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Oda a Elena Poniatowska

El Teatro de la República, escenario de la velada literaria-musical en honor a Poniatowska

Por: David Eduardo Martínez Pérez

 

Acompasada por la estudiantina de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), una mujer pequeña y delgada cruza la entrada de hierro que separa a la calle Juárez y el Teatro de la República, dos íconos de la tradición liberal que persiste en el premio que año tras año entrega la alma máter a personajes destacados en la artes y humanidades.

Una procesión de estudiantes, periodistas, académicos y guardias de seguridad acompaña a Elena Poniatowska, ganadora del Premio Hugo Gutiérrez Vega en su entrega 2012.

La escritora no deja de sonreír mientras sus admiradores la vitorean. En el teatro se percibe el olor a ritual, a lo sagrado. Es como entrar a una liturgia laica donde Poniatowska será la virgen a la que se dedica la misa patronal, la virgen a la que se le entrega el universo.

Dos colaboradoras la acompañan al estrado, ahí la esperan el Rector Gilberto Herrera Ruiz y el que otorga nombre al premio, el poeta Hugo Gutiérrez Vega. Ambos aguardan a que el furor del público ceda su lugar al silencio que marcará el inicio del homenaje a la autora de La noche de Tlatelolco.

Todos se callan y el lugar se queda casi a oscuras. Una débil luz blanca ilumina a los ocupantes del escenario. El primero en hablar es el Rector, posa sus manos sobre el templete y da inicio a un discurso en el que elogia a Elena por “hacer visibles a los hombres de abajo, a los jóvenes y a las mujeres.”

Le agradece a la escritora el contribuir mediante su trabajo a la construcción de una sociedad que “no busca generar mercancías, sino hombres felices y plenos”.

Una vez que se retira, ocupa su lugar Gutiérrez Vega, de lejos parece un sacerdote a punto de llevar al clímax a su ritual. Como si le pesara mucho la barba blanca que cuelga sobre su cuello, el ex Rector se inclina y acerca su cabeza a los espectadores.

Con la voz pausada y grave que lo caracteriza, Gutiérrez Vega continúa con las letanías para Elenita. Destaca que el teatro es un lugar cargado de palabra y que por eso es importante ahí la presencia de Elena, pues ella “es capaz de lograr la exaltación de la verdad mediante la palabra”.

La felicitó por “enfrentar con valentía a los dueños del país y oponerse a ese monstruo que es el duopolio televisivo”, también le agradeció el otorgar a los estudiantes de periodismo un método de investigación que va de la “biblioteca a la entrevista y de ahí al hombre de la calle”.

Finalmente recordó su habilidad para construir personajes a través de Jesusa Palancares, la protagonista de Hasta no verte Jesús mío, y procedió a entregarle el premio junto con el Rector Gilberto Herrera.

“Recibe este premio de los humillados, de los sin voz, de Jesusa, de las mujeres de Juchitán, de los estudiantes de Tlatelolco, de los obreros…”

“Perdóneme, pero soy muy chaparrita”, dijo la homenajeada, casi totalmente cubierta por el atril, cuando le tocó el turno de hablar. Luego aprovechó para recordar aspectos fundamentales de su relación con Gutiérrez Vega y otros personajes destacados de la cultura mexicana.

Al hablar del ex Rector, se refirió a él a través de una anécdota que tuvo lugar en casa de José María Pérez Gay. La escritora narró la impresión que causó Gutiérrez Vega al aparecer en una reunión “vestido elegantemente y portando un bastón…”

“Todos nos pusimos de pie. ¿Quién era? ¿El Papa? ¿Benito Juárez? ¿Un actor de cine? ¿Santa Clos? ¿Un poeta? ¿Un ángel de la guarda? ¿Un estadista? ¿El mago Merlín? ¿Todos a la par unidos? Lo abrazamos y le ofrecimos un asiento. ‘Aquí junto a mí, a mi derecha, a mi izquierda, este sillón es más cómodo’. ¿Quién era? ¿Por qué le llovía el afecto y el reconocimiento? Le rendíamos pleitesía porque a todos nos inspira respeto.”

“Hugo era muy hermoso cuando pidió en Querétaro la mano de su esposa Lucinda, luego se hizo más bello, por la bondad que lleva dentro… pertenecía al PAN de Gómez Morín, el que aún creía en la transformación de México, nada que ver con el de ahora.”

 

Su relación con Querétaro

La autora de La piel del cielo también remarcó la importancia personal que para ella tiene el estado de Querétaro, pues su madre, Paula Amor, acostumbraba pasar las vacaciones entre los manantiales transparentes que solían existir en Tequisquiapan.

“Resulta que cada año, en los años veinte, su tío Felipe Yturbe la invitaba a la hacienda La Llave, cercana a Tequisquiapan, aquí en Querétaro. Mamá solía ir desde La Llave a San Juan del Río a caballo y al descender de su montura, refrescaba sus pies en el agua clara a los pies de los sabinos. Pies de agua para pies de niña.

“Querétaro para ella fue su infancia, ese lugar sagrado en el que nos adentramos a medida que pasan los años, como a un refugio que nos protege de ausencias, derrotas y sinsabores. Querétaro fue su estado más bello, más noble, el más inteligente de toda la República Mexicana.”

Los aplausos se apoderaron del teatro y algunos artistas de la Facultad de Bellas Artes prepararon varias piezas para honrar a Elena. El maestro Eduardo Núñez interpretó un fragmento de La Traviata de Giuseppe Verdi, acompañado por una soprano que cautivó los oídos de Elena, quien no era capaz más que de admirar los detalles neoclásicos del teatro.

Se tocó también un fragmento de la zarzuela El Barberillo de Lavapiés, del compositor español Francisco Asenjo Barbieri. Finalmente, Vicente López Velarde, director de la Facultad de Bellas Artes, interpretó en el piano un Canto a Neruda, de su autoría y también se tocó una pieza breve de Manuel M. Ponce.

Elena no tardó en verse rodeada de reporteros y admiradores deseosos de autógrafos, sin embargo, aun cansada, nunca borró la sonrisa de su rostro. Lucinda, la esposa de Gutiérrez Vega, la invitó a sentarse reiteradas veces, ella siempre respondió de la misma manera: “No gracias, no gracias, estoy muy a gusto aquí parada.”

 

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