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En combi por la Selva Lacandona

Dos días de viaje en la zona bastan para constatar la importancia de los árboles para los lacandones y disfrutar de las zonas arqueológicas

Por: David Eduardo Martínez Pérez

Llegar a Lacanjá desde Palenque no es difícil; siempre y cuando uno omita los topes, los baches, el calor, y el hecho de que, dada la temperatura, viajar en una combi con sobrecupo puede ser fuente de olores que la nariz promedio preferiría evitar.

La ropa se adhiere a la piel, que en esa latitud se vuelve líquida y pegostiosa. La música se empeña en hacer ameno cada golpe que uno se da contra el techo cuando el vehículo pasa un tope, cuando cae a un bache.

Si el conductor es católico, la canción es una cumbia bailada por alguna bella virgen en el tablero; si es protestante, se escuchan himnos de alabanza a Jesucristo, que nadie baila porque el tablero permanece vacío.

El tiempo es otro en la selva. Por el calor, uno podría jurar que son las tres de la tarde, pero no: apenas son las 11:30. La combi para en un poblado con pocas casas, menos tiendas y un quiosco que vigila la carretera.

Uno baja, pero la combi sigue. Hacia el sur, siempre hacia el sur. Estamos a pocos kilómetros de Lacanjá y a otros pocos de las ruinas de Bonampak y de Yaxchilán. La frontera guatemalteca se transforma en realidad por estos rumbos.

Los guajolotes y las gallinas desgarran el silencio con sus gargantas. A lo lejos, se escuchan unas probables guacamayas. Sin combi, la carretera desaparece, queda sólo el lugar. El universo se reduce a ese crucero.

Bajo la sombra del quiosco hay un policía, el único del pueblo. El cabello cae por su espalda como una cascada negra. Estamos en San Javier, puerta del territorio lacandón.

El policía se acerca. Pregunta de dónde venimos. Nos informa. Para llegar al pueblo de Lacanjá faltan 10 kilómetros, pura terracería. Él dice que nos lleva. Aceptamos, no hay de otra. Termina su turno temprano y abordamos su patrulla.

 

Lacandones muestran su hospitalidad y sus tradiciones

Una vereda entre la selva nos lleva hasta otro crucero: la desviación hacia Bonampak. Un pequeño templo adventista decora el camellón. La terracería sigue hacia la selva.

El oficial nos deja en un solar junto al río Lacanjá. Es la propiedad de Abel Chanyulab, un lacandón corpulento que renta espacios para acampar.

Bajamos nuestras cosas y caminamos un kilómetro dentro de la propiedad. Nos recibe una pequeña palapa. Ahí está Chanyulab, como si nos hubiera estado esperando.

A diferencia del policía, Abel Chanyulab no usa pantalones, prefiere la tradicional túnica que llevan todos en su pueblo.

Para sumar virilidad, lleva una barba muy densa que se une con su cabello largo. Nos lleva hacia un terreno cerca del río y nos cobra 50 pesos por noche.

Luego de ayudarnos a instalar la casa de campaña, Chanyulab grita algo en su idioma y hace frente a nosotros a dos muchachos lacandones.

Él no lleva barba y es más delgado que Chanyulab, ella es más baja y robusta. Son sus sobrinos. Nos ofrecen un recorrido por la selva. Lo aceptamos.

La muchacha desaparece y vuelve con una cantimplora. Se llama Norma. Nos guía hacia el centro de Lacanjá. Una pequeña cancha de futbol hace el papel de plazoleta. Algunos niños, todos de pantalón, pelean por un viejo balón.

Norma sale del pueblo por una vereda secundaria. El recorrido inicia en la zona de cultivos comunales. Ahí, los lacandones siembran maíz y tabaco. Algunos monos saraguatos aúllan a lo lejos. La guía enciende un puro y nos esparce el humo por el cuerpo.

“Es para ahuyentar a la víbora nauyaca”, nos dice.

 

En la selva lacandona, el calor y los mosquitos son la regla

Mientras caminamos por la selva, Norma nos explica la función de cada animal y planta. No hay árbol que los lacandones no aprovechen. Toda corteza, toda raíz, les sirve como medicamento. Con eso pueden curar desde la diabetes hasta la picadura de serpiente.

El sol hace un esfuerzo terrible por llegar al suelo pero los árboles no lo dejan. Apenas algunas manchas amarillas en el lodo atestiguan su presencia.

El calor y los mosquitos son la regla.

Cuando pasamos frente a una ceiba, Norma aprovecha para pedirnos que no la maltratemos. Ellos la tienen por sagrada.

Nos cuenta algunos detalles de su vida. Tanto su padre como su abuelo fueron guías en la selva, por eso sabe tanto. Ambos se casaron apenas con 15 años cumplidos.

A sus 20 años, ella no se ha casado. Prefirió ir a San Cristóbal para estudiar la Licenciatura en Turismo Alternativo. Sólo regresa a Lacanjá durante las vacaciones.

El recorrido abarca tanto el cenote de Lacan Ha como una ruina que no ha terminado de explorarse. Llevamos ya tres horas caminando en la selva. Norma nos pide que volvamos rápido para evitar que anochezca con nosotros dentro. Ya una vez le tocó ver de cerca a unos pumas que acechaban turistas.

Ya en el pueblo nos atrapa el hambre. Caminamos hacia la única taquería de la zona. Un tal Zacarías nos atiende y nos prepara varios tacos de pollo. Nos sorprende descubrir que somos los únicos clientes refugiados bajo el foco de cien watts que alumbra el restaurante.

Zacarías nos explica que no es que hagan falta clientes. Insiste en que nunca quebrará su taquería porque cuenta con el apoyo de toda la comunidad. “Aquí todos somos parientes”, afirma.

 

Carreteras del sur se dedican a perjudicar a conductores distraídos

Luego de varios días en Lacanjá, recorriendo senderos peligrosos con Norma y nadando en las frías aguas del río, decidimos continuar nuestro viaje hacia el sur.

Una combi nos lleva de San Javier a la población fronteriza de Benemérito de las Américas. Varios indocumentados se acercan a pedir dinero. Diversos centros nocturnos ofrecen sus servicios a los turistas.

Un vendedor de nieves se nos acerca para decirnos que no es seguro quedarse en Benemérito, por lo que tomamos otra combi hacia Comitán de Domínguez.

La carretera a Comitán es como todas en el sur del México: Los topes y baches se dedican a perjudicar a conductores distraídos. Ahí ya no hay lacandones. Los nombres de los pueblos lo confirman: Nueva Canaán, Nuevo Chihuahua, Nuevo Sonora, Nuevo Coahuila.

Abundan los puestos de control militar. A más de tres horas de viaje nos detenemos por primera vez.

Unos soldados se acercan al conductor, le dicen que hay un derrumbe y que la carretera está temporalmente cerrada por lo que tendremos que pasar la noche en un poblado llamado Chajul.

El chofer sale por una carretera secundaria hasta llegar a Chajul, ahí nos baja para que pasemos la noche. Nos indica que podemos hospedarnos con “don Richard”, por lo que tocamos a su puerta.

La de don Richard es una pequeña casa de madera estilo americano, rodeada por una milpa. El hombre tiene 90 años pero no se ve cansado, aún estrecha la mano con fuerza.

Nos ofrece el hospedaje gratis y su esposa nos prepara tortillas mientras mira un maratón de novelas trasmitidas por Televisa. La incomunicación es desesperante. La única señal telefónica es de Guatemala.

De acuerdo con don Richard, Chajul fue fundado por inmigrantes guerrerenses durante los años cincuenta.

“Nos regalaron unas tierras que México le quitó a Guatemala en tiempos de López Mateos y mucha gente se vino para acá”, advierte.

“Antes nomás se llegaba en avioneta, ahora ya hay terracería, algo es algo”, dice.

Pasamos la noche con don Richard, cobijados por el aleteo de los murciélagos y el zumbido de moscos bastante grandes.

Algunas lagartijas, quizá arañas, caminan sobre nosotros. Es cosa de aguantar.

Por la madrugada nos toca un chofer de combi para decirnos que el tramo deslavado ha quedado listo para reutilizarse. Al día siguiente salimos. Casi nos llevamos un susto cuando la combi se atasca en el lodo del deslave. El conductor logra soltarla y seguir hacia Comitán.

Atrás queda la selva de inmigrantes y lacandones. Cede su lugar al bosque y a la pradera, poco a poco.

 

PARA DESTACAR:

La guía enciende un puro y nos esparce el humo por el cuerpo. “Es para ahuyentar a la víbora nauyaca”, nos dice.

Estamos a pocos kilómetros de Lacanjá y a otros pocos de las ruinas de Bonampak y de Yaxchilán. La frontera guatemalteca se transforma en realidad por estos rumbos.

A diferencia del policía, Abel Chanyulab no usa pantalones, prefiere la tradicional túnica que llevan todos en su pueblo.

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