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PROGRAMACIÓN QUERETANA DE FESTIVAL NACIONAL

A la vista de la inclusión de cuatro montajes queretanos: “El silencio de los viajeros”, “Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas”, “Odio la maldita narraturgia” y “Es fe rara” en la ‘Programación Artística de los Festivales’ por parte de las secretarías de cultura nacional y estatal y el Centro Cultural Helénico, repongo  —revisados— dos textos, lamentando de no haberme ocupado de la obra presentada por el grupo Barón Negro precisamente por la cabalidad del título: ¡no es dicho un solo parlamento! Y muy clara la situación viajera. Lo dudo al apuntar estas líneas pues recuerdo haberme propuesto la pregunta ¿por qué viajamos? para iniciar una nota, quizá hasta ahí llegué pues mi archivo no me responde positivamente. A pesar de la ausencia de la palabra se presencia un suceso escénico teatral que no recurre a la mima ni la gestualidad, por lo menos en estricto sentido, pero tampoco lo tomaría como el ‘teatro del cuerpo’ que he conocido, sin embargo ‘habla’ del viaje, metafóricamente de la eterna errancia… Empiezo a entender porqué no contesté la pregunta. Entonces recupero las notas acerca de las dos siguientes obras enlistadas.

Encorajinamiento y soliviantamiento

¿Es posible que la actuación supere lo actuado y resulte plausible tal desbalance en el desempeño escénico? Es decir, que el cómo supere al qué y no me estorbe pasar inopinadamente por alto al segundo, ni reclamarlo por su manida reiteración, o porque precisamente la inutilidad de ésta ya me ha llevado a la conformidad y conformismo. Tal podría ser el caso con “Fuenteovejuna, breve tratado sobre las ovejas domésticas”, de la dramaturga Anna María Ricart a partir del texto de Lope de Vega y del director Ricard Soler i Mallol para la compañía queretana La Oveja Negra, encabezada por Fernando Rabell Mandujano. Este trabajo lo conocí en septiembre de 2019 en espacio de Sótano Teatro y no tuve motivo para desaprovechar la oportunidad de reverlo, incluso con la renovada curiosidad de apreciar la solución teatral en el foro del Museo de la Ciudad de Querétaro, quizá doblemente mayor al anterior. Consecuentemente, cual más cual menos, ya sabía que esta obra acusa la pervivencia del abuso, de ser posible hasta la ignominia, frente a la abulia pusilánime de la colectividad sobajada. Es decir, la latencia en el siglo XXI de la Fuente Obejuna del XV cordobés, en Andalucía, España, cuya infamia y levantamiento tumultuario retomó el Lope de Vega y Carpio en el XVII. Obviamente el soliviantamiento queda al albedrío de los espectadores, que en esta ocasión, quizá por la juventud, parecieron salir con la pila cargada del colonial exconvento capuchino. Esta latencia, encubierta por la superficialidad y banalidad cotidiana, es quizá el principal mérito y motivo del reconocimiento otorgado a la antigua periodista. Poco a poco esta condición es difuminada, cual cortinaje que va siendo corrido, permitiendo la aparición de la trama tricentenaria. Apuntaría este suceso como otro acierto dramatúrgico: aquello que es presentado referencialmente va siendo presentado progresivamente. Es decir, vemos la obra posible texto matriz, “Fuenteovejuna”, y una lectura de ésta, “Breve tratado sobre las ovejas domésticas”, su traslación más que al presente, al ahora, sin prescindir, ni ocultar, ni simular aquélla. Hasta aquí, esencialmente, el qué, muy digerible y asumible.

El cómo, muy atribuible a la dirección escénica desde la selección del reparto hasta la definición de su desempeño es con el que pasamos por diferentes emociones, estados de ánimo y niveles de reflexión gracias a la intensidad, contundencia y solvencia actoral de los intérpretes, o sea, con todo eso consistente en apartarnos y sacarnos de nuestro tiempo real para meternos en el de la trama, así como en el espacio de los personajes. Lo cual fue más que literal convidándonos bebida y sacando a bailar al espectador y espectadora que se dejara, para sorpresa de las parejas ‘despojadas’. Con ese rotundo desparpajo, que por momentos se antojó altanero, desvergonzado o desenfadado según el ánimo y características, un tanto rústicas, de los personajes, para quienes aquello de ‘los-buenos-modales’ más que letra muerta mejor aparece como nonata. Poco a poco la vida en Fuente Obejuna se fue asentando para conocerla como la apuntó el madrileño Monstruo de la Naturaleza, contribuyendo a la construcción del Siglo de Oro. Entonces sobrevienen la exaltación y la excitación. La infamia y el servilismo por un lado y el reclamo vibrante y enjundioso por otro, rematado con una barbarie demencial e insaciable. El asalto ultrajante que sufre Laurencia por parte del comendador, auxiliado por su lamebotas mayor, y su encendido, casi incendiario reclamo hacia la comunidad agachona, no es un llamado a la venganza de su mancillamiento vil sino una enardecida proclama por la dignidad dentro de la libertad, a la rebeldía contra la reducción a una animalidad atada a la yunta o la noria del nacimiento a la muerte, del amanecer al anochecer. Porque el comendador no tan solo se regodea en el desvirgamiento de Laurencia, pues bien procura con esta villanía zurrase, con toda la insolencia y la prepotencia de que es capaz, en la doncella en vísperas de nupcias, en el futuro marido a quien provoca cobardemente sabiéndolo en condición subordinada por la jerarquía administrativa y política, en el impotente padre anciano e infravalorando la autoridad que representa como alcaide, no tan solo con la confrontación personal sino ante la comunidad que encabeza y representa. El gozo es total       — en todo el Foro Escénico del Museo de la Ciudad de Querétaro—  con el linchamiento descarnado y desbordado del señor Comendador por parte de Fuenteovejuna.

(¿Cuántos soliviantamientos más, aunque teatrales, harán falta todavía hoy, junio de 2022, para la supresión de la impunidad y la ignominia?)

Odio narratúrgico, fachada y denuncia

Amparada y escusada en una borrachera de combebencia culturera y los consecuentes desfiguros etílicos, en la recomposición de su resaca, una actriz recuerda haber arremetido contra el suceder artístico y de la cultura por parte de las instituciones mexicanas, oficiales y oficiosas, sus inoperancias y disfuncionalidades, injusticias y parcialidades, sus zánganos, rémoras, sabandijas, tepocatas, víboras prietas y todos quienes las pululan, directa e indirectamente. Aunque la diana de las reprobaciones, para tener un blanco fijo y objetivo está fijado en la narraturgia. Dejando muy poco a la casualidad con algunas recreaciones, expresiones, alusiones, descripciones y retratos. Localmente, queretanamente, quizá también en su entorno inmediato más amplio, la compaginación de la autoría con la recriminación argumental resulta muy indisoluble, lo cual acrecentaría la ira o la hilaridad de esta creación teatral que por el lado de la interpretación es un agasajo humorístico, tanto en las penas como en las alegrías, los reclamos, las avenencias y las conformaciones retratadas en la trama de “Odio la maldita narraturgia”, así, en tiempo presente y primera persona, de Mariana Hartasánchez Frenk.

Si no existen prejuicios de género, transgénero, etcétera, el acierto y el entretenimiento escénico empiezan con la mofa de las caracterizaciones, tanto en la transformación de las apariencias como en los correspondientes desempeños. Con el efectismo y la efectividad de una iluminación cenital en el centro del foro vemos hierática a Mildred Vargas  —quien no conozca al actor Jorge Smythe, tardará en encontrarlo—, histérica y apabullada por la resaca reclama y agrede a Arnulfo cuyo punteado mostacho maloculta a Quetzallín Torres, lo mismo que sus acertados modos masculinos con la correspondiente indumentaria. Aun sin adecuar la voz, tan solo con la acentuación, la masculinización pasa, pero sobre todo y más la timorata y trémula comicidad, con el batimiento de ignorancia y racionalidad llevado por un temeroso atrevimiento. El contraste de personalidades funciona, y la captura del espectador no la pierde esta pareja escénica a lo largo de la representación. Con una variedad de recursos histriónicos Smythe sostiene y retiene la carga protagónica en las diferentes situaciones, incluso las discursivas y ¡narratúrgicas!, de la Vargas en un mesurado y contenido tono fársico.                      Luisito Convento toma quizá un aire tan volpiano con su pedantería huele-caca, con ínfulas de condescendiente e impaciente magnanimidad, que lo hacen totalmente verosímil al literato universitario.                                                                                                                                                      ¡Qué bien la tunda propinada por M. Vargas! ¿Cuántas güeritas modositas  hemos conocido en la administración de la cultura queretana? Pues habremos de agregar la monada de becaria vista en el Teatro Lupita Smythe del Centro cultural La Gaviota y que habita el odio de una ‘femme de lettres’ cuya creación reprueba la narraturgia. Con semejante distribución de mandobles, sopapos y soplamocos podemos contar con la ausencia de “Odio la maldita narraturgia” de cualquier festival respaldado moral, virtual y burocráticamente por cualquier instancia o guiño de la administración pública o que guarde parecido con ésta por casualidad o conveniencia.  (Osada previsión, ahora felizmente desengañada, con la presentación del grupo teatral queretano La Gaviota en el Centro Cultural Helénico dentro de la ‘Programación Artística de los Festivales’ por parte de las secretarías culturales nacional y estatal.)

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