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LODO BAJO LAS UÑAS

Corría con la ingenuidad por delante;
todo parecía un juego: hierba, risa,
pero tropecé con el morbo, ojos al acecho
de quienes debieron cuidarme y no lo hicieron.

Mis manos sucias, con lodo bajo las uñas,
querían enraizarme al piso,
convertirme en piedra, en agua,
cubrirme de fango para liberarme.

La sombra que hería tenía un atisbo familiar;
la voz de casa lo confirmó y me llenó de rabia,
y en mis piernas se levantaron diminutas murallas,
firmes en la idea de no perder la batalla.

Y en mis ojos, por primera vez,
el mundo tuvo nombre de filo.
Mis dientes, manos y uñas
se volvieron guerreras a muerte.

Mi garganta, herida de tanto gritar,
aprendió el silencio extendido.
Primero se esparció el miedo,
luego habló, contenida, la rabia;
al final grité -todo o… nada.

El sabor fue idioma ajeno,
mezcla de sudor rancio, sangre y frío;
se quedó a vivir en mi lengua,
entre los dientes, detrás del alma.

No se va con agua, ni tiempo, ni azúcar,
ni con el bolillo duro para el susto,
ni con los años que prometen tregua.

Mi cuerpo supo la marca
antes que la razón;
mi inocencia no entendió el motivo,
mi confianza se rompió a oscuras.

El dolor de mi madre y el mío
fue un solo animal herido
caminando de puntillas

Siempre detrás de mí.

Después del ataque aprendí a avanzar
con los sentidos afilados, alerta,
con la espada invisible siempre lista.

A veces grito lo silenciado,
en ráfagas, en relámpagos,
en fragmentos de verdad
que ya no piden permiso.

Veinte años.
La respiración del dolor sigue tibia.
Algunos días soy lodo y náusea,
otros, recuerdo poblado de asco,
una sombra que se resiste a irse.

Pero mi garganta, conmigo marcha:
arde.
Diario.
Prendida a los gritos que no salieron a tiempo:
los del miedo,
los de la rabia,
los que aún no sé nombrar.

Llora la niña en mi cuerpo adulto,
y llora la adulta por esa niña robada,
la que quedó atorada en violencias
que -hoy lo sé- siguen siendo cotidianas.

Pero esa niña se rebela,
rompe el agarre,
se hace presente,
aun cuando no la dejaron ir.

Ojalá todo se hubiera quedado allá,
cuando la ignorancia era excusa:
“no sabían”, dicen.
Pero no.

No fui la única,
ni la primera,
ni seré -por desgracia-
la última enlistada.

La cura la encontré en otras gargantas rotas:
el grito compartido,
el miedo acompañado,
la furia que no muerde sola,
la oración por quienes aún no se saben voz.

Si algún día mis manos se limpian,
si un día el sabor amargo se va,
si la voz burlona se olvida,
si un día mi cuerpo descansa de sombras…

Que mi garganta, no.
Por favor.
Que esa no sane.
Que esa no olvide.

Porque es fuego, recuerdo, bandera.
Será la que grite por mí
cuando yo me quiebre,
y será la que grite por todas
cuando el mundo vuelva a mirar para otro lado.

Esta voz no es herida:
es sirena,
es llamada,
es bálsamo para guerreras.

Que arda sin permiso,
que me arda ruidosa, viva, inmensa,
para gritar por mi nombre,
para gritar el de todas.

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