Tesoros y tormentos en la calle: La vida de Don Ángel, el navegante de la libertad en San Juan del Río

“A mí me encanta la libertá. Que aquí llueve, que aquí hace frío, hace calor […] es un poquito de la libertá” es la respuesta de alguien que vive felizmente en la vía pública. Es Don Ángel: sanjuanense, amigo de la colonia, libra, cantante de closet y partidario de seguir lo que el corazón mande. El mar abierto que es la calle de San Juan del Río le ha traído amistades y obsequios, y, a la par, riesgos que han atentado contra su vida.
Al doblar en la esquina de la calle Corregidora con Rayón, donde yace el Colegio Centro Unión, está sentado sobre la boquilla que forma una de las ventanas enrejadas del colegio Ángel Nieto Tavares, conocido como ‘Don Ángel’, ‘Lencho’, ‘William’, entre otros apodos. El Lencho sonríe y saluda como si fuera un amigo de toda la vida.
“Ya me gustó estar aquí. Que me quemaron mis cosas; no sé si ves el árbol todo quemado”. Levanta su brazo y señala el tronco parcialmente calcinado de la calle que da al vecindario de Las Rosas.
En efecto, 2021 fue un año claroscuro para Don Ángel. Tenía un carrito de metal para vivir, similar al tamaño y diseño de aquellos empleados para la venta ambulante de hot dogs y hamburguesas. Sin embargo, desde el 8 de enero de ese año, en el cual le prendieron fuego a su hogar móvil, tintes oscuros pintaron su vida. “Unas personas que me amenazaron”, dijo sobre los autores del incendio. “Decían que iban a pegarme un balazo”.
El contraste que ve en la ciudadanía es evidente: lo comprueban estas agresiones y los múltiples obsequios que la gente prepara para él. Desde aguinaldos en fiestas decembrinas 14 cuernitos, bandejas repletas de sushi y vidrios que descansan entre camas de arroz con camarones. Peligrosamente servido.
“Yo nunca me di cuenta de que tenía vidrios, lo supe porque se la regalé a un amigo, y él fue quien me llamó y me dijo ‘¿qué crees? Tu comida tenía vidrios’. Nunca más volví a ver a esos que me dieron los camarones”.
Libre y sin miedo, hasta que el cuerpo aguante
Además de agresiones, su salud también le ha amenazado. Ese año, mientras subía a su carrito, se raspó el talón del pie. Desde ese momento, se le formó una llaga que para él no significó peligro alguno. Sin embargo, el tiempo que permaneció sin atenderse la herida y su gusto por no bañarse, fueron la caldera que tardó un año en explotarle.
Aseguró que, de no haber sido por el apoyo de sus hermanos, quienes reiteradas veces le han ofrecido apoyo, estancia y cobijo en su casa, no habría sanado su herida. A pesar del estado de salud en el que se encontraba y de las agresiones que ha recibido, el Lencho no le teme a la muerte, pero la “respeta”, dijo el hombre de 55 años. “Algún día me voy a morir”.
Múltiples fueron esos ratos cuando el dolor le pasaba a saludar, pero sus vínculos sociales lo resguardaban. Él contaba su situación y la solidaridad le llegaba en forma de medicamentos, comida, ropa y dinero. “Lo más miserable fueron 10 pesos”, recordó risueño. “De ahí le siguieron 20, 50, 100, 600, mil… Me echaban carrilla con que estaba siendo bien ‘auxiliado’. Estaba atestado, y lo que hice fue compartir”.
Y ahora, tras un año de sufrir “achaques” en sus piernas y tras haber abandonado su libertad en la vía pública debido a indicaciones médicas y de sus familiares, Don Ángel volvió a la acera. El amigo de la calle narra su vida como si de una comedia se tratara mientras saluda a las personas que alguna vez lo dieron por muerto.
Es la sonrisa, la felicidad de este hombre que, a pesar del contraste que aún vive día a día en la vía pública, prefiere navegar, a su modo, en las olas de la libertad de San Juan del Río que amarrarse al barco que es su casa techada y vivir sin la alegría que recibe en sus relaciones sociales de la calle. Don Ángel, al final, se queda con el mar de la libertad callejera donde su corazón es el timón, y la gente de ahí, los tesoros o tormentos que lo acompañan.



