8MInvitados

8M desde mis ojos

Atravesar el dolor de ser mujer y haber sido casi entrenada para algo que ya no me completa, para creer en el matrimonio eterno y vivir dependiendo de cualquier otro que se aparezca.
¿Cuánto dolor se necesita atravesar para reconstruirme como mujer?
¿Como madre?
¿Como persona que siente y piensa y quiere vivir y no solamente respirar?
Vivir por mí y no por otros o para otros a quien maternar…

Con el corazón transmitiendo en cada hilo que se teje, en cada palabra que me digo, que digo a los otros. Conocer y re conocer mi privilegio, mis carencias. Parecen muy matriarcas 5 hermanas y su madre, pero al final se siente el patriarcado que aunque roto está, se cubre con unas señoras muy Grandes (es mi apellido materno). Mi abuela enviudó a sus 40 y de ahí se quedaron como títere sin cabeza porque evidentemente, el papá era el mero mero patriarca.

Reconozco ser de las pocas de mi familia que ha cruzado los estudios de licenciatura para seguirle en un posgrado. Resistiendo al “¿qué vas a hacer cuando acabes?”, “No entiendo lo que estudias” y peor aún…que les importe muy poco.

La expectativa…la realidad. Y la responsabilidad con la persona que quiero ser, lo que a mi hijo quiero reflejar, al menos tratar de navegar ese camino…Mostrarme como ciudadana que busca tener y mantener su voz, en en este espacio, en este tiempo donde todavía nos desdibujan.

Porque a más de 70 años de volvernos ciudadanas todavía muchas siguen esperando a que el hombre resuelva, a que sus padres las dejen ser, a que el esposo acepte que ella quiere y puede hacer otra cosa diferente de cuidar niños y tener la casa en orden, o quiere ambos mundos.

Queremos y podemos abrazar todas las decisiones que muchas no han tenido en los últimos 50 años. En los tejidos que vamos armando para cuidar a los seres queridos, para cuidarnos y sostenernos en este mundo de hombres, hay mucho más de lo que hemos vislumbrado, de lo que pudo haber imaginado mi abuela casada a los 19. De lo que pudo imaginar mi madre que si quería casarse y ser madre no podía abrazar la vida profesional.

Me toca estar en otro siglo lejos del linaje de mujeres que me ha traído y ver historias donde las niñas esperan poder ir a la escuela como sus hermanos. Ver que aún hay madres que ya tienen unos 3-5 hijos y están esperando escapar del ser madres y de ser la esposa que debe cumplir con su deber.

Aún hay niñas, jóvenes, mujeres todas en matrimonios forzados, en situaciones de acoso, que tienen miedo de salir de casa solas, que son violentadas hasta la muerte. Aún tenemos miedo porque como mujeres no estamos a salvo y conocemos bien esa posibilidad de terminar en tiempos y espacios donde no tendríamos por qué estar. Si tan sólo hubiera más ojos sobre nosotras que no se limitaran a juzgarnos como una bola de revoltosas sin quehacer por las pintas en la pared. Si hubiera más ojos y más corazones para escuchar desde las entrañas y que lo que sentimos y lo que pensamos no es algo que importa poco. Que calladitas NO nos vemos más bonitas y que más allá de los cuerpos somos corazones, somos polvo que brilla.

Hoy a mi hijo de 8 le intentaba sembrar la semilla del por qué del 8M, del por qué esto no acabará hasta que todas podamos estar donde queramos. “Te voy a decir algo que te va a parecer muy ridículo”, le dije. “Los hombres pensaban que las mujeres no debíamos ir a la Universidad, ni votar, ni trabajar”. Él confirmó esa ridícula idea, y mi corazón de mujer y madre se puso a brillar.

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