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Vida digna en una sociedad de normalidad

Es impresionante cómo algunos olores, colores o sonidos nos remiten hacia ciertas épocas de nuestras vidas, hacia ciertos lugares con personas en específico; donde quisiéramos que esa sopa de la abuela, esos colores del equipo de vóleibol, esa canción que practicamos día y noche cuando estábamos en la banda escolar, permanecieran con nosotros un poco más para mantener esa linda sensación que nos provoca el recuerdo; sin embargo, no todos los recuerdos que tenemos son agradables para nosotros, inclusive llegamos a pensar “espero olvidar esto, hacer como que nunca sucedió”. ¿Realmente es posible equiparar los recuerdos de pertenencia a un grupo con una vida plena, una vida digna? Estas características de olor, color y sonido que posee una comunidad se mencionan en “Adiós a la comunidad de los locos”, de Alberto Carvajal, a grandes rasgos. El autor nos ilustra la forma de vida de la comunidad que habita en un psiquiátrico; sin embargo, en algún punto del texto habla de su experiencia con una interna en particular, quien salió del psiquiátrico para visitar el lugar donde creció. “La realidad” fue plena durante esa semana de libertad, donde no necesitaba de pastillas ni de alguien indicando qué hacer o a dónde ir. Esta persona se vio feliz y con esa emoción regresó al psiquiátrico, pero a las dos semanas de esa experiencia volvió a ser una interna más, con pants gris y un número de identificación. “Levantar una vez y otra los muros de una forma de racionalidad, esta que resuena en los muros que la resguardan, la de la supuesta normalidad” (Carvajal, 2011). Es su propia realidad dentro de esta comunidad la que minimiza a la persona al punto de sólo considerarla como un expediente más, alguien que debe estar ahí. Cuando a una persona se le deshumaniza, ¿dónde queda la vida digna? No sólo pasa esto en lugares remotos como un psiquiátrico, incluso nosotros mismos hemos deshumanizado a alguna persona o a comunidades enteras. Está dentro de la cultura y es tan común que ni siquiera lo notamos; por ejemplo, el no dejar que un vendedor ambulante termine su discurso, esquivar la mirada de una persona en estado de calle fingiendo que no se encuentra ahí, a dar chistes de “humor negro” respecto a los “loquitos del centro” o de otros grupos; incluso en el transporte público solo subimos y nos desatendemos de nuestro alrededor, sin percatarnos que alguien requiere ayuda para bajar o subir. Vivimos con la idea que la sociedad indica que sólo tú y tus seres queridos son los importantes de la historia llamada “vida” y los demás son personajes ambientales, que existen para que la escena no se vea sola o sin sentido. Empecemos a pensar en los otros, en preocuparnos y ocuparnos por los demás, somos la posibilidad de diferencia en nuestra sociedad, el autocuidado posibilita que cuidemos del otro, ese otro que no es tan distinto a nosotros o tan ajeno a la realidad que vivimos. La sociedad se compone por todas las personas y no funciona si solo unos cuantos son quienes hacen algo más por su entorno. Busquemos dignificar nuestras vidas desde las realidades que compartimos, porque no estamos tan solos como creemos en este camino llamado vida, pensar en la diversidad de personas para observar la diversidad de necesidades existentes a través de la empatía y la solidaridad, eso abre los horizontes para acompañarnos en una vida digna. Nos encontramos la siguiente semana para hablar del tema “Reconocimiento y encuentro con el otro”.

*Facultad de Psicología. Licenciatura en Innovación y Gestión Educativa. Área Educación Sociocultural. Estudiantes de quinto semestre. Contacto: ligesociocultural@gmail.com Referencia: Carvajal A. (2011). Adiós a la comunidad de locos. Tramas 34. México (pp. 245-261).

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