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Macedonia Blas: del Nobel al olvido

Por: Mariana Chávez

Apenas y se distinguen los tres reconocimientos colgados en la pared del pequeño cuarto que funge al mismo tiempo como sala de televisión, cocina y recámara. Los recibió en el año 2005 por el activismo que realizó a favor de los derechos de las mujeres indígenas.

Ese activismo le valió la postulación al Premio Nobel de la Paz en ese mismo año. Aunque no ganó, le dejó una grata experiencia, así como cambios relevantes en su forma de pensar.

A nueve años de distancia de ese reconocimiento público, los reflectores se apagaron. Ya no hay viajes, no la invitan a dictar conferencias en universidades.

Todo volvió a la normalidad, y con ello, la discriminación, violencia, falta de servicios básicos, acceso a la educación y salud en una población indígena.

Macedonia Blas Flores, indígena otomí, continúa recorriendo las calles del Centro Histórico de la capital queretana para vender las artesanías que elabora como una forma de sustento económico, en medio de la incertidumbre que le provoca que inspectores municipales le puedan quitar la mercancía.

Mientras borda, recuerda con nostalgia que fue conocida a nivel nacional e internacional. Dictó conferencias en universidades en las que, paradójicamente, ella y sus hijos no pudieron acudir. Es autodidacta y sólo tres de sus 12 hijos concluyeron la secundaria.

Estuvo en hoteles y visitó restaurantes que pensó que sólo eran para “gente rica”, conoció a gobernadores, diputados y senadores, pero todo eso se difuminó con el tiempo.

En el año 2003, Macedonia fue agredida por varias mujeres indígenas que le untaron en los genitales una pasta elaborada con diferentes tipos de chiles; hecho que al darse a conocer causó relevancia en los diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales.

Ante la agresión, recibió información sobre el respeto a los derechos humanos de los indígenas, y participó en las organizaciones Yax´Kin y Fot´Zi Ñañho, a través de las cuales brindó pláticas a mujeres de su comunidad como una forma de evitar que sigan inmersas en la ignorancia, y exijan el cabal respeto a sus derechos.

“Yo iba, ‘ora si nunca había conocido un hotel, (y ahora) me quedaba en hoteles bonitos. Estaba yo contenta, nunca había visto eso, o comer en un restaurante donde come la gente rica o así, pero sí, luego a veces me daba pena ir a sentarme ahí a comer, por ser indígena; pero yo creo que todo fue bonito”, expresó.

Macedonia ha vuelto a vender artesanías para sobrevivir

A nueve años de aquella nominación, Macedonia ya no participa en foros y talleres; al igual que las mujeres de su comunidad, se dedica a bordar y elaborar muñecas que vende como una forma de sustento económico ante la falta de fuentes de trabajo en la comunidad El Bothé (delegación de San Ildefonso Tultepec, municipio de Amealco de Bonfil), a unos 57 kilómetros de la capital queretana.

Tenía un carro de lámina -de los que otorgan el gobierno estatal y el municipal- ubicado en la plaza pública de la cabecera de Amealco de Bonfil, en donde podía vender sus artesanías, pero lo dejó porque no era redituable. No llegan los turistas hasta ese punto.

Macedonia se traslada desde su comunidad hacia la capital queretana tres veces a la semana. Por las noches, pernocta en el albergue municipal, en donde paga diez pesos por tener un lugar dónde dormir y los alimentos. Esa es la forma de sobrevivir.

Al conocer cuáles son los derechos de las mujeres indígenas, Macedonia se separó de su pareja sentimental, quien la agredía constantemente y no la apoyaba con el sustento económico para los hijos. Ya no permite que nadie más la agreda.

“Me he capacitado yo mucho también sobre los derechos, la violencia, porque -como le digo- yo lo viví mucho, y pues, cuando nos dieron plática sobre los derechos, sobre el alcoholismo, yo también le eché ganas, aprendí mucho, y compartí con otras mujeres al ir a darle las pláticas sobre la violencia, conocer los derechos porque las señoras grandes ya, las abuelitas, no conocían sus derechos; ellos vivieron una vida diferente de la de ahorita, porque ellos, lo que decía el marido eso tenía que hacer. Y ahorita ya no, como dicen las mujeres: yo ya no le pido permiso con que avisarle dónde voy a ir o dónde voy a estar o así. Eso es lo que hemos aprendido”, expresó.

Macedonia recuerda que en la comunidad se presentaron otros casos de violencia similares al suyo. Mujeres indígenas agredieron a otras, al jalarles y cortarles el cabello o la ropa, incluso, hasta dejarlas sin las prendas de vestir. No lo denunciaron. Prefirieron callar, por miedo.

Sesenta por ciento de las mujeres indígenas ha sufrido algún tipo de violencia

La delegada de San Ildefonso Tultepec, Juana Miguel Quirino, dio a conocer que de cada diez denuncias que registra en la dependencia municipal, ocho son por agresiones físicas hacia mujeres de parte de sus parejas sentimentales; sin embargo, hay casos de mujeres agredidas que no son registrados en las estadísticas oficiales porque no lo denuncian a causa del miedo.

De acuerdo con datos de la Comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) delegación Querétaro, el 60 por ciento de toda la población de mujeres indígenas ha sufrido algún tipo de violencia.

En los 11 barrios que integran la comunidad San Ildefonso Tultepec, de población indígena ñhañho u otomí, aún hay calles de terracería, casi el 50 por ciento carece de drenaje, acceso a red de agua potable, incluso sanitarios.

La mayoría de la población en San Ildefonso Tultepec se dedica a la elaboración de artesanías de barro; al sillar (piedra labrada para la construcción); al bordado de mantas o servilletas; a la cosecha a través de invernaderos, así como a confeccionar muñecas de trapo, y muy pocos al campo. No tienen un mercado en dónde vender las artesanías o los productos agrícolas.

Aproximadamente el 30 por ciento de los pobladores emigran hacia zonas urbanas de Querétaro y otros estados del país para buscar una fuente de trabajo y vender sus artesanías. “¿Quién lo va a comprar en la misma comunidad si todos producimos lo mismo? El problema es que nos vamos, dejamos la familia, las casas, descuida a uno sus hijos; pienso que es un problema ahí”, señaló Macedonia.

No sólo las mujeres viajan hacia las zonas urbanas, en ocasiones lo hace la familia completa, para vender las artesanías. Se van durante ocho o 15 días. Pernoctan en albergues o en las calles. Mientras ellas venden en la vía pública, los niños limpian parabrisas o piden ayuda económica. Ellos, en ocasiones, se llegan a emplear en actividades de la construcción o se van a otras entidades a buscar trabajo.

“Parecía que nunca se iba acabar eso, pero llegó el día que se terminó”

La historia de Macedonia Blas aparece en Wikipedia, pero el máximo contacto que ella ha tenido con una computadora o Internet ha sido a través del bordado, al confeccionar fundas para laptop.

Mientras arrea los guajolotes y gallinas, Macedonia ingresa a su domicilio compuesto por cuartos aislados. Busca qué hay en las cacerolas: arroz y frijoles. De inmediato ofrece un taco a los invitados. Entre un techo y paredes ahumadas se alcanzan a ver los reconocimientos que le entregaron cuando acudió a dar conferencias.

Ella también los mira y explica que se los dieron cuando dictaba conferencias hace nueve años, actividades que recordó Macedonia durante la entrevista y de las que señaló “Parecía que nunca se iba acabar eso, pero llegó el día que se terminó”.

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