Invitados

Quim. J. Cruz Rivera

Me gustaba su estilo al escribir por directo y claro, dejando escurrir de su tinta algunos regaños o llamadas de atención.

Lo recuerdo como un hombre siempre vestido de color claro y eterno chaleco, de ojos expresivos que parecían medirte pero que no expresaban desconfianza. Creo que fue en un evento en La Cañada o en El Marqués donde lo conocí, en uno de los foros sobre reforma del estado realizados allá por 1996-1997. Ahí me dio por primera vez su Querogallo, la primera de una larga serie de entregas.

Me gustaba su estilo al escribir por directo y claro, dejando escurrir de su tinta algunos regaños o llamadas de atención. Alguna vez me citó en sus textos provocándome el gusto de ver mi nombre en una publicación que tenía años de seguir.

Se acordaba de Iturbide, para él un héroe olvidado. Nos contaba en Querogallo de sus andanzas en el Partido Demócrata Mexicano y de su transitar personal en la política local, así que al leerlo tenía la impresión de presenciar un poco de la historia local.

De hombres y mujeres como el Químico J. Cruz Rivera, comprometidos con una causa, se hace la historia política no solo del estado, sino de la nación.

Me gustaba recibirlo y platicar con él. Atento y seguro en el trato siempre me habló igual, desde que fui infantería del Poder Judicial hasta el IEEQ; su trato recordaba que los cargos no nos hacen ser quienes somos ni quienes seremos.

Acudía a las conferencias a que lo invitaba, participaba y se tomaba un café. Siempre de chaleco, siempre vestido de color claro y con su revista para repartirla.

Por ahí tengo un disco óptico con algunos números de Querogallo. Voy a buscarlo y releerlos.

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