Información

Para nuestros niños: sangre y miedo, ¡gratis!

Por Claudia Díaz

Quiero compartir con el lector, la desagradable experiencia de mi visita a la exposición El Miedo, en el Centro Educativo y Cultural Manuel Gómez Morín. La exposición fue traída a nuestra ciudad por el capítulo Querétaro de la Fundación UNAM con el fin de recaudar fondos para el Instituto de Neurobiología.

 

Consiste en una colección de figuras que representan seres mitológicos, asesinos de épocas pasadas y personajes de leyendas que han causado miedo a la humanidad a lo largo de su historia. Al principio me pareció interesante, una parte de la exposición es una especie de collage de seres mitológicos, pero la mayoría están representados en un lenguaje visual totalmente ajeno al de las culturas de origen como es el caso del Camazotz o vampiro maya, la Chihuateteo o Lilith por poner algunos ejemplos.

 

No es lo mismo la representación de una deidad en piedra que el diseño de una imagen utilitaria. Esta traducción del lenguaje visual propio de las diferentes culturas al lenguaje visual de nuestros días –realista, explícito, dirigido a un nicho de mercado– me hizo sospechar que el objetivo de la exposición no es precisamente el de la difusión de la cultura universal.

 

La siguiente sección de la exposición está separada de la parte mitológica por la figura del Chupacabras que queda en un lugar de ambigüedad entre el mito y la realidad de algunos asesinos “notables” como Vlad el empalador, o la condesa de Bathory. Pero lo que me impactó no fue la violenta galería de sangre (mucha sangre) o las alusiones visuales y verbales a las caras mórbidas de la sexualidad. Lo que me causó un profundo malestar, fue observar detenidamente la conducta y el lenguaje corporal de los niños que visitaban la exposición. La tensión era visible en algunos de ellos, en otros la expresión facial mostraba espanto y el lenguaje corporal señalaba claramente la necesidad de ser contenidos por los padres. Una de las familias visitantes deambulaba por entre las figuras con los padres al frente, absortos en su propia experiencia visual –intensa, fascinante y por completo indiferente a la reacción de sus hijos, entre ellos un niño de unos ocho años que tiraba de la camisa del padre en actitud inquieta sin que éste respondiera a su llamado.

 

A la salida, vi una mujer que obligaba a su hijo de unos nueve años a entrar a la exposición; el niño lloraba y decía a gritos que no quería entrar porque tenía miedo, pero el argumento no fue suficiente y el niño entró. También pude observar niños cuya conducta despreocupada, podría confundirse con inmunidad ante la exposición: como uno que insistía en irse diciendo: ¡Tengo hambre, me quiero ir!

 

Hablé por teléfono con personal de la Fundación UNAM en el DF para expresar mi desacuerdo con quien hubiera considerado esta exposición apta para niños y en tono de refinada objetividad me preguntaron: “¿No cree usted que peores cosas ven los niños en la tele?”

 

Decidí hacer todo lo posible por alertar a la fundación y al Centro Educativo y Cultural Gómez Morín de lo que yo considero una falta grave: permitir y promover el acceso de niños a la exposición. Después de una entrevista con el subdirector del centro cultural, a la que también acudió personal del DIF estatal para apoyar la petición de cerrar el acceso a niños, y de la entrega de un documento con argumentos para sustentar esta petición, firmado por docentes e investigadores de la Facultad de Psicología de la UAQ, la respuesta fue lenta e ineficiente: un pequeño letrero que advierte que la entrada de niños menores de 13 años es “bajo la absoluta responsabilidad de los padres”.

 

Los niños de todas las edades siguieron entrando, repetidamente. Los padres a quienes pregunté si leyeron el letrero me miraban molestos y continuaban con la compra de boletos. Cuando les comentaba que el contenido de la exposición era inadecuado para niños, se mostraban en general, interesados y agradecidos por las advertencias, lo que sugiere que el letrero cumple su propósito. Lo interesante de todo esto, y lo más preocupante también, es el juego terrible en el que los padres están confiando en “La Gómez Morín” al punto de entrar con sus hijos a una exposición sin que les preocupe si lo que hay adentro es adecuado o no para sus hijos mientras que tanto el centro cultural como la Fundación UNAM, los responsabilizan a ellos.

 

Hay leyes que regulan el contenido de los espectáculos dirigidos a niños en nuestro país, como la Ley para la Protección de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (publicada en el DOF, 29 de mayo de 2000) que tiene un capítulo que versa sobre los Medios de Comunicación Masiva.

 

No obstante, personal de la Subsecretaría de Medios de la Secretaría de Gobernación, me informó que no les corresponde a ellos indagar sobre el contenido de la exposición ni verificar que sea adecuado para niños. Y que no saben a quién le toca. Tampoco en el Departamento de Orientación Jurídica de la Presidencia de la República respondieron a mi pregunta pero me invitaron a poner una denuncia en su página, la puse hace cinco semanas y no ha habido ninguna respuesta.

 

Seguiré buscando la instancia que quiera tomar la responsabilidad de conminar a los dueños a restringir la entrada a niños a sus exposiciones, todas del mismo tono “cultural”.

 

Pero al mismo tiempo me dirijo a los padres, madres y adultos en general para recordarles nuestra responsabilidad de mediar el impacto de la realidad sobre la sensibilidad infantil. Exponer a los niños a imágenes atemorizantes o con contenido sexual tiene consecuencias que no necesariamente serán inmediatas. Aludiendo a “la formación del síntoma en dos tiempos”, Ribeiro (2011) dice que “entra en crisis en las actuales sociedades de conocimiento, donde los saberes e información sobre la sexualidad y el cuerpo circulan en diversas TIC (tecnologías de la información y la comunicación) (…) permitiendo que tal vez un niño de hoy no necesite llegar a la adolescencia para resignificar sus experiencias sexuales infantiles, por lo que es posible que el síntoma (de haberlo) se forme ya en la infancia, haciéndole padecer psíquicamente como adulto”.

 

Si no fueran suficientes los argumentos relacionados con afectación del desarrollo psíquico infantil, pensemos entonces en las consecuencias de inducir mayor tolerancia de los niños ante el miedo, las escenas violentas, la criminalidad y la tortura.

 

El entorno social en que viven los niños del México de hoy, es ya suficientemente violento. Son muchas las voces que se pronuncian contra las manifestaciones de la violencia y que manifiestan su oposición a que lleguemos a ser una sociedad indiferente ante la criminalidad y las muertes causadas por la delincuencia y la lucha contra el narcotráfico. Debemos ser coherentes con la idea de combatir la violencia de raíz, negándonos a propiciar que los niños se hagan menos sensibles ante la crueldad, los asesinatos y las muertes violentas.

 

La respuesta de las instituciones mencionadas ante este asunto y la respuesta de los padres ante las reacciones de sus hijos en la exposición me lleva a preguntar si este incidente puede ser considerado un signo de los cambios sociales que vivimos, el alarmante signo de una sociedad que adultiza a sus niños dejando su desarrollo a merced de las mercancías y de lo que los medios de comunicación masiva y los empresarios italianos de “Museo de la Toscana” decidan que es el mejor negocio: la sangre y los desnudos femeninos siguen vendiéndose muy bien.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba