Información

Un amor escondido en el baúl de mi abuela

No sé mucho sobre la historia de mis bisabuelos paternos y, lo poco que conozco, es gracias a las memorias de mi abuela, quien ocasionalmente hablaba sobre su pasado. No quedan fotografías, ni papeles y, poco a poco, el rastro de sus vidas se pierde entre los años. Creo que es por esa razón que resulta emocionante encontrar algún dato sobre sus vidas, algo que ha conseguido trascender en el tiempo con un pedazo de la historia de nuestra familia, de nuestras raíces.

Hace dos años el cáncer se llevó a mi abuela y, curiosamente, hasta ese momento no me di cuenta de que ella, al igual que yo, era la hija de alguien. En medio del duelo, llegó una gran curiosidad por saber cómo había sido exactamente su vida y la de las personas que estuvieron detrás de ella. Fue como si, de pronto, sintiera la necesidad de trepar en mi árbol genealógico con la esperanza de encontrar grandes historias.

Hubo un día en que la familia se reunió en la casa de mi abuela y, tras escarbar entre sus cosas, encontramos el álbum de fotografías. Me enteré de muchas cosas esa tarde sobre la gente con la que había crecido y que ahora parecían ser alguien más. Resulta hasta extraño pensar en que mis tías, mis padres y mis primos mayores fueron niños alguna vez y que hubo alguien que les daba la mano cuando tenían miedo o se sentían enfermos. Simplemente me costó poner esas ideas en la cabeza.

Semanas después, en esa misma casa, por accidente encontramos algo que nos dejó asombrados: en un sitio muy resguardado, entre los cajones que no se pueden abrir de un jalón, apareció la declaración de amor de mi bisabuelo, escrito en dos pedazos de hojas desgastadas y que, después de casi un siglo, había sido encontrada por la familia que tuvo con la mujer a la que le dedicó sus palabras.

Ya se imaginarán la emoción del momento, la alegría y la curiosidad por encontrar, sin querer, otro pedazo de historia familiar. Fue como encontrar un abrazo de consuelo en esos momentos en el que la presencia de mi abuela aún rondaba por la casa. La primera carta fue escrita en 1924 y decía lo siguiente:

El Charcón, noviembre 24 de 1924

Señorita Josefa Herrera.

Muy encantadora señorita,

La presente que hoy vuelvo a dirigirle a usted, es por el amor que siento para usted, y que me obliga a recordarle a usted de mis intenciones, que de ellas no hubo ninguna contestación, pero hoy creo que de esta tendré contestación, por lo que me atrevo de nuevo a dirigirle la presente para que se digne de decirme si mis humildes cartas le han causado molestia, o cuál ha sido el motivo de que no han sido contestadas. Mucho le estimaría a usted que me haga favor de desengañarme.

Es cuánto le dice que de corazón la ama y espera ser correspondido.

Atentamente,

Manuel Jiménez.

Lo que sabemos de la historia es que mi bisabuela Josefa no podía corresponderle a mi bisabuelo Manuel porque él ya estaba con otra mujer, una señora muy peligrosa, quién se atrevería a matarle al menor asomo de celos. Mi bisabuelo ya no amaba a esa mujer. Parecía haberse casado por compromiso y no por amor, algo que hoy en día suena horrendo, pero que en sus tiempos era común. Así que Manuel, sintiéndose perdidamente enamorado, siguió insistiendo en mantener contacto con Josefa. Ella, por su parte, lo rechazaba con cortesía, aunque muy en el fondo ella también le amaba.

Mantuvieron correspondencia durante los meses siguientes y probablemente también mantenían una relación prohibida a escondidas de la otra familia de Manuel. No sabemos si el romance entre Josefa y Manuel fue descubierto o algo más pasó, pero finalmente mi bisabuelo dejó a su anterior pareja y fue en busca de Josefa. No le importó que lo que hacía no fuera correcto. Su brújula moral no eran las reglas de un matrimonio arreglado, sino que más bien se guiaba por los deseos de su corazón. La otra carta fue del año siguiente:

El Charcón, febrero 19 de 1925

Señorita Josefa Herrera.

Preciosa y encantadora señorita,

La presente es para saludarla y a la vez doy contestación a su hermosa y cariñosa cartita, a donde leo que para mí no hay nada razonable pues, señorita, yo me atreví a dirigirme a usted, pues mi corazón se ha fijado en usted, y ha amado por muchos y distintas partes, y habitó tantos corazones que no he sentido ni amado cariño como el que a usted le he profesado y haya decretado delante suyo. Porque ni un momento se compara a sus miradas cariñosas y, el cariño que yo siento por usted es puro.

Pues, señorita, es cuando usted me dirá que tuve mujer, ya no hay nada. En primera, sé que ella atentó en contra de mi vida, haciéndose de personas para que me asesinaran. Hoy está fuera de derecho y, en segunda, no estoy casado con ella, ni tiene derecho a impedir que yo me dirija a la persona que mejor me parezca. Y, si me he dirigido a usted, es porque he sentido cariño y amor y, espero que usted sea la compañera de los últimos días de mi existencia, y usted sea la que me bendiga y prometa estar feliz con lo que le he ofrecido.

Pues se despide su amante y espero su resolución, y que pronto seamos felices. Te amo.

Atentamente,

Manuel Jiménez

No se sabe exactamente lo que ocurrió después de eso, pero por cómo sucedieron las cosas, podemos suponer que se casaron, tuvieron un hogar y formaron una familia que ahora mira sus historias como algo irreal, como algo sacado de una novela romántica. Nosotros, sentados en la casa de la hija de Josefa y Manuel, leímos las cartas como si se tratara de uno de esos amores complicados que nos gusta imaginar, pero no vivir.

Eso me hizo pensar en que todos los que estábamos en la sala contemplando el puño y letra de Manuel, habíamos sentido algo semejante por lo menos una vez en la vida. Mis tías, mis padres, mis primos y absolutamente cada miembro que surgió de ese amor, habían experimentado ya la abrumadora sensación de haber estado en las garras del amor.

Y es algo que no sólo se puede expresar en el sentido romántico, pues las lágrimas que escocían en los ojos de varios de los presentes delataron el amor en todas sus variaciones: amor de amigos, de parejas, de familia. El amor que se sintió vivo alguna vez y de lo que ahora no quedan más que fotografías o viejas cartas guardadas en el baúl de alguien.

Ahora, mirando todo en retrospectiva, aunque no sé mucho sobre la vida de mis bisabuelos, me alegra saber que su amor fue tan fuerte que, a pesar de los años, se ha conseguido transmitir como una canción en la radio, como una película vieja. Son cosas que nos gusta recordar y nos hacen imaginar las posibilidades de escenarios de lo que pudo haber sido y de lo que tal vez fue. Esas cartas nos abrieron las puertas para volver a desear. Son solo dos pedazos de papel viejo con tinta apenas visible y un puñado de palabras que se escribieron de corazón hace casi 100 años. Lo que contienen las hojas son apenas un fragmento de la historia de mis bisabuelos y, aunque no lo conocí, puedo imaginar perfectamente su mano empuñando la pluma y el deseo en su pecho de recibir una respuesta. Dos cartas es poco para saber sobre ellos, pero el sentimiento y la emoción que expresan es tan grande que, por el momento, eso basta para reconocerlos.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba