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Placer y peligro: los arrancones

En un ambiente de constante amenaza ante los rivales y la policía, los conductores hacen de ésta una forma de vida

Por: Juan José Rojas

“Si tú quieres que algo se difunda, prohíbelo: es la mejor publicidad”, fueron las palabras que Eduardo Galeano le dijo a Carmen Aristegui en la presentación del libro “Los Hijos de los Días”.

La ilegalidad seductora, un mundo donde el infierno se convierte en paraíso y donde no hay más elección que tentar la debilidad del humano. Un vaso que arde, un trago que quema… una experiencia que marca.

Recibí la orden de investigar sobre el mundo de los arrancones y cerciorarme de su veracidad; que esta practica en verdad se lleva a cabo en los suburbios de la ciudad. La cita era detrás de Walmart Bernardo Quintana, sobre la calle Roberto Ruiz Obregón, en punto de las 11 de la noche.

La noche fría del sábado 6 de septiembre estaba marcada en el calendario. Ahí encontré a dos tipos que me conducirían hacía donde realmente se realizan las carreras.

Recorrimos todo el Boulevard Bernardo Quintana hasta llegar a Centro Sur. Justo en el estacionamiento de Chedraui había unos sesenta automóviles, en su mayoría arreglados, modificados con luces de neón, cofres, rines, chasis.

Estacioné mi Volkswagen 92 cerca de otros autos similares. Pronto caí en cuenta que me encontraba en unos de esos infiernos donde hay drogas y alcohol al servicio de los competidores, así como mujeres que los acompañan.

Era la atmósfera del lugar y ahora inevitablemente formaba parte de ella. Estaba ahí para hacer un ejercicio periodístico, pero con plena consciencia de que no venía a ser un delator.

La curiosidad me llevó a caminar por entre los autos, en medio de personas que bebían, inhalaban alguna droga, platicaban amistosamente, niños de aproximadamente diez años que dejaron de jugar a ser Meteoro para convertirse en Toreto.

Al caminar, la gente me veía, como reconociendo que se daban cuenta de que yo era nuevo en el asunto.

Un tipo -que no mencionó su nombre- se me acercó y me habló con fuerza, pero dando la bienvenida.

– Háblame de los arrancones- le dije.

– Mira, primero tienes que llegar con coche… porque si no tienes coche, no hay cotorreo, güey; si traes un Vocho, dúdalo- respondió con ironía.

– ¿Si es “La Hormiga”?- le contesté para amenizar la situación.

– Si es rojo y le dicen “La Hormiga Atómica” pue’que ya puedas competir con “el vecino”. De ahí en fuera, lo dudo, cabrón, porque de Jetta para arriba.

– ¿Tú corres?

– Hoy no, hay quienes nada más vienen a farolear sus carros, mostrar su sonido y hacerlos rugir: como nosotros. Mira, aquí nomás nos estamos cuidando de que llegue la ley, porque entonces nos arrancamos… fuga. Recto, derecho, no nos esperamos a nadie, así tu Vocho no esté modificado. Sin escalas.

“El vecino”

Nos encontrábamos recargados en las puertas de su Pointer blanco, rines cromados y un estéreo que hacía retumbar las ventanas.

Toño, como se hizo llamar el hombre, fue por “el vecino” quien quería “calar su carro contra el mío” una carrera de “a compas” con un personaje de lo ilícito -aquí en Querétaro- que lleva compitiendo seis años y que es dueño de un taller para modificar autos. “El vecino”, de forma amable, accedió a platicar sobre su experiencia en esta actividad.

“He llegado a apostar 50 mil pesos y los he ganado”, afirmó con la autoridad de un experto en el negocio.

Era un chico moreno, de bigote, nariz grande y cabello cubierto de gel hasta la ultima punta. Venía acompañado de ocho personas; tres de ellas, mujeres. Mientras platicaba con él, sus acompañantes se divertían como si estuvieran en una discoteca. Me ofrecían cerveza, Budweiser.

De sorpresa llegaron tres patrullas que rodearon el lugar, luego otra y otra. “No hay que movernos, sólo baja tus tragos”.

Sus acompañantes -algo alterados- ocultaron miles de cosas y “el vecino” sacó una bolsa negra que arrojó al asiento de su auto por la ventana. Observé cómo todos los carros rugían y huían del lugar… la escena incluso era cómica.

Los motores se hacían escuchar y a cada ruido de la sirena, un derrapón más. Algunas patrullas se fueron tras los autos que vieron sospechosos. Al final, sólo quedamos cinco carros: tres estábamos ubicados en torno a un árbol y los otros dos, cerca de la puerta principal del centro comercial. A unos 80 metros, dos patrullas nos vigilaban atentas.

“A ver quién se cansa primero”, decía “El vecino”, que los miraba de manera retadora. No podíamos hacer más que platicar.

Con los ojos de los gendarmes puestos sobre nosotros, hablamos de cualquier cosa sin relevancia para incluir en esta crónica. Pensaba en los días raros de esta semana, tan poco comunes… el frío penetraba en los huesos y la adrenalina comenzaba a subir a medida que “el vecino” me retaba a correr.

Amo vivir así

Me habían llegado los mensajes de una balacera que hubo en la ciudad; y una tremenda bronca en una famosa cantina ubicada en el Centro Histórico.

Días antes había muerto Cerati y por mi mente rondaba una frase potente para la situación en la que me encontraba, amenazado por azules, en una tierra de balaceras; nadie sabe que estoy ahí, y soy parte de todo… una ciudad de la furia que espera agonizante la noche en la que las sombras toman vida y conspiran aterradas el suplicio de una calma que no ofrece descanso.

Las patrullas tomaron camino; sin necesidad de hacerlo. Sabían que algo estaba por ocurrir ahí, pero no importaba.

“Los que vienen aquí no saben lo que es el sacrificio. A mí me dicen: ‘ah, no mames, tu jefe es el patrón de aquí, es el que mueve todo esto…’. Yo les digo: ‘sí, güey, pero -por ejemplo- esta nave me la he ganado compitiendo en todo esto. Está valuada en 80 mil varos; vamos a darnos una carrera de a compas…”

¿Qué hago yo aceptando el reto? ¿Es parte de mi trabajo? El recorrido de aproximadamente 400 metros me trazaba una ruta de incertidumbre y curiosidad difícil de ignorar. Pensaba en todo y en nada.

Ya alineados, me gritó desde su auto que al tercer segundo correríamos… mientras revolucionaba su auto, sacó una pistola -el mismo objeto que arrojó a los asientos traseros cuando llegaron las patrullas- y la colocó sobre su tablero.

De manera inconsciente, me sentí molesto, al mismo tiempo que la adrenalina subió de nivel; esa amenaza me disgustaba al grado de querer vencerlo sin medir las consecuencias… o la probabilidad de que eso fuera posible.

Arrancó como si viniera con una carrera de 120 kilómetros por hora, mientras que yo fui un conductor convencional que trató de dar batalla hasta donde pudo. Sin embargo, la velocidad me recordó muchos trayectos de mi vida que han pasado por eso: el peligro.

Terminó la noche y sin más empacho “el vecino” volvió a arrojar el arma dentro de su auto. Me despedí de todos sus acompañantes y de él con la sensación de querer volver a intentarlo. Son las casi las 4 de la mañana y la oscuridad aún permanece. Me voy, pero ellos se quedan… “éste es mi modo de vivir, amo vivir así”, expresó “el vecino”.

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