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En el sepelio de un régimen

El último informe de un priismo derrotado

Por: David Eduardo Martínez Pérez

La trasmisión del informe tiene muchos errores. Apenas empieza a hablar Marco Antonio León Hernández, legislador encargado de presidir la ceremonia, cuando se va la señal. Los reporteros no se esperan ni tantito para soltar sendos chiflidos como si eso fuera el cine y no el último informe de gobierno, como si de verdad anhelaran escuchar a León Hernández y no estuvieran ahí sólo por supervivencia.

Para cuando la señal regresa, ya no está ahí León Hernández, sino Rosendo Anaya Aguilar, representante de la bancada panista dentro de la legislatura.

Los reporteros lucen algo molestos porque no alcanzaron a oír las primeras palabras de Anaya Aguilar. El discurso lo agarraron ya iniciado. De manera que hacen lo posible para obtener la mayor cantidad de información sobre las palabras del legislador panista.

Las palabras del legislador panista, por cierto, dan la primera impresión de ser muy duras. Dice que hay muchas obras que quedaron en el tintero; que el proyecto de Red Q no sólo quedó inconcluso sino que además es un proyecto regresivo.

Luego, haciendo referencia a las acusaciones vertidas contra Francisco Domínguez en el sentido de que éste buscaba supuestamente desestabilizar el sistema de transporte cuando fue candidato a la gubernatura, Rosendo Anaya dijo que “no es un candidato en campaña el que pone ‘patas abajo’ el transporte, sino más bien este gobierno el que ha puesto ‘patas arriba’ la movilidad”.

Más adelante vienen otros legisladores. Jorge Arturo Lomelí Noriega dice que “no es tiempo para carros completos ni descalificaciones”. Gerardo Ríos, en representación del PRD, dice que aunque el “gobierno del estado se ha comprometido en educación, salud, la pasada administración mostró el alto grado de exigencia de la ciudadanía queretana”.

Ni siquiera Braulio Guerra, representante del tricolor, se atreve a romper con ese aire de solemnidad, intrascendencia y hasta aburrimiento que caracteriza a todos los discursos excepto tal vez el de Rosendo Anaya.

Lejos de contestarle e iniciar una ‘guerrita’ como ha sucedido en otros informes, Braulio Guerra se limita a hacer una tímida defensa de la clase política bajo el argumento de que “donde la política se niega, hay autoritarismo, crisis, anarquía, etcétera”.

Luego, defiende a la administración de Calzada, dice que hubo mucha infraestructura, que el PIB creció seis por ciento, que las inversiones, que aumento el número de productos exportados. La única vez que se mete en terreno espinoso es para decir que el transporte público “no debe ser un discurso sino un servicio para la sociedad” y que “la alternancia es un fenómeno que implica grandes responsabilidades”.

Nada más. El PRI es como un dinosaurio asustado que se oculta en un rincón de las agresiones de una oposición triunfadora. Por lo menos eso es lo que nos quieren dar a entender, porque en realidad, el discurso de Braulio Guerra cierra con algo que ya había advertido Anaya: En el fondo hay una continuidad. El PRI “reconoce que quienes tienen el voto de confianza de los queretanos harán de Querétaro un lugar donde nuestros hijos puedan vivir…” porque “…en política, no hay puntos finales, política se escribe con puntos suspensivos”.

Los hombres en la autoridad van y vienen

Tras los honores a la bandera, le corresponde su turno al titular del ejecutivo estatal. Esta es, por mucho, la parte más triste de un informe que de por sí ya es triste. La entrada del gobernador es una escena dantesca, propia de una cofradía en Semana Santa. Va Calzada en medio de políticos notables y de sus escoltas. Todos van de riguroso traje negro.

Es algo muy fúnebre. Eso parece la guerra. El funeral de un caído en batalla. Un funeral triste. El funeral de un ejército derrotado en medio de una ciudad en ruinas.

Habla José Calzada y parece un gobernador gringo. Republicano de Texas o California. Un Schwarzenegger anunciando el fin de los tiempos. Su pronunciación es exquisita. La entonación, exacta. Habla español como si fuera el inglés de un graduado de Harvard.

Como sucedió con Braulio Guerra, todo en él es maravilla en el discurso. Todo son primeros lugares. Todo es fascinante. Somos unos suertudos. Todo está bien, menos el rostro de un gobernador que luce triste.

Inversión, desarrollo, clústers aeroespaciales. El triunfalismo está sólo en lo que se dice. En el cómo se dice, hay otra cosa. Se pone énfasis en las primeras palabras de cada frase. Las últimas suenan como desganadas. Hay pocas pausas, pocos espacios para unos aplausos que aparecerían forzados. Se respira una tragedia en el aire.

No hay risas. No hay énfasis. No hay nada. Ni siquiera cuando pide un aplauso a su esposa por la dirección del DIF, un aplauso que apenas logra una respuesta desabrida.

Al final, “se despide deseando cumplir con la expectativa de los ciudadanos”. Dice que las problemáticas no se rehuyeron. Dice que hubo mucha pasión en el trabajo, una pasión que ahora, dando un discurso totalmente fúnebre, no se ve por ningún lado.

“Respetamos la alternancia” dice “Los hombres en la autoridad, van y vienen. Pudimos habernos equivocado, pero nunca flaqueamos con nuestras responsabilidades”.

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