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En otro universo. Fábula de una familia elegida en otro universo

En otro universo seguro estamos cenando juntxs.

Estoy escribiendo en la noche y, no sé por qué, pero asumo que todos los universos que comparten noción de tiempo, tienen la misma hora. Supongo que habrá alguno en el que el horario de verano no exista. Pero pongamos que en este sí. Y estamos cenando en ese otro universo y hablamos de cuánto nos caga el horario de verano.

En ese otro universo la sociedad humana también es una gran tortura de conversión. Y en ese otro universo nuestros parientes también nos abandonan, también nos drogan para meternos a granjas de rehabilitación, también nos sacan lo pvto a golpes, también nos quitan sus apellidos y nos quitan el patrimonio que construimos con nuestrxs compañerxs de vida, que también son ilegítimxs ahí, y también nos dejan morir de pandemias de las que ya nadie se acuerda tampoco en ese otro universo.

Y en ese otro universo también nos encontramos y nos elegimos. Porque allá -no sé si otro universo sea una medida de espacio- allá también nos duele el destierro, igual sabemos lo que es que nos exijan mutilarnos para dejarnos en paz. También sabemos lo que puede doler la supervivencia sin prosperar.

En ese otro universo también existe dios dinero y exige su sacrificio periódico. También existen todos estos fantasmas que prometen brillantes futuros si traicionas a lxs tuyxs. Curas y maestras y médicos y policías y patrones y mamás. También te domestican dándote un premiecito cuando cumples una regla.

Pero allá ningunx de nosotrxs jugó a su juego. Porque allá sabemos que por cada regla suya que cumplimos, muere un pedacito de sueño.

Y no me malentiendan, todxs hemos tenido que matar un pedacito de sueño para sobrevivir otro día. Porque, a veces, eso es lo que está en juego.

Pero allá el miedo lo abrazamos juntxs y fue la vanidad a la que desterramos.

En ese otro universo sabemos que estamos hasta el final o nos jodemos solxs.

En ese otro universo estamos cenando y hablando de cuánto nos caga el horario de verano, y celebrando lo que somos e imaginamos lo miserables que somos en otros universos en los que no nos elegimos.

En ese otro universo nos despedimos del día sabiendo que hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos para cuidarnos y sostenernos, y me voy a la cama y escribo para lxs nosotrxs de otros universos. Escribo para alertarnos que el afecto sin lealtad es una bomba de tiempo; que no importa si le decimos familia, tribu o manada, que lo que jode es replicar la idea de la familia con mayúscula. Que se puede hacer familia sin que sea una lucha por el poder, que podemos y tenemos que tener todas las conversaciones incómodas que se tengan que tener para no arriesgar lo que compartimos. Que el silencio también mata pedacitos de sueño. Que necesitamos más que el dolor para mantenernos juntxs, porque cuando alguien encuentra alivio individual para su dolor, se queda con el premiecito y le da la espalda al dolor de lxs otrxs. Que somos familia no por la que nos dio la espalda o por la que no nos puede entender o porque no nos queda de otra, sino porque podemos tener juntxs eso que nos quitarían si estuviéramos en cualquier otro lado. Y hacerlo crecer y lograr que encuentre formas increíbles, inesperadas, sin precedentes de volar. En ese otro universo sé que otro universo no es una medida de espacio, sino una medida de posibilidad. Y que defender el sueño, aunque duela por ratos, es defender la posibilidad de florecer. Florecer rebeldes.

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