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La plaza de Guadalupe* y el arpero nómada**

Juan José Patiño Martínez

Si la realidad cotidiana es un texto que se construye en un espacio, con personajes, tramas, diálogos, pausas, y puntos y como dijo Decertau, caminemos un poco por la urbe…

8:35 p.m. Una noche de jueves en febrero. Subiendo por el andador 16 de Septiembre en el centro de la ciudad de Querétaro, pasando el jardín Corregidora y siguiendo por éste, se observan a los costados los múltiples puestos y locales de artesanías, playeras, aretes, comida, y todos esos etcéteras que son consumidos por el turista y el enamorado local, entre otros.

 

Llegando al final del andador se abre espacio, una plaza muy pequeña, que en la vieja nomenclatura era conocida como plaza de Guadalupe debido a que la calle 16 de Septiembre tenía el nombre de Calzada de Guadalupe en dicha nomenclatura.

Este espacio tenía la función de ofrecer obras de teatro para la muchedumbre, y la misma compañía de teatro ofrecía otra función en el interior del templo, sin presencia del Santísimo, es decir ya desacralizado; ésta era presenciada exclusivamente por las clases altas del Querétaro de mediados del siglo XIX.

Una distinción marcada entre dos clases sociales, entre el espacio público y el sagrado, no evitaba congregar a la mayoría del pueblo.

De este periodo surge el sacerdote Florencio Rosas, quien será el pionero de las peregrinaciones queretanas a la basílica de Guadalupe cada año y que hasta hoy, sigue saliendo de este lugar hacia el Tepeyac.

Otra tradición que sobrevive desde el siglo XIX es la del rezo de los 46 rosarios, que comienza en los últimos días de octubre hasta el 12 de diciembre, culminando con Las mañanitas, misma tradición que se ve amenazada en los últimos años. Según la costumbre cada rosario representa una estrella en el manto de La Guadalupana.

Camacho Guzmán, un “sacalepunta”

Una fuente con la figura de Juan Caballero y Osio –sacerdote fundador del templo de la Congregación en el siglo XVII–, que fue construida durante el gobierno de Rafael Camacho Guzmán (1979-1985), pese a ser aconsejado por su asesor el profesor Eduardo Loarca Castillo, sobre el posible desprestigio que causaría el colocar una imagen en homenaje a un religioso, Camacho Guzmán, priista que era percibido por el pueblo como un gobernador “bravo”, “de pocas pulgas” y “sacalepunta”, la manda construir le pese a quien le pese. En este periodo fueron construidos también el estadio La Corregidora y el auditorio Josefa Ortiz de Domínguez, dos obras íconos de esta urbe relativamente nueva.

En este espacio cargado de historia, que era usado como lugar de entretenimiento y escenario de teatro hace más de cien años, en esta fría noche de febrero del 2012, encontramos a don Manuel de San Andrés Tuxtla, Veracruz; arpero y jaranero de profesión con 50 años de camino, así como laudero y productor de sus propios instrumentos.

“Yo era jaranero desde escuincle”

Acompañado de un joven queretano con jarana en mano, don Manuel desliza sus dedos por el arpa haciendo sonar música jarocha y congregando tanto a turistas como locales.

Situado junto a un puesto de tamales, buñuelos y atole, con un sombrero un tanto gastado en el suelo con la boca abierta al cielo, recibe algunas monedas de vez en vez cada que termina una canción. Parado frente al monumento a Juan Caballero y Osio, el canto pícaro y alegre, las letras jocosas y las melodías pegajosas generan un ambiente de galería ante el espectador, una vitrina invisible se levanta delante del sombrero, rodea y exhibe un personaje que representa un fragmento de la historia de nuestro país, el músico jarocho. Termina una canción y don Manuel cuenta:

 

–Mi papá tocaba música de fandango, violín, jarana y requintos de cuatro cuerdas. ¡A mí me ha gustado mucho la música, me gusta y me voy a morir… –Trabándose un poco y dejando un silencio causado tal vez por la emoción que comenzó a sentir–. Yo trabajé mucho, en la albañilería, haciendo mosaicos, pantalones, pero todo lo dejé porque me gusta más la música, y empecé a hacer instrumento –dijo mientras pasaba sus manos por el instrumento como acariciando un hijo. Al preguntarle por la edad que tenía al empezar, él contestó–: Yo era jaranero desde escuincle, pero el arpa la agarré a los 20 años y dos meses después ya tocaba varias músicas, andaba en los bares, me ahogué en borracheras, y viajé por muchas ciudades: Ciudad Juárez, Sinaloa, San Miguel de Allende, Celaya, Barra de Navidad, Cancún, Isla Mujeres, Dolores Hidalgo, Morelia, León, Salamanca y mi primer visita a Querétaro fue hace 15 años, donde quiera caigo parado, pero sí me gusta mucho venir aquí.

 

La gente seguía pasando alrededor, algunos curiosos, algunos indiferentes y don Manuel, entusiasmado seguía narrando.

 

–Mi padre tocaba la jarana pero no me enseñó nada él, andaba en velorios, borracheras también, sembrábamos maíz, arroz y frijoles, pero el campo y las tierras se las dejaron a mi hermano y me quedé sin nada, yo ya no discutí nada con mi mamá, yo seguí mi vida –levantó la cabeza y lanzó por un segundo una mirada al cielo mientras decía–: gracias a nuestro padre, y a mi madre que me dio la chichi y los dedos pa’ trabajar –esto último besándose las manos.

 

–Yo anduve trabajando en bares, mercados, plazas, pero aquí estoy mejor con la señora –señalando el puesto de tamales de junto–, porque me da de comer, tengo dos hijas y un nieto, no trabajan pero a mi nieto le estoy enseñando ya y yo les mando lo que pueda a ellas.

 

–¿Cree que se está perdiendo este oficio don Manuel?

 

–Pos sí, pero no debería de ser así porque es un placer muy grande la música, yo vengo por gusto y por necesidad, pero es más por el hambre que jala –inmediatamente después soltó una escala con su mano derecha y comprendí que la música que guardan sus dedos y la necesidad que apremia estaban ansiosos por volver a tocar.

Hay en las calles tradiciones que se mantienen no por el apoyo de la gente o de los gobiernos, sino por la necesidad de sobrevivir, la herencia de muchas de ellas pareciera depender de que unos vivan con la presión constante de vivir al día y de pasar hambre.

Quizá sería bueno para un país que experimenta violencia e inseguridad, refugiarse en sus costumbres de vez en cuando, puesto que, en buena medida provocan cierta cohesión y unidad. Otorgando espacios para ser ejecutadas con dignidad, así como difundirlas e invitar a la sociedad a participar. Para no condenar al baúl de la historia no oficial los restos arqueológicos que aún andan por ahí, y que cargan sin saber muchas veces, el testimonio de una cara de la historia.

* Datos históricos proporcionados por el Maestro Rodolfo Anaya Larios de la Licenciatura de Historia de la Facultad de Filosofía en una entrevista informal.

** Entrevista informal realizada el jueves 16 de febrero del 2012, se le refiere como don Manuel por petición del entrevistado.

 

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