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La Sierra no olvida, dos años y contando. (Parte 3)

«Mantenemos la esperanza»

Por Víctor Pernalete Blanco/ Miguel Tierrafría

Las autoridades, tanto a nivel estatal como municipal, se han limitado a impartir capacitaciones en oficios tales como la panadería o la siembra de huertos, les han colocado tinacos y les han regalado hasta 20 pollos para crianza.

 

“Pues nomás, o sea sí nos capacitaron, nos enseñaron y nos dijeron que nos iban a dar un horno para hacer, pero ya no nos dieron nada y ya no le seguimos… Ya tiene tiempo que terminamos, yo todavía estaba embarazada del niño de cuando andábamos trabajando en eso, ya tiene siete meses”, advierte doña Socorro, madre de nueve hijos: dos mujeres y siete hombres (uno de ellos desaparecido).

“Como nomás nos dieron lo que era capacitación, nos dijeron que nos iban a dar todo el equipo para que siguiéramos y ya no nos dieron y a veces hacemos poquito para vender, pero casi no sale porque uno le mete mucho”, expresa. Además recibieron por un tiempo ayuda por parte de psicólogos aunque ‘por falta de presupuesto’, ésta ha mermado.

La esperanza es lo que aún ellos tienen, a pesar de que esta es un rayo de luz que no los baña de confort o de calidez, sino de incertidumbre, desolación y angustia por saber en dónde están, si estarán bien, algo que les indique el punto de llegada de ese sendero arduo que afrontaron para  llegar a su ‘sueño americano’, en aquel en el que migrantes queretanos se han perdido en el limbo del olvido para las autoridades, no para sus  familias, que se dejan enganchar por el recuerdo. “Nosotros queremos saber algo, ya es mucho tiempo y pues no nos dicen nada, ya nomás nosotros asistimos a la reunión para que no digan que nosotros no vamos, que no se pierda el interés, es lo que no queremos.

“Estamos esperando a que nos digan algo, pero no, nunca nos van a decir”, finaliza resignada doña Margarita.

¿Cómo se le habla al desaparecido? / Con la emoción apretando por dentro; es como culminan aquellas notas melancólicas de Rubén Blades  enlazadas de esa melodía que cuestiona al tiempo y al espacio por sus desaparecidos, añorando el consuelo, al dolor atrapado.

El gobierno se burla de los serranos

La sensación de vacío en las familias serranas que han perdido a sus seres queridos en sus travesías de migración es bastante grande.

La incertidumbre de no saber qué ha pasado con ellos agrava el sentimiento, que además se condimenta con las difíciles condiciones de vida que siempre han tenido y que ahora, con la ausencia de los sostenes de sus hogares, se potencializa más.

Pero en esa incertidumbre, las madres y las esposas prefieren tener esperanza. La esperanza de que a dos años de su desaparición, sus familiares sigan con vida. La situación es que hasta el momento, las autoridades no han confirmado, en la mayoría de los casos, que dichos migrantes hayan fallecido.

Sólo algunas pocas han tenido la oportunidad de tener la seguridad de saber qué ha pasado con sus familiares… o al menos eso les hicieron pensar.

Porque poca certeza se tiene de que los dos cadáveres que se encontraron en San Fernando, de migrantes supuestamente provenientes de Jalpan de Serra y Arroyo Seco, sean realmente ellos.

Es que las familias no tuvieron oportunidad de ver a sus muertos, las cajas venían cerradas y el gobierno nada hizo por corroborarles la situación. Además, lo que más molestó a los lugareños fue el circo que se armó alrededor del caso.

“El resultado mediático fue tan grosero para ellos, que nadie quiere que le presenten a sus difuntos de esa manera como les entregaron a los dos queretanos, va el gobernador, presidentes municipales y todos los medios de comunicación y nadie pudo llorar, nadie pudo sentir lástima ni tristeza porque todas las cámaras y las noticias estaban en sus rostros.

“Y alguien que quiera fotografiar sus rostros, sobre todo para esas comunidades, no se fotografían tristes. No les permitieron llevar su duelo como debiera llevarse, no les permitieron ni siquiera cinco minutos de soledad a la mamá con su hijo difunto.

“A eso le tiene una rabia la comunidad que no quieren, aunque los encuentren, no los quieren ahorita, hasta que se vaya la administración, no quieren
que exista ese circo”, comenta Mario González Melchor, el sacerdote de Tancoyol.

La migración crece y crece…

Al escuchar una historia tan triste y desconsoladora como la de los migrantes desaparecidos en San Fernando, podría pensarse que ni loco un joven serrano volvería a someterse a semejante peligro.

La imagen más clara que llega a la mente es a la de los jóvenes junto a sus madres, junto a sus hermanas, luchando por una vida mejor, pero desde casa.

La realidad, sin embargo, es muy diferente. El episodio de San Fernando no ha servido –si para algo hubiera podido servir– para frenar el éxodo de jóvenes serranos de sus hogares. La migración sigue siendo tan fuerte como hace dos años.

Mario González lo ha visto; como sacerdote del pueblo es el encargado de bendecir a los jóvenes migrantes antes de partir al duro viaje.

Durante 2011, calcula haber dado la bendición a cerca de 700 jóvenes, que junto a unos 300 que se van sin pasar por la iglesia, podrían sumar unos mil migrantes, tan sólo en las zonas que por encomienda eclesiástica él debe de tratar.

Un número igual de migrantes parten de otras localidades como Pinal de Amoles o Arroyo Seco, entre otras, por lo que al año, de acuerdo al padre González Melchor, la Sierra ve partir a cerca de cinco mil de sus hijos.

Y es que para los jóvenes hombres de la zona, ésa es su única realidad. Ya desde la primaria saben que su futuro está en Estados Unidos. La única razón por la que algunos retrasan su partida es por la escuela.

Pero no porque estén especialmente interesados en su formación académica, sino porque gracias a las becas que reciben del gobierno por estudios, sus madres pueden paliar los gastos básicos diarios.

De hecho, fue el domingo 4 de marzo cuando el último grupo de migrantes salió de la zona. De acuerdo a Mario González, 14 jóvenes provenientes de Tancoyol, Tilaco y Valle Verde emprendieron el viaje más peligroso de sus vidas.

Ya ni los perros ladran

En su mayoría, los migrantes que parten a Estados Unidos son hombres. Según Mario González Melchor, únicamente dos de cada cien migrantes son mujeres.

Son muchas las madres, las esposas, las hijas y las hermanas que se quedan en sus pequeños ranchos de Jalpan de Serra, Landa de Matamoros, Arroyo Seco o Pinal de Amoles.

Cultivar, criar ganado o vivir de los apoyos de gobierno, son algunas de las formas que encuentran las mujeres para sobrevivir sin sus maridos o sus hijos, que en Estados Unidos hoy en día se las ven negras por conseguir trabajo y poder enviar remesas.

Cuando la situación se torna imposible, incluso las mujeres se ven forzadas a migrar. Sin embargo, la migración de ellas es diferente; en general, ellas van a Monterrey, San Luis Potosí o a Querétaro para buscar trabajo, casi siempre como empleadas del hogar.

Es el caso de Angélica, habitante de la comunidad La Vuelta, en Landa de Matamoros. Ella es esposa de uno de los migrantes desaparecidos en San Fernando. Su casa, a pie de carretera, es de hecho una de las que se encuentran en mejor estado de todas las familias que perdieron un miembro. Al menos es de ladrillos.

Al acercarse a su puerta, sorprende la tranquilidad del lugar. Ni siquiera los perros se acercan a ladrar. Parece abandonada y nadie contesta. Tras unos minutos de espera, un señor a lo lejos viene bajando de la montaña en dirección a la casa de Angélica.

Es don Cándido Fonseca, tío del desaparecido esposo de Angélica. Viene de la iglesia, en donde dejó a los hijos de ella, quienes bajaran más tarde. Por su parte, Angélica tardará un poco más en regresar. Y es que, ante la ausencia de su marido, tuvo que tomar decisiones. Hoy se encuentra ganándose la vida en Monterrey, alejada de sus hijos, alejada de su esposo… lejos de esa casa a pie de carretera. En tanto, Cándido dice: “Estamos en la fe”.

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