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Nunca quise ser Mujer

No siempre supe que no era mujer. De hecho, los primeros veintitantos años de mi vida creía firmemente que lo era, pero no me gustaba serlo. Siempre me criticaron por no ser lo suficientemente “femenina” pero esto solo me confundía porque tampoco quería ser hombre. Quería ser algo más, una tercera opción que no fuera solo hombre o mujer, rosa o azul. Tenía tan arraigada está idea de “tener que” ser mujer, que creía que estaba condenadx a ello. Que no podía decidir sobre mi género y que simplemente iba a vivir toda la vida odiando lo. Pero en algún punto vi un “post”, un “reel” o algo así que hablaba sobre el término “demigirl”, alguien que se identificaba como mujer, pero solo a veces o solo parcialmente. Y entonces algo hizo “click”. Comencé a explorar la idea de qué tal vez no tenía que ser mujer a fuerzas y de que sí bien tampoco era hombre, esto no significaba que tuviera que ser uno o el otro.

Una de las razones de que dudará tanto de ser trans, es que nunca he querido ser del género “opuesto”, pero sí no ser del género que se me asignó al nacer. Deseaba con todas mis fuerzas ser vistx como solo una persona, como alguien sin género o cuyo género no fuese asumido solo por cómo nació.

Poder usar una falda sin que eso significará que era mujer, vestirme y arreglarme cómo se me diera la gana sin tener encima el peso de tener que ser femenina”.

Comencé creyendo que quizá era solo parcialmente mujer, pero con el tiempo me di cuenta de que no, que en realidad mi género era más fluido y cambiante que cualquier binario.

Quería solo ser yo, con cabello pintado y rapado, con vestido o sin él, con pantalones o con shorts, con el pecho vendado o sin brasier, con perforaciones y tatuajes. Cada una de estas cosas acercándome más a mi verdadera identidad y a sentirme a gusto con mi existencia.

Quería existir fuera de la dicotomía que supone ser hombre o ser mujer. Quería buscar esa tercera opción y no ser ninguno, pero ser ambos al mismo tiempo. Quería solo ser. Quería existir bajo mis propias reglas y no las de nadie más, mucho menos las de una sociedad vieja, rancia y opresiva.

Nunca he sido buenx siguiendo los cánones sociales. Cabello largo y café, heterosexualidad, cisheteronorma, ninguna de ellas me llena. Cuando fingía ser heterosexual y ser mujer era como si viviera en el fondo de un estanque y solo viera desde ahí como mi cuerpo iba y venía sin realmente reconocerme en él.

Lo primero que hice para romperlo fue pintarme el cabello de azul. Me sentí tan feliz, a pesar de que todavía estaba encerradx en el estanque de lo que todxs creían que debía ser.

Desde hace 10 años no he vuelto a tener el cabello de colores “naturales” y no lo cambiaría por nada. Después, al salir de casa de mi madre: homofóbica, transfóbica, racista, colonialista y “tradicional” en todos los sentidos, comenzó mi verdadera transformación. Me rapé el cabello en una mohicana, me perforé más de 10 veces y me tatué otras tantas. ¿Mi primer tatuaje? Un unicornio con los colores de la bandera bisexual que tanto tiempo había negado y escondido por supervivencia. No solo era un tatuaje, era algo más, era un acto de rebeldía contra el sistema, era decir “estx soy yo y no me importa si no te gusta”. En ese entonces no sabía que era también no binarie, pero sabía que no era heterosexual ni cisgénero, sabía que nunca iba a encajar en la norma.

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