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El bluff mató al pato wannabe

Qué wannabes somos la gran mayoría de mexicanos, me cae. Siempre nos gana “la gana” … no tenemos “llenadera”, pues. Quince meses llevaba Emilio Lozoya sin pisar la cárcel; apadrinado por la cómoda libertad que le otorgó su pacto de “testigo colaborador”. ¿No podía esperarse con “bajo” perfil otros 15-30 meses en lo que destapan a otro politiquillo wannabe raterito?

Ya les presenté mi adjetivo calificativo favorito: wannabe. Es un término coloquial anglosajón usado para referirse a una persona que aparenta ser lo que no es, o tener lo que no tiene. Contracción del want to be – querer ser.

Es como cuando al Godínez wannabe promedio le pagan su aguinaldo. Por supuesto que se organiza con los cuates de la oficina y se van al restaurante de súper moda en la zona (al que van los jefes, por supuesto). El tema es ir con varios y en lugar público; porque si no se luce, no cuenta. Le va a durar poco, muy poco el gusto; pobre godinito, pero en enero ya no va a tener lana y será uno más en las filas del Monte de Piedad para sacar para la “cuesta de enero”.

El Godínez wannabe hipotético, en cuestión, no está obligado a erogar esos gastos innecesarios. Pero está en su ADN cultural… tenemos que aparentar el ser “pudiente”, que tenemos recursos y medios. Ante la abundancia y la buena fortuna, no podemos contenernos; nos gana “la gana”, insisto. Ya después veremos cómo le hacemos para sacar el problema subsecuente, pero “lo bailado nadie nos lo quita”.

Si de algo podemos estar cien por ciento seguros, es que Emilio no pasó esos quince meses enclaustrado en un departamento de dos por dos en una unidad habitacional de alta densidad poblacional y comiendo Maruchan (ah, no que ya no se puede – my bad). Estaba pues, en la mejor de las situaciones (pregúntenle a Charito Robles).

Entonces. ¿Por qué no invitar a sus magnates amigazos a su humilde morada y pedir por Uber Eats el patito encarcelado laqueado? Les aseguro que hasta al mesero para deshuesar, laquear y servir el pato le mandaban al hombre (¡ah, es que no les conté!, cuando pides el pato en el Hunan te lo presentan en una mesita de servicio donde tienes al mesero “a tus órdenes”). Pues noooooo. Como buen wannabe, el bluff manda y nos come el ansia por demostrarle al mundo que somos “lo más”.

Así que, ya sea que lo hayan acribillado o defendido (en reuniones, redes sociales, etc.), les puedo asegurar que mueren de ganas y curiosidad de ir al Hunan y probar el ahora famosísimo Pato Encarcelado Laqueado. Yo ya tuve la oportunidad de ir al Hunan en diciembre del año pasado – no al de Lomas, al de Artz, pero pues es la misma gata fifí pero revolcada. El pato está delicioso, pero yo no diría que vale la pena mi libertad; no es para tanto. Como la gran mayoría de los restaurantes de súper moda –a los que vas para ver y ser visto (pero más para poder presumir que ya fuiste) que por la calidad de los alimentos. ¡Ay! y vaya que sí te vieron… ¿verdaad Emileeeto? Todo eso le paso a Emilio. La salidita wannabe al Hunan fue lo que lo finalmente terminó por ponerlo tras las rejas. No fue el inmenso legajo de acusaciones en su contra; no. Porque en el México de la “Cuatroté” se perdona todo, TODO; menos el bluff del wannabe.

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