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Rememorar el 23 de septiembre

Así, la lucha armada que desplegaron éstas y otras organizaciones clandestinas, sus actos y consecuencias se debían a la existencia en México de “pandillas delincuenciales o delirantes”.

Hace cincuenta y cinco años, un puñado de jóvenes rebeldes dirigidos por el profesor Arturo Gámiz García a través del Grupo Popular Guerrillero (GPG), intentaron tomar por asalto el cuartel militar ubicado en Madera, Chihuahua. La fecha exacta del evento: 23 de septiembre de 1965. El resultado de la refriega entre insurgentes y efectivos militares fue la muerte de 5 soldados, entre oficiales y tropa, y 8 atacantes.

Con ello dos fenómenos -entre muchos otros- se expresarían en diversas regiones rurales y urbanas de la república mexicana. En primer término, la irrupción de la primera guerrilla del México contemporáneo influyó en el surgimiento de diversas organizaciones políticas y militares de extrema izquierda integradas por estudiantes y profesores de extracción universitaria o de escuelas normales rurales.

En segundo término, surgiría un Estado que exacerbó sus rasgos autoritarios que constitucionalmente estaban expresados en esos momentos en los tristemente célebres artículos 145 y 145 Bis derogados en plena Segunda Guerra Mundial y cuya intención era controlar a la sociedad mexicana. Ese entramado legal, sería pretexto para que las autoridades gubernamentales persiguieran, reprimieran e incluso asesinaran a sus detractores.

El combate oficial en contra de sus detractores no sólo sería físico. Del cual la gesta encabezada por el GPG no sería sólo segar la vida de luchadores sociales, sino aunado a ello, la búsqueda del aniquilamiento simbólico de todos aquellos -individuos o grupos- contrarios a los gobiernos de la revolución institucionalizada.

En ese sentido, la representación dominante que los regímenes políticos de este país, desde Adolfo López Mateos hasta José López Portillo, frente a organizaciones armadas no sólo con fusiles, sino con ideología y propuesta de cambio revolucionario de la sociedad, fue efectuar un trabajo de memoria con el claro propósito de despolitizar causas y objetivos de aquellos cientos de jóvenes que integraron la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR), Brigada de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres (BA-PDLP) ubicadas en las montañas de Pacífico sur del México o la Unión del Pueblo (UP), Fuerzas Armadas Revolucionarias del Pueblo (FRAP) o la Liga Comunista 23 de septiembre (LC23S), guerrilla cuyo nombre adoptado reivindicó las acciones emprendidas por el organismo encabezado por Arturo Gámiz García y Pablo Gómez en Chihuahua en 1965; entre otros grupos clandestinos con epicentros en diversas ciudades del territorio nacional.

Así, la lucha armada que desplegaron éstas y otras organizaciones clandestinas, sus actos y consecuencias se debían a la existencia en México de “pandillas delincuenciales o delirantes”, “robavacas”, “gavilleros”, “desviados sexuales” o peor aún, que diversos funcionarios gubernamentales declararan cotidianamente que en nuestro país no había guerrillas.

Esa estrategia oficial buscó en todo momento mal informar a la opinión pública o peor aún que la población desconociera y desconozca no sólo del qué hacer guerrillero sino además del sacrificio, vejaciones perpetradas por parte del Estado en contra de segmentos de la sociedad y la cuota de sangre que pagó toda una generación de jóvenes que emuló el ejemplo del asalto al militar en Madera, Chihuahua, años después. Una generación de luchadores sociales, de activistas políticos que sigue estando excluida de los libros de historia nacional del siglo XX en tanto la narrativa dominante, hija del trabajo de memoria oficial, ha vetado de sus páginas a estos perdedores historiográficos que no merecen ser recordados.

Especialistas como Eugenia Allier Montaño afirma de la presencia de “motores de memoria”, es decir, catalizadores que contribuyen a que los individuos que contribuyen a que los individuos u colectivos organizados rememoren a través de sus propios testimonios en publicaciones, proyección de cine, festivales culturales o científicos sociales redacten y publiquen los resultados de sus investigaciones sobre este tema en particular aun insuficientemente estudiado.

Dichos “motores” adquieren fuerza en las coyunturas políticas claramente favorables a las democracias en las naciones y que buscan entre otras cosas hacer “ajustes de cuentas” con esos pasados que no pasan y que todavía laceran, lastiman a la ciudadanía víctima de los atropellos gubernamentales y su guerra contrainsurgente que busca y exige justicia ante los abusos infringidos en contra de ella.

Un punto que puede abonar en este rubro -ojalá y sea así- es la propia postura asumida por el Jefe del Ejecutivo federal actual. El año pasado, en sendos eventos oficiales, ocurrieron hechos inéditos en la vida pública nacional. Por un lado, a través de la Responsable de la Secretaría de Gobernación, el gobierno mexicano pidió disculpas por los excesos perpetrados en contra de exmilitantes de organizaciones clandestinas.

Por otro, un Presidente de la República por vez primera en un discurso ante un auditorio aludió a Genaro Vázquez ya no como un “secuestrador”, “asaltante” o “gavillero”, sino como lo que era y es: un luchador social. Con ello, desde el Estado se asume que la lucha de profesores o estudiantes, sus reivindicaciones eran legítimas.

Esperemos que esta coyuntura política por la que cursamos, sirva para robustecer los trabajos de memoria que rescaten y pongan en su justa dimensión la historia que escribió toda una generación influida por la figura del Che Guevara o Arturo Gámiz que combatió con las armas por construir un sociedad más justa, libre y democrática.

Hace poco más de cinco décadas con las acciones iniciadas por parte del Grupo Popular Guerrillero, México vivió una época que se prolongó durante más de diez años donde amplios sectores de la sociedad, sobre todo jóvenes, impugnaron al Estado mexicano.

Unos, como en el 68 a través del “Pliego Petitorio de los 6 Puntos”, exigiendo democracia y el ejercicio pleno de las libertades cívicas en este país. Otros, inspirados en la revolución cubana, las distintas guerras de liberación en Latinoamérica u otras latitudes, el propio evento efectuado en el norteño estado de Chihuahua el 23 de septiembre de 1965, cuestionaron de manera violenta, radical, armada al statu quo dominante con el firme propósito de transformar a nuestra nación.

Vale la pena hacer este y muchos esfuerzos por rememorar las acciones y reivindicaciones políticas e ideológicas que cientos de activistas y luchadores sociales llevaron a cabo. Obliga a efectuar diversos trabajos de memoria que recuperen ese pasado y pongan en su justa dimensión a aquellos que decidieron transitar a la clandestinidad y con su “guerra de guerrillas” cambiar a un país, que en esos años como hoy la desigualdad, injusticia social lacera y lastima a la mayoría de la población. Arturo Gámiz, Pablo Gómez, Genaro Vázquez, Lucio Cabañas, Raúl Ramos Zavala o Ignacio Salas Obregón merecen ser recordados como lo que fueron, jóvenes dispuestos al sacrificio por construir un México mejor.

Entre los saldos de esa experiencia guerrillera radical de extrema izquierda que fue inaugurada hace poco más de cinco décadas, que no fue objetivo por el que lucharon los militantes de las organizaciones armadas, está la liberalización política que se logró a finales de los años setenta del siglo XX.

El monopolio del poder, privilegio de un partido a lo largo de la centuria pasada, lenta pero inexorablemente sería liquidado. Quienes pusieron la primera piedra para que ello fuera posible, nació en Madera, Chihuahua hace cincuenta y cinco años. Rememoremos al 23 de septiembre de 1965.

 

*Autor del libro Estudiantes en armas. Una historia política y cultural del movimiento estudiantil de los enfermos (1972-1978).

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