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El cosmopolitismo de K. A. Appiah (segunda parte)

Por: Rodrigo Chávez Fierro

@chavezfierro

Querétaro Internacional

Siguiendo con la exposición del cosmopolitismo de K. A. Appiah, el autor expresa los dos tipos de enemigos a los que se enfrentan los cosmopolitas; por una parte se encuentran aquellos que niegan la legitimidad de lo universal y aquellos otros que niegan la legitimidad de la diferencia.

Respecto a los primeros, podemos afirmar que al poner de relieve la universalidad se busca que todo ser humano cuente con los derechos mínimos y que viene a obligar a todo ser humano a hacer lo que en justicia le corresponde para garantizar que todo ser humano pueda hacer valer esos derechos.

A esto añade Appiah que decir que todos los seres humanos son importantes no equivale a negar que algunas personas nos importen más que otras. Ello nos permite referirnos a los segundos enemigos del cosmopolitismo. Aquellos que, si bien comparten la idea de la universalidad, no sienten aprecio por la diferencia.

Dentro de los enemigos de las diferencias, Appiah analiza una de esas variedades contracosmopolitas como son la de los nuevos fundamentalistas, que representan una de las más serias amenazas para la convivencia cosmopolita en la actualidad, ya que creen en la universalidad de su fe. En palabras de Appiah: nada los haría más felices que la conversión de toda la humanidad.

La pretensión universalista del cosmopolitismo se separa de los fundamentalistas, en atención al falibilismo (principio básico del cosmopolita) que implica que, a diferencia del fundamentalismo, se acepta que su saber es imperfecto, y está sujeto a revisión a la luz de la nueva evidencia. Los contracosmopolitas, por su parte, creen que hay una sola manera correcta de vivir para todos los seres humanos, y que toda diferencia debe reducirse a los detalles.

No obstante, este respeto a las diferencia es limitado. La tolerancia no implica que nada sea intolerable. Los casos extremos de estas diferencias son los genocidios, donde ante la eliminación sistemática de personas, no podemos quedar ajenos e indiferentes, y demanda una acción de la humanidad que debe superar los límites de la soberanía y el principio de no intervención en aras de proteger los derechos fundamentales de las personas.

En este sentido, Appiah señala que existe una verdad a la que debemos atenernos con firmeza: la verdad de que cada ser humano tiene obligaciones con respecto a todos los demás. Todos somos importantes: ésa es la idea central que delimita con nitidez el alcance de nuestra tolerancia.

El cosmopolita cree que puede aprender algo, incluso de aquellos con quienes no está de acuerdo. Es decir, que todos tienen derecho a vivir su propia vida. En palabras de Ahmed al Tayeb, citadas por Appiah en su obra: “Dios creó pueblos diversos. Si hubiera querido crear una sola umma, lo habría hecho, pero eligió hacerlas diferentes hasta el día de la resurrección Todo musulmán debe comprender a fondo este principio. Las relaciones basadas en el conflicto son infructuosas”.

Sin embargo, cabe señalar que la pretensión universalista del islam es similar a la del catolicismo y ambas pueden resultar compatibles con la visión cosmopolita. Después de todo, ambos se inspiran en las mismas raíces filosóficas y religiosas, y el cristianismo se inició como una religión cosmopolita en parte a causa de su herencia estoica.

Por esto, concluye el autor, no hay razón para pensar que el impulso hacia el cosmopolitismo sólo proviene del mundo helénico o de Occidente. El cosmopolitismo es un temperamento que puede encontrarse en todos los continentes.

Parte central del debate cosmopolita reside en la democratización de la esfera pública internacional. Dos vertientes se desprenden de dicha discusión: a) el grave problema de legitimidad con el que cuentan los organismos internacionales, donde los Estados tienen el monopolio de la representación de los ciudadanos, así como la necesidad de transparentar las decisiones supranacionales a las que se ven sometidas las esferas públicas nacionales y b) ampliar la democracia a la totalidad de los Estados. Para estudiar estas cuestiones, tendremos que adentrarnos en la obra de otro teórico del cosmopolitismo, el británico David Held.

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