Opinión

A 10 años de la mentira más grande jamás contada

Por: Rodrigo Chávez Fierro

“El gobierno británico se ha enterado de que Saddam Hussein recientemente trató de obtener cantidades significativas de uranio en África. Nuestras fuentes de inteligencia nos dicen que ha tratado de comprar tubos de alta resistencia de aluminio adecuados para la producción de armas nucleares.” Éstas fueron las palabras que pronunció George W. Bush en su discurso sobre el estado que guardaba la nación norteamericana el 28 de febrero de 2003 y que sirvieron de “justificación” para la invasión de Irak el 19 de marzo del mismo año, a pesar de que fuentes del propio gobierno británico negaron tales afirmaciones.

La realidad todos la conocemos, no se encontró ninguna arma de destrucción masiva en territorio iraquí que justificara la invasión al país árabe, como tampoco se demostró el vínculo entre Saddam Hussein y la organización terrorista Al-Qaeda, otro de los argumentos sostenidos por la administración Bush; no obstante las consecuencias de estos actos han sido lamentables.

 

Irak es la segunda reserva de petróleo más importante del mundo. Es un hecho que Estados Unidos quería acabar con su dependencia del petróleo saudí tan rápido como fuera posible después de los ataques del 11/9 cuando terroristas, en su mayoría saudíes, secuestraron e impactaron aviones contra el World Trade Center de Nueva York y el Pentágono en Washington. Pero conseguir esta independencia energética y obtener el petróleo de Rusia, el mar Caspio o Canadá llevaría tiempo.

Irak tiene la capacidad de producir siete millones de barriles diarios. A esto tenemos que agregar que el petróleo de Estados Unidos comenzó a menguar en la década de los setenta, por lo que se ha convertido en el mayor importador de petróleo en el mundo.

Ya desde el mandato del presidente Bill Clinton, prominentes americanos le escribieron una carta sugiriéndole invadir Irak y controlar los yacimientos petrolíferos; entre los firmantes estaban Donald Rumsfeld, Dick Cheney, Paul Wolfowitz, los llamados “Neo cons”, quienes después se hicieron con el poder a la llegada de presidente Bush hijo.

Estos mismos funcionarios fueron los que crearon esta idea de peligro para la nación norteamericana de que Saddam Hussein poseía armas nucleares, químicas y biológicas, y que mantenía vínculos con la red terrorista Al-Qaeda.

Las declaraciones alarmantes del presidente Bush fueron precedidas por las de su vicepresidente Dick Cheney en agosto de 2002 cuando afirmó que existía un Saddam “armado con un arsenal de armas del terrorismo, capaz de poner en peligro directamente a los amigos de Estados Unidos en toda la región y someter a Estados Unidos o a cualquier otro país a un chantaje nuclear”. En septiembre de ese mismo año, el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, aseguró que tenía pruebas “contundentes” de los nexos de Saddam y Al- Qaeda. Para octubre de 2002, el presidente Bush señalaba que: “No se debe permitir al dictador iraquí poner en peligro a Estados Unidos y al mundo con horribles venenos y enfermedades y gases y armas atómicas.” En esas mismas declaraciones George W. Bush se refirió nuevamente al vínculo entre Saddam Hussein y Al-Qaeda.

La intención de quitar a Hussein del poder en Irak ya estaba en la mente de estos neoconservadores incluso antes del atentado del 11 de septiembre de 2001. La mañana misma de ese día, Donald Rumsfeld ordenó buscar una conexión para vincular a como diera lugar los atentados de Nueva York y Washington con Saddam Hussein. Este vínculo, como sabemos, nunca se pudo probar.

Los costos económicos, pero sobre todo humanitarios, de esta guerra son altísimos. Ya en 2008, el Premio Nobel de Economía norteamericano Joseph Stiglitz señalaba que la guerra de Irak se había convertido en el conflicto estadounidense más caro desde la Segunda Guerra Mundial. A lo que de sumarle los costes de la guerra en Afganistán explica en buena parte el déficit fiscal que mantiene a Estados Unidos con graves problemas financieros.

En Irak han muerto casi cinco mil soldados, casi todos estadounidenses. De los muertos iraquíes es difícil saberlo con certeza. Associated Press estimó en 2009 un mínimo de 110.600 muertos, pero investigadores de la Universidad Johns Hopkins elevaron esa cifra en 2006 a 600 mil.

A esto, tenemos que añadir el desgaste que se suscitó al interior del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y la división en los países europeos; mientras que España y el Reino Unido apoyaron la invasión, Francia y Alemania se opusieron. Grave además fue el menoscabo al sistema internacional que vio cómo se violentaba la soberanía de un Estado bajo el principio de lo que ya se ha dado en llamar “guerra preventiva”.

Todo esto basado pues, en una gran mentira.

@chavezfierro

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