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No buscamos respuestas fáciles

Es más fácil culpar a los videojuegos, o los comics, o la tele, o el cine, o el boliche, o Dios, o el Diablo, o las ánimas de Sayula, que darnos cuenta de que el problema es más profundo.

La cultura del gobierno de un pueblo se refleja en los argumentos de sus cacerías de brujas. Los gobiernos que saben, entienden que un acto, por aberrante que sea, por la indignación o el terror que nos cause, debe de ser analizado si se quiere llegar al fondo del hecho, desde lo particular. Los gobiernos que no saben saltan a la conclusión exprés, a la solución mágica, a la sobrenatural.

En una de estas dos categorías entra el gobernador de Coahuila, Miguel Ángel Riquelme. Su actitud es triste por la ignorancia que refleja, pero, aún más grave, es irresponsable porque también demuestra una falta de interés por llegar hasta el fondo de los hechos; de ver qué es lo que está pasando en una sociedad donde un niño llega, un día cualquiera a su colegio, saca un arma y dispara en contra de sus compañeros y sus maestros.

Riquelme declaró: “el niño, influenciado por un videojuego que se llama (…), incluso la playera del niño en la parte de abajo trae el nombre del videojuego, influencia al niño para cometer los hechos (…) Había hecho mención al videojuego, que yo creo trató de recrear el día de hoy”.

Ustedes disculparán, pero esa declaración es una mentada de madre para las víctimas, para la sociedad y para el niño en cuestión. Es pereza de querer ver qué hay más allá, o tal vez miedo a darse cuenta de que la realidad de nuestro país es que la vida, como ya se ha dicho en muchos lados, ha perdido su valor.

Riquelme, estoy seguro, no conoce el videojuego; no sabe de qué se trata; no sabe quiénes son sus personajes; pero ahí va, a gritar que el videojuego tiene la culpa para evadir su responsabilidad, no solo como gobernante (donde tiene la responsabilidad de investigar a fondo los hechos, deslindar responsabilidad según determine la evidencia y evitar que esto se vuelva a repetir), sino como miembro de una sociedad que ha abandonado a tal punto a sus individuos, que éste tipo de casos es cada vez más común.

Antes no dijo que fue el Chupacabras. Pero esto no es nuevo. A lo largo de la historia han habido casos donde la forma más fácil de evadir una responsabilidad es a través de la siembra del miedo. A los seres humanos, por naturaleza, nos da miedo aquello que no conocemos y es más fácil seguir temiendo a la oscuridad, a lo que está escondido en ella, que tener que prender la luz y sacar a la cucaracha de la recámara.

Que los videojuegos no son causantes de la violencia es algo que se ha dicho y demostrado hasta el cansancio y no me interesa repetir en este comentario. Para el caso, puedo decir que el responsable de lo que sucedió fue el Gobernador mismo, así como todos nosotros que le fallamos a José Ángel; que lo ignoramos; que le dimos un arma. Que le dijimos que ahora todo el mundo mata (y esa fue la sociedad, no los videojuegos). Que desdeñamos lo que sentía; porque, mi nada estimado gobernador, una parte clave de los videojuegos es hacerte sentir que vas ganando, y nadie que va ganando luego se suicida.

Es más fácil culpar a los videojuegos, o los comics, o la tele, o el cine, o el boliche, o Dios, o el Diablo, o las ánimas de Sayula, que darnos cuenta de que el problema es más profundo; que tiene que ver con la salud de nuestro cerebro (o salud mental), la salud de la sociedad y la responsabilidad que cada uno de nosotros tenemos; porque es bien cierto: “se necesita una tribu para criar a un niño”, y nosotros como tribu hemos fallado y le seguimos fallando a todos los niños que debemos de criar, en conjunto.

Es importante recordar que esta tragedia termina con un suicidio. Y no es por restar importancia a las víctimas, pero los homicidios fueron parte del plan suicida de un individuo: un niño con una patología, enfermo en el sentido físico de la palabra, seguramente deprimido, por lo que su química cerebral no funcionaba correctamente y necesitaba tratamiento.

Pero en nuestro país no vemos a la depresión como una enfermedad. “Ya, no tienes por qué estar triste”, “sonríe, vamos”, “ay, si realmente nunca te ha pasado nada malo”, son algunas de las cosas que solemos decir a las personas deprimidas, porque no entendemos que la depresión, como muchas de las patologías mentales, no es una cuestión de voluntad, como no lo es la gripa, la hepatitis o la diabetes.

Como señala Sue Klebold, la madre de Dylan Klebold, en estos casos “no hay respuestas sencillas”. Muchos, muchos factores influyen en las decisiones que tomamos, y estoy seguro de que muchos factores, (muchísimos), influyeron en que José Ángel tomara la decisión que tomó. Reducir todo a una sola cosa no solo es irresponsable, es el reflejo de la ignorancia y la flojera que nos está formando como sociedad, como país.

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