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Al despertar

Primaria y secundaria es una etapa maravillosa. Los niños entran a la vida aceleradamente, a veces de manera brutal; a veces con gozo. Su enjundia es enorme al toparse con lo nuevo.

Con 25 años dando clases en secundaria, ya puedo mostrar a la niñez las letras (leer y escribir), las operaciones básicas (aritmética, lógica y relaciones formales) y el mundo en su complejidad (sociedad, historia, geografía, cuidado del ambiente y, ahora, también ecología). Un maestro tiene tanto que hacer que la vida no le da para aburrirse. Algunos me critican por dedicarme a las tareas de mis muchachos o preparando clases; que no frecuento amistades. Es cierto, pero mi trabajo me fascina, siempre novedoso y demandante.

Tayde, maestra de la secundaria, andaba preocupada el año pasado, pues tres de uno de sus grupos no daban una en español. Me pidió ayuda, no para repetirles la clase, sino para motivarlos con literatura, mi área. Acepté y los recibí en mi casa (donde vivimos mi esposa, mi hijo y yo). Allí los atiendo martes y viernes. Les propuse novelas para que ejerciten la lectura y las resuman con sus propias palabras. Les gustan las historias y leyendas, aunque se distraen fácilmente.

Poncho me llamó más la atención. Es sano e inteligente, y tiene una fantasía muy activa, siempre soñando. Lo cité para hablar aparte; tres veces me dejó plantado; a la cuarta ya pudimos vernos. Le pregunté qué traía y, después de darle vueltas, me lo confesó: “está enamorado”. Le pregunté de quién, y me dijo que de Elia. Después me dijo que de Rosita. Luego habló, embelesado, de Pastora. Con delicadeza, para que no piense que me burlo de él, le pregunté desde cuándo está enamorado de Leti (otra más por la que suspira). No contestó. Dijo que desde 4o se sentaba junto a Petra, para verla siempre; pero ella les hacía más caso a otros que a él. Después confesó que Rosenda, bellísima, llegó a la vecindad donde él vive, pero no le habló, pues su esposo está siempre a su lado. A los pocos días llegó Adriana, su hermana mayor y cien veces más bonita; Poncho se animó, y le pidió que fuera su novia; ella se negó sugiriéndole que buscara a alguien de su misma edad, pues ella tenía 23 años y un hijo recién nacido.

A los pocos días, Poncho se olvidó de las hermanas, porque tenía que ensayar el vals de fin de sexto año. Socorro, egresada cuatro años atrás, les dio las clases y lo tomó a él como su pareja para los ensayos. A él le daba vueltas la cabeza al sentir que, con la derecha, rodeaba el talle de Coco y percibía su aroma de muchacha limpia. Por causa del covid no se hizo el vals. Cada quien recibió su diploma y se fue.

En la “secu” se sintió feliz: había más muchachas que en la primaria y eran más bonitas. Pero no las podía ver, por la pandemia. Siempre había sido un “faltista”, pero ahora ansía que se reinicien las clases presenciales para disfrutar ese ambiente y poder verlas. Cuando encuentra un pretexto, las busca en sus casas, siquiera para estar con ellas un ratito. Se transporta al olerlas, cuando se mueven mientras hablan, al reír. Por eso, a sus 14 años de edad, se ha vuelto muy platicador. Desde luego, también tiene amigos varones; los visita en sus casas. Ellos siempre están contando sus aventuras, y él quisiera tener algunas de qué hablar; se anima cuando le dicen de lo que hablan con sus novias; goza con ellos al hacer planes para la “prepa” y, después, para la “uni”. Eso le ayuda a soñar más en grande, y piensa que, si continúa estudiando, tendrá una casa enorme y conocerá muchas mujeres bonitas. Sueña casarse con alguna de ellas, y ser felices para siempre.

Aún está en aquella vecindad en que todos van al único baño, en el patio, y acarrean agua para limpiarlo; sólo cuenta con dos camisas y dos pantalones para salir a la calle; rara vez come algo más que frijoles, nopales y tortillas. ¿Alguna chica llegará a fijarse en él?, se pregunta. Por eso siempre anda “en la luna”, con sueños para cuando crezca.

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