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Serguéi Rajmáninov

Se cuenta que en una reunión convocada en casa del escritor León Tolstói, este, tras oír una pieza de Rajmáninov le preguntó: “¿Y esa música para qué sirve?”, un cuestionamiento crítico debido a la idea que el escritor ruso tenía sobre el arte.

Durante el transcurso de los siglos XIX y XX, las manifestaciones artísticas entre las ciudades de Moscú y San Petersburgo no fueron pocas. En el siglo XIX, Rusia se consagró en el campo literario en el cuento y novela, cuyo ejercicio recayó en escritores de la talla de Nikolái Gógol, Antón Chéjov, León Tolstói y Fiódor M. Dostoievski, por mencionar algunos, quienes definieron un estilo de escritura propio. En el mismo lapso, la política y la economía atravesaban una serie de modificaciones que llevaron a la sociedad rusa a una debacle proveniente de la guerra ruso-japonesa y la Primera Guerra Mundial, así como una serie de revueltas internas debido al descontento con el régimen de Nicolás II, misma que, en 1905, ocasionaría la primera manifestación importante que desembocaría, luego de 12 años, en la Revolución rusa en febrero y octubre de 1917, en la que los bolcheviques tomaron el poder encabezados por el líder Vladimir Ilich Uliánov, mejor conocido como Lenin, destituyendo al régimen zarista por completo.

En el campo musical, algunas referencias habían sido contempladas en el medio europeo, bastión cultural de las grandes manifestaciones artísticas que, en París, llevaron a la cima su expresión en el periodo llamado Belle Époque (Época bella), en el que un cambio en el paradigma europeo se manifestó mediante la tecnología, ciencia, política y el arte, destacando en este último el Impresionismo como estilo pictórico, así como el esplendor musical con las óperas de Richard Wagner y Giuseppe Verdi, mientras en Rusia Piotr Ilich Tchaicovsky con “El lago de los cisnes” y “El Cascanueces”, junto a Modest Musórgski y su “La habitación de niños”, se posicionaron en el ámbito con maestría, provenientes de un país subdesarrollado con destacados procesos políticos internos.

A razón de esto, en 1873, nace en Semiónov, Serguéi Rajmáninov, compositor y pianista cuyas obras, aunque poco reconocidas, han consagrado a la cultura rusa en un patrimonio artístico. Prodigio y de un carácter distraído, a su corta edad, atrajo la atención de algunos músicos (incluido Tchaicovsky). Fue inscrito en el conservatorio de San Petersburgo, pero fue expulsado debido a su carácter problemático, para ser inscrito, posteriormente, en el conservatorio de Moscú, a cargo de Nikolái Zverev.

El fracaso de su primer concierto, en 1897, bajo la dirección del también compositor Aleksander Glazunov, quien presumiblemente se encontraba alcoholizado durante el evento y con una ejecución deficiente, lo sumergió en un severo caso de depresión ante las severas críticas recibidas, por lo que se dedicó a la dirección más que a la composición, logrando una fama que se extendió por Europa. Cuatro años después, en 1901, volvería a componer gracias al neurólogo Nikolái Dahl y su técnica de hipnosis, “Concierto para piano y orquesta no. 2”, con una gran recepción del público y la crítica, lo que le valió un éxito rotundo, casándose un año después y dedicándose a la composición, dirección y piano.

A propósito de este drama depresivo, se cuenta que en una reunión convocada en casa del escritor León Tolstói, este, tras oír una pieza de Rajmáninov le preguntó: “¿Y esa música para qué sirve?”, un cuestionamiento crítico debido a la idea que el escritor ruso tenía sobre el arte, quien promovió el realismo, corriente estilística que justificó en su libro ‘¿Qué es el arte?’ y cuyo tema central es la utilización del arte con fines sociales y para un bien común, alejando de este aquellas expresiones artísticas de tipo burgués o aristocrático, incluyendo a la llamada música clásica. Rajmáninov, al escuchar tan severa crítica de un hombre al que admiraba, tocó fondo y su depresión acrecentó.

Luego de largos éxitos a partir de su concierto número dos, realizó varias giras artísticas durante los años posteriores, donde obras como “Segunda Sinfonía” (1907) y “La isla de los muertos” (1909), confirmaron su genio hasta que, en 1917, año del estallido de la Revolución rusa (octubre), salió de su país, junto a su familia, para asentarse primero en Estocolmo y, posteriormente, en París, Francia, donde recibió ofertas hacia Estados Unidos, lugar donde radicó, de manera definitiva, al final de sus días y compondría, en 1940, “Danzas Sinfónicas”. Tres años después, murió víctima de un cáncer tardíamente diagnosticado.

Se cuenta que, el día de su muerte, el 28 de marzo de 1943, en Bervely Hills, California, el compositor comentó que escuchaba música en los alrededores. Después de reiterarle que no había ninguna melodía que sonara cerca de su lecho, respondió: “Entonces, suena en mi cabeza”.

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