Opinión

2012, entre la continuidad o el cambio

Por Daniel Muñoz Vega

El actual proceso electoral es catalogado por muchos como histórico. Creo que todos los procesos electorales de la historia contemporánea de México se presentan ante diferentes panoramas que nos hacen pensar que son trascendentales, únicos, determinantes.

Las elecciones de 1988 se consideraban históricas por la fractura que ocasionó Cárdenas al Revolucionario Institucional. Por primera vez el PRI, en su nueva faceta neoliberal que adquirió en los ochentas, se enfrentaba a una verdadera oposición de izquierda que emanaba desde el mismo PRI.

El proceso de 1994 se presentó ante el frágil sueño primermundista que Salinas les hizo creer a muchos. Había un México que aparentaba haberse renovado económicamente en medio de la putrefacción del sistema político. El movimiento zapatistas, la muerte de Colosio y un cardenismo que podría volver a ganar, era la antesala de las elecciones del 21 de Agosto de ese año donde la maquinaria priista arrasó con todo.

Las elecciones del 2000 representaron un aparente tiro de gracia al PRI. 70 años de unipartidismo terminaron con el triunfo de Vicente Fox. Ese año representó el fin del priismo más decadente, las circunstancias se fueron dando para que fuera el PAN el elegido por la mayoría para ocupar la silla. Primera vez que un partido político de oposición gobernaría a México.

El 2006 se presentó ante el desencanto de la alternancia democrática. El personaje del momento era de la izquierda. Las circunstancias políticas del momento ponían a López Obrador en la antesala de la presidencia de México. Conocemos la historia, vivimos un complejo proceso empañado por la polarización política. Este mismo proceso tiene sus consecuencias 6 años después. El 2012 se entiende volteando nuevamente al 2006.

Estamos a dos meses y medio de lo que nuevamente llamamos “históricas elecciones”. La izquierda y la derecha polarizaron tanto a México en 2006, que el que supo capitalizar el desastre político de hace 6 años fue el PRI. Hoy muchos  ven como una amenaza que el PRI regrese a gobernar, otros lo ven como inevitable; yo pienso que es el fracaso de nuestra alternancia; El PAN siendo gobierno, no tuvo la capacidad de desmantelar la maquinaria priista, es más, el PAN gobernó sobre las mismas bases y con las mismas prácticas, eso nos ayudaría a entender el hecho de que el PRI pueda ser votado por la mayoría,  nos ayuda a entender que se legitime por medio de los votos su regreso.

Hay que entender que no es un PRI renovado el que volvería a hacerse del poder, es el mismo PRI que se fue hace 12 años, son los mismos personajes los que hacen la política dentro del PRI; el sistema le exige al PRI poner a una cabeza que está representada en Peña Nieto, que para este escenario, simplemente es una figura simbólica para justificar la reinstauración del priismo más decadente, reinstauración que se dará en medio de  nuestra simulada democracia.

Las circunstancias actuales son complejas. Tenemos que hablar de la situación económica mundial para entender lo que México está viviendo. El sistema económico actual, el neocapitalismo, el que se instauró en los ochentas,  está agotado; no tendríamos que ver hacia el mismo sistema cuando este tiene que ser renovado o cambiado. Solo la implementación de nueva reglas podrían hacer que México cambie su lamentable situación social, lastimada severamente por el crimen y al mismo tiempo, cambiar la mediocre situación económica, donde el sistema privilegia a unos cuantos concentrando la riqueza en pocas manos.

El poder económico tiene a su representante al cual impulsa para que se haga del poder político. El mismo esquema que se viene aplicando de años atrás. No podemos darnos el lujo de seguir funcionando de la misma forma ante la decadencia de país. El tema de la renovación está en la mesa, pero la sociedad mexicana o no lo quiere ver o no encuentra representante que impulse dicha renovación. El gran dilema es que una falsa renovación, representada en Enrique Peña Nieto, pueda ser creída, votada, legitimada por la mayoría en las urnas.

El primero de julio estaremos frente a una boleta electoral donde al igual que en 2006, podremos elegir entre cambio o continuidad; es decisión de la mayoría elegir un proyecto que siga en el esquema de simular la democracia o intentar, con todos su riegos, una nueva fórmula para transformar a México. Lo peor que podría pasar al votar por un cambio, es que no pase nada, urge la renovación, urge por lo menos intentarlo.

 

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