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Construir paz sin perder paz: ideal o posibilidad

Las palabras “cultura de paz”, “educación para la paz”, “paz”, son términos que durante los últimos años han resonado en los espacios universitarios, particularmente en esta era pospandémica; dichos términos han sido apropiados poco a poco por las comunidades escolares y académicas como algo urgente y anhelante, como algo necesario que llegó para brindar un respiro, una pausa, que otorga la oportunidad de descansar aunque sea a ratos de los apremios, relaciones densas, inequidades, desigualdades y  discriminaciones, y para llamarle tal y como es, de las violencias, que a pesar de tanto protocolo, norma o programa, siguen constituyendo un hilo de vulnerabilidad muy reacio de quebrantar.

El 2023 fue un año arduo para las Instituciones de Educación Superior (IES) del país, en relación al terreno de la paz y su construcción al interior de las aulas; un año antes, en el 2022, con la firma de la Declaración de Tlaxcala “Hacia una cultura de paz, derechos humanos, inclusión y no violencia contra las mujeres en las universidades e instituciones de educación superior”, las universidades hacían pública ante la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) las intenciones de hacer valer las iniciativas para el reconocimiento y no repetición de las violencias en los recintos universitarios, particularmente la ejercida contra las mujeres, aspectos que desde poco antes, mandataban la Ley General de Educación y la Ley General de Educación Superior, al ordenar el privilegio de la paz, el reconocimiento y respeto a los derechos de todas las personas, ponderando la inclusión, la justicia y la igualdad. Si bien, en su mayoría las IES ya contaban con protocolos para la atención de casos de acoso y hostigamiento, el gran reto ahora era generar acciones afirmativas que hicieran realidad los caminos para la convivencia armónica y la solución pacífica de los conflictos, el asunto era cómo o por dónde empezar.

Para fortuna de muchas IES (si no es que de todas), en el 2023 surgió una mancuerna estratégica entre ANUIES y la Dirección General de Educación Superior Universitaria e Intercultural (DGESUI), quienes en su conjunto generaron un espacio para que las y los denominados ‘enlaces de paz’, asistiéramos a una serie de seminarios con la encomienda de saber qué y cómo hacer respecto a la construcción de paz en los entornos universitarios. Para las IES era urgente y necesario contar con un plan de trabajo para la cultura de paz, sin embargo, la tarea no era cosa fácil.

Lo primero que aprendimos es que para crear paz no hay ‘recetas’, no hay métodos infalibles, o moldes que nos aseguren que aplicando tal o cual estrategia, las IES pueden menoscabar la incidencia de vulneraciones en sus propios escenarios, sin embargo, dichos espacios dialógicos sirvieron de base para realizar una puesta en común y coincidir, en que si bien no hay fórmulas precisas, si hay principios, bases, componentes o directrices que pueden dar como resultado la coeducación interinstitucional en cultura de paz, a partir del reconocimiento de las buenas prácticas.

Para algunas y algunos enlaces de paz, dichos seminarios resultaron esclarecedores, sin embargo hubo quienes quizá terminamos con más dudas que con las que llegamos, aún así, el gran trabajo e intervención de Hortensia Sierra y Gloria Abarca, impulsoras de dicho marco de aprendizaje, significó la oportunidad para que terminara de germinar un gran tejido de interrelaciones que hoy día nutren las filas de la Red Nacional de Educación Superior por la Inclusión y la Red Nacional para la Paz de la ANUIES.

Hoy día las IES en su mayoría cuentan con un programa, plan de trabajo o bien un protocolo, para la creación de acciones de paz, algo que sin duda puede sonar muy esperanzador, sin embargo, vale la pena preguntarse, ¿A todas las IES les requirió la misma inversión de tiempo, esfuerzo y recurso humano para contar con dichos instrumentos? la respuesta es No. Y con base en esta respuesta tajante es que ahora damos un giro a la reflexión y nos centramos en la siguiente pregunta ¿Qué implicaciones se han suscitado en las y los encargados de correr el lápiz? 

Ser la persona responsable de armar un proyecto orientado no solo a la identificación de violencias, sino a la creación de alternativas justas que aseguren el bienestar y la igualdad sustantiva de todas las personas en las IES, es una tarea gigante, no precisamente por las implicaciones normativas que ello representa, sino porque se tiene la encomienda de ofrecerle a la institución una propuesta nítida, alcanzable y congruente, es decir ¿Cómo hacer para que la comunidad universitaria entienda que para hablar de paz, primero es preciso hablar de conflicto, y reconocer-nos en las violencias? ¿Cómo pasar de la cognición de paz negativa a la idea de paz positiva? ¿Cómo colocar en términos “institucionales” la importancia de la paz personal? ¿Cómo evidenciar que contar con un documento institucional validado por el pleno, no es sólo cumplir un requisito ante las instancias gubernamentales?. En palabras de Gloria Abarca “la cultura de paz, es algo que se teje despacito”, por ende, quienes son y somos las personas encargadas de abanderar la construcción de una cultura de paz al interior de nuestras universidades, experimentamos una gran presión, por ende es preciso partir por reconocer y ubicar nuestra propia paz personal.

Las vivencias experimentadas en la creación de planes de trabajo para la cultura de paz, significó en algunas y algunos enlaces una escalada cumbrosa o de adherencia, teniendo que “tocar muchas puertas” antes de llegar a la puerta de la rectoría, cosa que hacía más desgastante y preocupante la responsabilidad apremiante de tener un “plan de paz”. Algo que sin duda abonó a este tipo de vivencias, fue la ausencia de una estructura de elementos epistémicos y ontológicos requeridos por parte de la DGSUI,que nos solicitaba a las IES un “qué”, pero no nos decía el “cómo”, por tanto las y los enlaces procedimos de acuerdo a lo que creímos entender.

Algunas personas enlaces tuvimos la fortuna de no hacer un recorrido tan tortuoso, ya que contamos con el apoyo y diálogo cercano y directo por parte de nuestra rectora o rector, eso, en experiencia propia resulta fundamental, contar con la voluntad política de la rectoría, te brinda un espacio seguro para proponer, plantear, corregir o sugerir el camino institucional hacia la cultura de paz, sin ese respaldo, el sólo introducir la “idea de paz” en la comunidad será más lento y complejo.

Las y los representantes institucionales deberán ser conscientes y asegurar que la encomienda de su enlace de paz sea acompañada de recursos de apoyo: humanos, materiales y políticos, que faciliten la observación del estado de las cosas y por ende, la generación de acciones afirmativas que favorezcan la representación de grupos que históricamente han sido ignorados al interior de los espacios educativos. Sin este acogimiento, lo único se logrará es la infalible simulación, y por ende el desgaste personal de quienes intentan hacer paz.

La creación de una cultura de paz, implica un compromiso con la no violencia, la comunicación no violenta, la promoción de la justicia y la igualdad, la reeducación y el desarrollo socioemocional como medida de provención, por tanto los proyectos de paz deben consistir en un marco irrenunciable que trascienda a las gestiones rectorales y que brinde a las comunidades universitarias la oportunidad de una coeducación intergeneracional que haga de la paz una experiencia sostenida.

La autora es de la Universidad Autónoma de Baja California

yessicams@uabc.edu.mx

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