Opinión

2015, el abstencionismo como opción

Por:  Daniel Muñoz Vega

La actual situación política de México tiene que analizarse de manera profunda. Pensar en la decadencia política y social que vive el país no tiene que ser visto como parte de un karma colectivo del que se padece históricamente; el actual panorama es resultado de la necia continuidad de las políticas económicas de un neoliberalismo que, de manera embravecida, está terminando por desmantelar lo que quedaba de las principales fuentes de riqueza del país. Cualquier fuerza política que ejerza el poder, termina convirtiéndose en la gerencia de las empresas transnacionales. Ni siquiera la izquierda es capaz de ejercer presión para equilibrar la balanza; muy al contrario, con el objetivo de cuidar sus cuotas de poder, se convierte en un cómplice del sistema.

Hablar en pasado es un mal hábito que me parece necesario para entender el porqué de la actual situación política, económica y social de México.  El arribo de Peña Nieto a la presidencia significó la cimentación total de las política neoliberales en nuestro país. Lo que quedaba fue rematado.  Hubo oportunidades de cambiar el rumbo de México cuando la decadencia política de mediados de los noventa terminó quebrando las finanzas públicas,  y cuando la inmensa corrupción del sistema lo había podrido todo. Se intentó cambiar por la vía electoral, pero nuestra alternancia resultó un fracaso. Pasaron 12 años de aquel histórico 2 de julio del 2000 para reivindicar el cinismo de nuestra de desmemoria.

Los mexicanos hemos visto de todo, desde niños quemados en una guardería sin que exista responsable alguno, hasta el reciente perdón a Raúl Salinas de Gortari; vimos las privatizaciones del salinismo y el rotundo fracaso que significaron en la economía nacional, hasta las actuales reformas con aires privatizadoras; vivimos en 1998 el fraude del FOBAPROA y nos toca volver a vivir el injusto manejo de la deuda de PEMEX (en gran parte, derivada de la corrupción interna de la empresa) para convertirla en deuda pública. Vimos el fenómeno foxista del 2000 para acabar con el PRI y vimos el entusiasmo foxista del 2012 para regresar al PRI. Ineludiblemente, somos resultado de una conciencia ausente, nos caracterizamos por el cero ejercicio del uso de ella. La culpa no es sólo de los hombres que nos gobiernan, sino que también es culpa de nosotros, que consentimos ser gobernados por ellos.

El resultado de tener este sistema tan enraizado, capaz de hacer que cualquier fuerza política lo represente, es la corrupción, la desigualdad, la impunidad y el desinterés. Estas cuatro cosas son características de México visto como sistema. Años operando de tal manera, nos hace ver las cosas como si fueran normales y, en el peor de los casos, muchos aspiran a ser parte del sistema en vez de procurar cambiarlo. Las jóvenes generaciones políticas aspiran al poder ocupando los mismos discursos desgastados de sus padres políticos. Nada cambia.

El éxito del actual gobierno para lograr sus reformas consistió en desarticular el interés de una sociedad que sólo tiene capacidad de movilidad ante los desastres naturales. Nos pasó encima la aplanadora legislativa y nos acribilló el bombardeo de spots publicitarios. Estamos a menos de un año de las elecciones intermedias del gobierno de Peña Nieto, y la única opción que veo útil para hacer sonar una voz que manifieste el descontento es el silencio en las urnas electorales. Nunca había encontrado útil el abstencionismo, pero ahora, no votar significaría desconocer el sistema; hay que entender que PAN, PRI y PRD representan lo mismo, y votar por los partidos nuevos y pequeños significa hacer más grande el tumor de nuestro agotado sistema político. Si gran parte del padrón no acude a las urnas en 2015, encontraríamos la forma de unir la misma de idea de descontento; sí, alguien nos gobernará, pero de igual forma pasará si todos votamos, y será alguien que no defenderá nuestros intereses en materia de salud, educación y seguridad; el ganador defenderá primero sus intereses y, luego, el de los grandes capitales. El silencio masivo en tiempos electorales es desarticular el ego y la importancia absurda que se dan los políticos, es demostrar la inutilidad que representan los partidos, es tomar conciencia del poder ciudadano; es unificar fuerzas, es comenzar de cero, energía pura para quitarle poder al poder, sería un acto mágico de observar sin participar, generaría una nueva sinergia. Tenemos que dejar de generarle raiting a los políticos; hay que bajarlos de los anuncios espectaculares, hay que bajarlos de los comerciales de televisión, hay que desendiosarlos.

El éxito de un abstencionismo masivo tendría que hacernos entender nuestro poder. Generar una nueva conciencia para reorganizar a la sociedad donde comprendamos la idea del beneficio colectivo, la igualdad y la justicia. No perdemos absolutamente nada, lo que ganaríamos es abrir la conciencia para establecer un nuevo poder que radique en nosotros, los ciudadanos.

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