.

La música, marcada por el vaivén de compases a dos cuartos, domina en los niveles más altos de audición y genera en algunos jóvenes una euforia que los induce a bailar en pistas inexistentes, y a otros simplemente los limita a permanecer en las mesas o en las barras en compañía de una botella y de una plática frustrada.

La idea de las “tardeadas” realizadas en los salones de moda, el acto de escuchar en vivo al artista que inspiró los pensamientos de jóvenes pertenecientes a la Era del Acuario y donde la palabra “extrovertido” dominó las creencias mayoritarias, se tornó a una interacción nimia, efectuada a altas horas de la noche; madrugadas regidas por el ritmo repetitivo de las piezas generadas por una consola y unas bocinas de alta potencia.

Bares y antros son anfitriones, en su mayoría, de reuniones juveniles; en contraste, las cafeterías solamente se destinan para ciertos días de la semana y para horas más próximas a los últimos destellos emitidos por el sol.

Viernes y sábados invocan a una diversión efímera, una distracción cuasi rutinaria; autos comienzan a salir a partir de las 10:30 de la noche y obedecen los itinerarios discutidos por sus ocupantes.

“Vamos al pre”, es uno de los códigos empleados por el sector social subordinado a los protocolos sociales, mismos que estipulan los cánones de belleza o de elegancia, necesarios para acceder a los sitios igualmente exigentes de cierto rango monetario; lugares excluyentes de las clases sociales menos afortunadas.

Las segregaciones sociales no han generado la prohibición a la diversión para ninguno de los sectores sociales, contrariamente ha permitido una apertura y libertad de asociación en los hogares de aquellos que alguna vez se estipularon como amigos.

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