Información

¿Violencia explícita o implícita? Los divagues de la cotidianidad adolescente

Por Violeta Venco Bonet

Estamos abrumados por discursos de violencia. Muchos de estos discursos hacen eco de una violencia explícita y, por ello, alcanzan un hábitat cuasi permanente en noticieros, periódicos, revistas, programas televisivos y radiofónicos, sitios web y otros tantos medios de comunicación. Poco sabemos de la violencia implícita. Aquella que tiene cabida “puertas adentro” de tantos hogares mexicanos y, ¿por qué no?, de tantos ambientes familiares de nuestra querida Latinoamérica y de otros continentes.

 

La escucha clínica me ha permitido constatar –en repetidas circunstancias– que el hecho de que ciertas agresiones no dejen marcas visibles en el cuerpo, no implica la ausencia de lesiones en la vida de muchos niños y adolescentes.

 

Toda marca se relaciona con algo que funge como señal, es decir, como signo que reclama atención, que emerge por alguna determinada cualidad y que supera cierto rango. A su vez, cuando vinculamos una marca con un cuerpo, le asignamos una superficie, una extensión con cierto límite, que es perceptible por los sentidos. ¿Qué pasa cuando esa marca se inserta en el lenguaje cotidiano, aquel que resta en la memoria de las primeras etapas de la vida? ¿Quién puede dar cuenta de los actos de agresión pasiva, que recortan la vida de tantos adolescentes, privándolos de alegría, de sueños, de proyectos futuros, de modelos de identificación válidos?

 

Vivimos sumidos en un ámbito social en el que abundan acusaciones que catalogan a los adolescentes de apáticos, insensibles e irrespetuosos, entre tantos otros des-calificativos. Pocos se ocupan de escuchar sus relatos. Generalmente, porque producen más aversión que simpatía: su desparpajo intimida, cuestiona, saca a relucir cuentas pendientes en aquellos que los rodean. De allí que no sea nada fácil la convivencia con adolescentes. Pero esto no es nada nuevo, es parte de nuestra vida desde hace varias décadas.

 

Lo que sí es poco común, lo que me atrevo a citar como “violencia implícita”, es esa carga emocional que está apabullando la vida y la historia de algunos adolescentes. Podemos confrontar que es un dato que no se incluye en estadísticas, ni es reactivo de estudios antropológicos o demográficos, pero sí produce efectos que cargan (o vacían) de sentido sus vidas. Es curioso observar que, el simple hecho de intentar especificar la “adolescencia”, implica la conformación de una definición fundada en negaciones: “el adolescente ya no es un niño”, “el adolescente todavía no es un adulto”. En fin, me atrevo a pensar que pueden ser otra acepción del vocablo “ninis”, tan presente en el actual análisis educativo y laboral de millones de jóvenes en México.

 

Puntualizando, ¿a qué me refiero cuando hablo de “violencia implícita”? Pretendo referir la ambigüedad y debilidad de los vínculos cercanos actuales para los adolescentes. Me explico: la convivencia con padres que oscilan entre laxitud y exigencias desmedidas; o que involucran a los hijos en sus problemas maritales, manipulándolos como trofeos en disputa, o desentendiéndose de ellos según su conveniencia. No faltan padres que, lejos de intentar un acercamiento hacia sus hijos en esta etapa tan fundamental, disfrazan su crisis existencial con actitudes competitivas, como si tuvieran que sortear el reto de asegurarse jovialidad eterna. En este mismo orden, cabe considerar aquellos padres que –interpelados, cuestionados y amedrentados por la pujanza de la vida en sus hijos– toman una postura crítica, de superioridad, cayendo en la subestimación de los cambios intensos (y dolorosos) que alternan en la cotidianidad de sus hijos adolescentes. Y es allí donde emergen los apelativos funestos que restan vida a la vida floreciente. Y, otra vez, (parafraseando a Lacan) el significante acaba sumiendo al sujeto.

 

Estamos inmersos en el baño de un lenguaje que se renueva constantemente. Prueba de ello es el uso de vocablos con nuevas acepciones. De allí que –a juicio personal– también los adolescentes pueden nominarse “ninis”. Esto da cuenta de un recorte que modifica la representación de la realidad con la que convivimos a diario. Es, también, el anclaje de significantes que marcan, señalan, dejan huella en el cuerpo del adolescente. Un cuerpo que va más allá de lo perceptible, porque es transindividual, es decir: es sujeto y cuerpo social. Nos afecta a todos.

 

Para concluir, considero que caer en generalizaciones implica disponerse a borrar la subjetividad, en un intento de uniformar pareceres y vivencias. Sigue siendo una tentación vigente. Padres, madres, hijos e hijas somos interpelados por una posmodernidad que nos empuja al individualismo, a la precariedad de los vínculos, a los discursos vacíos. No obstante, mientras insistamos en dar cabida al encuentro, a la posibilidad del diálogo franco y al descubrimiento del otro como semejante (independientemente de su edad o etapa de vida), todavía tenemos chance de abrir camino al sentido y a la resignificación de nuestras relaciones. Podríamos dar cuerpo a una vida sin ningún tipo de violencia.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba