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Niños en tiempos neoliberales

Por Raquel Ribeiro

El neoliberalismo apareció como forma de gobierno en la década de los ochenta del siglo pasado, cuando los políticos que entonces tomaron el poder administraron a sus pueblos como si fueran empresas, recortando el Estado de bienestar hasta dejarlo en añicos y buscando privatizarlo todo. Así lo hicieron Thatcher en Inglaterra, Reagan en EU y Salinas en México. Para mí lo interesante es que este neoliberalismo tiene un fundamento psicosocial.

 

Según su creador, el economista Frederic Hayek (1899-1992), la vida en colectivo no debía regirse por un consenso razonado, como supuestamente hacían los modernos. No, porque los humanos no son seres racionales sino entes que evolucionan adaptativamente. Por eso, la mejor forma de organizar la vida en colectivo sería esparciendo globalmente ciertas reglas que los humanos irían aprendiendo por ensayo y error, estabilizándose aquellas que exigieran menos reflexión. De esa manera, según Hayek, podría autofundarse un sistema de libre mercado que se autorregularía por la ley de la oferta y la demanda y sería capaz de diseminar las medidas económicas correctas que las personas debieran seguir en su beneficio propio y en el de los demás. Tal como pueden verlo hoy en Grecia e Italia.

 

Podría decirse que el fundamento psicosocial del neoliberalismo concibe a los humanos como entes adaptativos, como cualquier ser vivo. Pero entonces, ¿dónde queda lo sapiens de ese homo que somos? Lo sapiens no es sólo la astucia del antiguo Ulises de Homero, la inteligencia de los modernos o el talento de los creadores de tecnología de este siglo XXI. Lo sapiens no es sólo ese conocimiento técnico. También implica un conocimiento subjetivante. Se trata de un conocimiento que permite a los humanos hacer un juicio sobre lo que dicen y hacen, tanto ellos mismos como los otros; eso les permite responsabilizarse de lo que dicen y hacen.

 

Un juicio es decir si algo es o no es; otro juicio es hablar sobre las cualidades de eso que es. Esta experiencia es fundamental porque permite al humano tomar posición en el mundo y a partir de allí puede impulsarse para hacer lo que desea en la vida. Pero como he mostrado, la lógica neoliberal requiere formar humanos que no ejerzan su capacidad de juicio, porque ello entorpecería la autorregulación del mercado mediante “la única financiera ley” de oferta y demanda. Un humano que no ejerce el juicio, fácilmente puede adaptarse al sistema de libre mercado como consumidor y como fuerza laboral.

 

Me parece que en estos tiempos neoliberales, donde “la función psicológica superior del juicio” pierde importancia, poco se impulsa a los niños a reflexionar. Incluso, muchos padres no les ayudan a hacerlo, porque quizá ni ellos mismos sean reflexivos.

 

Me han contado que en algunos consultorios de atención psicológica, ni los padres ni los psicólogos quieren cuestionarse en absoluto acerca de “lo que habla” en el síntoma del niño. Prefieren creer que el síntoma se origina en el cerebro y que puede corregirse con medicamentos. No sólo no escuchan ni al síntoma ni al niño, sino que hablan por él, imponiéndole un diagnóstico, en nombre del cual lo medican. Eso violenta su habla, su capacidad de juicio y su cuerpo.

 

El psicoanálisis nos enseña que “el síntoma habla”; dice cosas sobre el cuestionamiento que cada humano se hace sobre su existir. Además, el síntoma le habla a alguien. Los niños, con sus síntomas generalmente “llaman” a sus padres para que conversen con ellos y les ayuden a dar un sentido a su existir. El síntoma, por último, porta la historia del sujeto. Por eso, al escucharlo es posible que el niño reescriba la historia que está viviendo con sus padres y la proyecte hacia un futuro.

 

Pero si los padres no quieren cuestionarse sobre el síntoma de su hijo, entonces no están dispuestos a escucharlo ni a acompañarlo en la reflexión que ese niño se hace de la vida en general y de su propia vida en particular. Cuando el padre no quiere saber nada de eso, sino que busca que se tome la pastilla para que se calme y “no moleste”, entonces hemos de pensar que algunas cosas se han trastocado en la relación entre los adultos con sus cachorros humanos. Es que molestar quiere decir perturbación, inquietud del ánimo. Justo esta perturbación de ánimo es la que le acontece a todo sujeto que hace un juicio, hasta que lo concluye con una afirmación (que por un tiempo dará quietud a su ánimo).

 

El niño que “molesta” está llamando a sus padres a que hagan un juicio sobre él, para que lo escuchen, lo miren, le hablen, lo deseen y deseen algo de él. Si los padres no pueden responder a ese llamado, si los padres no pueden conversar (dejarse cuestionar, responder, preguntar, dudar, saber, ignorar) entonces sus cachorros ya no vivirán esa experiencia subjetivante de intercambiar preguntas, cuestionarse mutuamente, reconocerse semejantes, diferenciarse y vivir historias distintas. Tampoco contarán con una narrativa de su historia familiar, como punto de referencia para construirse una existencia.

 

Quizá estos padres se relacionen así con sus hijos porque crean que los niños nacen constituidos subjetivamente y sólo basta ayudarlos a crecer; como la sopa precocida, que al agregar agua hirviendo y esperar cinco minutos se esponja. Crecer implica que una cosa aumenta de tamaño. Pero las cosas son más complejas en el homo sapiens. Un niño no es un adulto chiquito, sino alguien en proceso de complejizar su vida psíquica, siempre y cuando otros los amen, ayuden, miren, hablen, acaricien, deseen y sobre todo, deseen que él sea alguien.

 

Quizá muchos padres consideren que lo mejor es que sus hijos crezcan rápidamente para que se vuelvan “realistas” y se adapten fácil y rápidamente a la globalización. Pero creer que el niño es un adulto pequeño trae por consecuencia que ya no se le acompañe a pensar; que se le deje sólo en su pensar, sin ayudarlo a “digerir” y sacar enseñanzas de lo que está pensado sobre la vida y su vida. Muchos niños, por ejemplo, ven televisión durante horas sin conversar con nadie sobre lo visto y escuchado; quizá de ello sólo le queden restos de lo oído (palabras) y lo visto (imágenes). ¿Cómo articulan “eso” con su existencia? Quizá algunos “hablen de eso” en sus síntomas. Niños “autistas”, excluidos de su propia historia e imposibilitados de poner en práctica su habla; niños que padecen “TDA-H”, los cuales no parecen prestar atención cuando se les habla, ¡tal como lo hacen muchos padres y psicólogos ante sus síntomas! Niños “bipolares”, con una complejización psíquica tan prematura, que los lleva a padecer este trastorno, hasta hace 30 años exclusivo de adultos. Niños que cometen actos fuera de la ley con violencia y en un alto porcentaje en el ámbito sexual, cosa que hasta hace un tiempo solían hacer sólo los adultos. Estos niños de tiempos neoliberales están hablando en sus síntomas. Sus síntomas hablan sobre su existencia en estos tiempos.

 

Muchos hablan sin encontrar a “un buen entendedor” ni en la familia, ni en la escuela, ni en sitio alguno. Un buen entendedor tiene que ser amoroso y tener autoridad sobre el niño, para poder decirle que la vida tiene límite y ayudarlo a aceptar eso. Los latinos tenían un nombre para esta experiencia; le llamaban memento mori, algo así como “haces bien en saber que vas a morir” porque así podrás hacer algo de ti en el lapso de tiempo que vivas. Me parece que a muchos padres se les dificulta vivir esa experiencia con su hijo, porque el neoliberalismo les ofrece una idea opuesta. Les dice por ejemplo que “la vida no tiene fronteras” para clientes del determinado banco, lo que podría dar a entender que la muerte puede vencerse con dinero. Les dice que un “padre prototípico” es aquel que no ejerce la autoridad sobre su hijo y además, se somete a la ley de éste. Al menos así lo deja ver un anuncio de coches en el que un niño, en una agencia de autos, le pregunta a su padre si el nuevo modelo “Aveo” está equipado, tiene clima, bolsas de aire y demás; después de que el padre responde afirmativamente a todas las preguntas, el niño dice, ¡entonces sí, cómpralo! Se perfila aquí un niño que cuestiona cosas que antes sólo eran del mundo adulto, como la seguridad y comodidad de un vehículo; se perfila una relación en la que el niño posee el saber y la capacidad de decisión, mientras el padre sólo habla para decir que sí. Sólo habla para afirmar, nunca para negar ni limitar. Padre e hijo ya no hablan de la vida, de su historia, de lo que ambos desean en la vida; sólo hablan de mercancías. Las preguntas del hijo ya no son para poner en jaque el juicio de su padre, ahora son preguntas con respuestas precisas. He aquí un discurso publicitario que incita a los niños a crecer rápidamente para volverse consumidores de gran lujo; mientras también hace su papel para socavar la autoridad paterna.

 

Los niños no debieran andar comprando coches ni portándose como adultos (salvo cuando juegan a ello). Debieran andar jugando afuera de sus casas con otros niños, cosa que en este narcomomento no pueden hacer. Debieran interesarse en lo que aprenden en la escuela, para “aflojar los lazos” que tienen con la familia e integrarse de lleno a la vida en colectivo, cosa que no pueden hacer siete millones de jóvenes mexicanos que ni estudian ni trabajan. Debieran estar practicando deportes diariamente varias horas, porque la actividad motriz intensa permite el placer de la descarga muscular y ello implica un desplazamiento del placer sexual hacia metas socialmente aceptables.

 

Quizá estas cosas son poco realizables porque los tiempos neoliberales le exigen al niño crecer rápidamente en solitario y cuando se cuestiona creando un síntoma, lo medican reduciéndolo a un cuerpo que no habla. Para que un cuerpo biológico tenga existencia psíquica requiere una imagen que lo sostenga y un reconocimiento de sus padres y de su entorno; sólo así el cuerpo logra un dominio motriz subjetivado, despertando ese sentimiento de autonomía que le ayuda a separarse de los padres y dar cuenta de “sí mismo”. Creo que los psicólogos podemos colaborar a restablecer los lazos conversacionales entre padres e hijos, para que al dejarse cuestionar por el síntoma puedan contarse sus historias y resignificarlas hacia el futuro.

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