Opinión

¿A dónde vas, Morena?

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

Por estas fechas el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) organiza diversos congresos en toda la República para decidir si permanece como movimiento o se transforma en partido político. Algunas noticias dan cuenta de que, en varios espacios, está ganando la segunda opción.

Una pregunta inevitable frente a este hecho es la de ¿por qué plantear semejante disyuntiva?, ¿qué acaso no podrían convivir articuladas las dos formas de organización?

Diversos promotores de la tendencia partidista (López Obrador al frente) sostienen que si Morena sigue como está, nunca tendrá la fuerza suficiente para acceder al poder, ni capacidad de participar en la toma de decisiones que verdaderamente importan; tampoco contará con un centavo para realizar todas las tareas que requiere realizar. Necesita, pues, una estructura y un registro oficial para poder competir con las otras visiones partidistas de derecha y desde ahí tratar de reorientar los destinos de nuestro país.

Las giras de Peña Nieto por Europa, sus ideas sobre lo que hay que hacer con Pemex, sus planes de convertir a todas nuestras bellezas naturales y culturales en “potencia turística mundial”, o su idea de educar a los jóvenes mexicanos para “triunfar en cualquier lugar del mundo” (según su primer mensaje como Presidente de México), lleva inevitablemente a la conclusión de que nuestro país corre un peligro mayor que el de sexenios pasados. Peña Nieto apunta (¿inconscientemente?) no sólo a poner en venta, sino a malbaratar hasta el último rincón nacional, a agravar la tremenda pobreza económica, social, cultural, espiritual en la que hemos caído como pueblo, a excluir a las mayorías, a aumentar la delincuencia organizada y, “por consiguiente”, el negocio de la guerra, no precisamente para acabarla sino para seguir manteniendo a la población en el terror y obtener de ella los remedios salvíficos, presentados como “seguridad nacional” o “reformas estructurales”.

La enorme riqueza de nuestras culturas populares quedará reducida, aún más de lo que ya está, a folclor de tarjetas postales y “shows” en hoteles con planes VTP para VIP’s. Toda institución pública se privatizará, aún más de lo que ya está, para alcanzar “la altura” de las “patito” con nombres extranjeros; las importaciones suplirán, aún más de lo que ya lo hacen, a la producción nacional (pues salen más baratas); quienes no alcancen los estándares internacionales no podrán continuar estudiando, ni obtener un empleo digno, ni mantener el que ahora tienen; quienes logren una chamba estarán atrapados, aún más de lo que ya están, en la lógica del outsourcing. El Estado seguirá funcionando, aún más de lo que ya funciona, para favorecer a los ricos, incluidos los políticos que seguirán considerando al erario público como su gran botín personal.

Poner freno a esto y cambiar de rumbo hacia un horizonte de justicia y bienestar para todos implica garantizar que mucha gente, realmente comprometida con el pueblo, no sólo acceda a puestos de poder, sino que sea capaz de hacer valer una lógica social opuesta a la dominante. Para ello se requiere, según la ley, contar con un partido político que tenga una estructura y cierta cantidad de miembros (según los diversos distritos electorales), así como registrarlo en tiempo y forma. Esto explica la premura con la que los promotores de Morena-Partido tratan de conseguir votaciones a su favor.

El problema surge cuando esta pretensión de ser partido se torna excluyente y anula la otra opción: Morena-Movimiento. Y es un problema porque confunde al medio con el fin: Importa mucho más el movimiento que el partido y el segundo debiera obedecer al primero.

Ya lo dijo Saint-Simon en su famosa parábola: la verdadera fuerza de una nación está en su pueblo, en sus trabajadores, NO en sus gobernantes (en versión resumida): Si se murieran todos los reyes, nobles y altos funcionarios de Francia, el pueblo se pondría triste, pero la vida no cambiaría mucho. En cambio, si se murieran sus principales trabajadores, entonces el país quedaría en la ruina. Esto mismo lo planteó Bertolt Brecht en su poema “Preguntas de un obrero que lee” (también resumido): Todos los libros de historia hablan de las grandes hazañas de los reyes y personajes ilustres, desconociendo que quien más trabajó en ellas fue el pueblo: los albañiles, los sirvientes, los cocineros…

En México los partidos se han corrompido a tal grado que es muy poco creíble que uno nuevo, surgido de Morena, nazca de pronto impoluto. La sospecha de que López Obrador lo quiera sólo para contender nuevamente en las elecciones de 2018 es demasiado fuerte, y lo menos que necesitamos ahora es otro mesías.

Ni Morena-Partido, ni Morena-Movimiento tendrían por qué excluirse mutuamente. Morena-Movimiento tiene muchas cosas que hacen falta al pueblo de México para fortalecerse, recuperar el ánimo y confianza en sí mismo: una organización flexible, acorde con las condiciones e idiosincrasia de cada grupo (y no con la rigidez geográfica de los distritos); la capacidad de articulación con otros movimientos similares (#YoSoy132, los electricistas, los mineros, los trabajadores aeronáuticos, los normalistas, etcétera); la democracia directa, a través de asambleas y de una organización horizontal que no depende de un solo dirigente, sino que aprovecha los múltiples talentos, y, sobre todo, la fuerza y riqueza de sus manifestaciones culturales.

Si todo México lograra organizarse de esta forma, ya no necesitaríamos partidos políticos; quienes accedieran a los cargos públicos no tendrían por qué hacer carrera en ellos; muchos estarían preparados para sustituirlos, y todos se verían obligados necesariamente a mandar obedeciendo al pueblo.

(Las ideas que expongo aquí surgen de una reunión con Paco Ignacio Taibo II y sus amigos).

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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