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¿Qué color combina con la muerte?

Por: Estefanía Morán Elizondo

Una llamada. Se interrumpe toda probabilidad de seguir con lo cotidiano del miércoles. Algunas sospechas comienzan a surgir en pensamientos desordenados, pero no hago caso, simplemente me dirijo de la escuela a la casa verde, aquella de un verde muy tenue y amable, la casa de incesables experiencias y recuerdos en sepia que aquel señor con barbas blancas solía contar sentado justo en la esquina izquierda del sillón de tres espacios.

A pocas horas del atardecer, me recibe en la entrada mi papá con sus ganas de ocultar debilidad. En tono compasivo me invita a pasar. Ante esos rostros hinchados de llanto reunidos como hace mucho, sólo sonrío. Abrazo a cada uno tal como lo hiciere alguien que llegó tarde y a quien le corresponde romper con el color gris constante del ambiente. Lo lejano, lo que parecía nunca suceder, pasó. Aquello a lo que dices estar listo, lo que crees esperar después de repetirte una y otra vez la edad de tu abuelo, te grita finalmente sin consideración: “¡murió!”.

Terminé con aquellos de la sala. Me quedo contemplando al fondo: un cuarto cercano, dividido nada más por un par de cortinas crema con gráficos romanos que, ahora que lo pienso, conjugan con la muerte. Son bastas para impedir el aroma de cuerpo sin alma. La última duda que se me ha colado se diluye cuando me acerco: ¿por qué no tiene el oxígeno puesto?; junto a él: ¡qué pálido!, más que nada amarillo, ventoso, ¿pero por qué esa venda rodeando su gesto?

Sus grandes orejas pierden forma por la hinchazón. Tomo de sus manos que no han alcanzado gran rigidez. Están disparejas: una amarillezca y la otra amoretonada. Le soplo a mis pensamientos para no distraerme, sólo saciar mi impulso por observarlo inerte. Me decido por palpar: la cobija no impide que el frío de su cuerpo llegue a mi tacto concluyendo en un ligero escalofrío. Se manifiestan mis primeras ganas de llorar al verlo inmóvil, por ser un hecho no sujeto a cambios.

Recuerdo respirar profundamente, recuerdo que es mi manera de regresar al presente, donde no caben el pasado ni las expectativas.

Sentada en el piso, junto a la cama, escucho en murmullos las conversaciones. Me pregunto cómo lo sobrellevará cada quién y por separado. Entran íntimos a la habitación, entran y salen invitándote con el gesto a su dolor. Ninguna palabra basta, ninguna compañía es real ni suficiente; sólo te encuentras tú contigo, tú y tu presente constructor del camino, dominante del momento y de tus impulsos.

Me vuelvo de contemplar la ventana, iluminada por la luz de las 6:30 de la tarde, cuando el sol quiere descansar y sus rayos apenas nos calientan. Me pierdo en el reloj. Las manecillas no se detienen, qué no se enteraron de la pérdida. Me percato que hay dos desconocidos en el comedor. Es redactada el acta de defunción. Aturdiendo, voces que se interrumpen comentan sus versiones del acontecimiento, de cómo sucedió, qué fue lo último que cada quien le escuchó decir, le vio hacer, quién fue el último que abrazó, “¿No tenía zafado el oxígeno cuando lo viste?”, “fue infarto”. Poco antes de las nueve del amanecer, se sumió en sueño. Tres de sus hijas están muy preocupadas por la organización de los eventos postmuerte: la misa, el velorio, el funeral. Lo vano toma el espacio: qué vestirá en su último día sobre la tierra, ¿Funerales Hernández o Jardines de la Esperanza? Todo se disuelve y en mi mente pierde sentido.

Él desprendiéndose de su cuerpo, evaporándose y olvidándolo, mientras nosotros lo vestimos de gala y definimos lo que fue, lo que será, un pasado borroso en el mareante y agitado movimiento del reencuentro (reencarnación). Deseo que su búsqueda no sea eterna, que las sombras no lo espanten.

Don Camilo, don Came, que de sus memorias y vivencias que suma y permanecen en usted, no nos borre. Su cuerpo le fue insuficiente, pero de seguro luchó contra el último suspiro complaciente. Lo inmaterial lo percibo, y hasta lo huelo. Sospecho que sigue cerca.

Son dos mundos los que alcanzo o quiero percibir: dos hebras paralelas del presente. Mi voz en off disuelve el ambiente y se dirige a mi abuelo donde sea que se encuentre. Tal vez a la hebra amorfa. Resuenan las preguntas que en vida no quise hacerle: ¿Fue mi abuelita el amor de su vida, abue? Supongo fue una incógnita al no explicarme por qué ella era tan sumisa ante las agresiones verbales de un típico macho alfa, por supuesto no un defecto personal sino generacional.

El rechinar de la mecedora llama mi atención. Una viejita sumida en pensamientos traducidos en un semblante de dolor. Su voz tiembla, se quiebra a la par de su relato. Su pierna no deja de temblar. Vuelven a mí las lágrimas, discretas pero continuas:

Anda Fanny, contenlas, contén esas lágrimas revueltas de subjetividad resultado del contagio de compasiones y de ausencia. ¿Las palabras no eran la traducción del más puro sentimiento?, se distorsionan, pierden y confunden. Resultan insuficientes. Energía invisible para mis ojos inútiles, invisible para mis limitados y aparentes cinco sentidos. Calma pensamiento, espera y déjame sentirlo por última vez.

La insuficiente luz natural me exige prender la lámpara. Ahora, ¿qué procede? “Una corbata, falta una corbata de color azul”, ¡pero qué absurdo!, que alguien me diga qué color combina con la muerte. Y el cuerpo allí, sin escuchar nuestros desvaríos, o tal vez sí, tal vez sí se percata de las miradas perdidas que quieren comprenderse. Un sentir casi generalizado de lucha por vivir con la muerte en el recuerdo, con la muerte que sabe a ausencia.

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