Opinión

‘Adelante, el mundo es suyo’*

Por: Angélica H. Morales

 

Buenas tardes.

 

A nombre de la familia Alvelais, Arroyo, Castillo, Contreras, Corona, Cortés, Delgado, Dorantes, González, Hernández, Jaralillo, Jiménez, Loyo, Martínez, Montes, Morales, Muñoz, Nieto, Olvera, Percil, Pérez, Quino Rivera, Ruiz, Sánchez, Silva, Soberón, Tepetate, Terrones, Urbiola, Vázquez, Villanueva, saludo con gusto a las autoridades universitarias, maestros, familiares y amigos que nos acompañan en esta ceremonia.

Personalmente, quiero agradecer a mis queridos amigos por brindarme el honor de dirigirles este discurso; espero que les guste.

Una graduación suele ser la ocasión propicia para reconocer el apoyo de las personas que han estado involucradas en nuestra formación universitaria; es común recordar con nostálgica alegría los maravillosos momentos vividos, las amistades forjadas, los romances y desamores de los últimos cuatro años.

Obligatorio es mencionar la épica transformación de los estudiantes de inocentes preparatorianos a todopoderosos universitarios.

En el caso del orador, es ley invocar con dolosa alevosía los terribles devenires a los que se enfrentarán los ingenuos graduados. O, por el contrario, augurar los más grandes destinos, como si este día nos dotara de una armadura invisible que nos blindará de los fracasos y las tristezas.

Podría ser momento de proferir las frases hechas: “Gracias” “Felicidades” “Lo hicimos” “Ustedes son el futuro” “Ahora nos toca ir a allá afuera”… Sí, la mítica frase “allá afuera”. ¿Cómo no recordarla? “Allá afuera no es como aquí. Allá afuera no los van a tratar como yo. Allá afuera se los van a comer vivos. Allá afuera no es Disneylandia”.

Pero ¿qué íbamos a saber nosotros cuando elegimos esta carrera? Aunque nos dijeran que moriríamos de hambre o que seríamos esclavos de algún magnate de los medios sin escrúpulos… ¿Y qué? Estamos chavos, se nos hizo fácil.

Si para entrar aquí era casi obligación escribir en nuestra carta de motivos que queríamos cambiar el mundo ¿por qué, entonces, ciertos maestros insistían en hostigarnos con un ‘¿seguro que quieres estudiar esto?’ para, acto seguido, ponernos el pie sobre el cuello y demostrarnos cuán terrible era la vida allá afuera?

Si eso es Disneylandia, me gustaría comentarle al gerente que su parque de diversiones no está funcionando muy bien que digamos.

Me alegra, sin embargo, que en este camino existan –también– maestros como nuestro querido Hugo –con justa razón elegido como padrino– maestros que nos enseñaron a base de libertad y vivo ejemplo: la vida no es sólo un cúmulo de reglas irrevocables; es aprender a romper esas reglas para crear algo distinto, algo mejor.

La vida es competencia, sí, pero es también honor, dignidad y camaradería. Es más que levantarse todos los días y cumplir con las manías de la clase media de una sociedad en vías de desarrollo. La vida se gana a través de pequeñas victorias… como la de cierta doctora.

La vida, nuestra vida, debe parecerse más a un diccionario lleno de posibilidades que a un protocolo de leyes y resultados. Allá afuera no existen sólo la maldad y la responsabilidad agobiantes; no se reduce todo a ganar o perder. Es también fallar a conciencia, disfrutar sin complejos, odiar con justicia y amar con frenesí.

Podría, como he dicho ya, caer en el lugar común de desearles el más próspero de los futuros. Pero eso sería poca cosa queriéndoles tanto como lo hago. Merecen, merecemos, algo más: deseo sinceramente que tengamos una vida plena, digna de ser contada, tal y como estos últimos años; que no perdamos nunca la sensibilidad para permitirnos experimentar la amplia gama de verbos, sustantivos y adjetivos que caben en los tomos de la RAE.

Dado que todos llegamos a esta carrera por mera casualidad, no sé si el graduarnos de ésta y no de otra sea un acto definitivo para nuestro futuro como profesionistas; ¿cómo saber que hicimos lo correcto? Sólo sé que ciertos azares maravillosos nos han hecho coincidir para unirnos como un pequeño imperio disfuncionalmente perfecto… y eso hace que todo valga la pena.

Para concluir, quiero contarles una breve anécdota:

No hace mucho tiempo, un día de esos en que los autobuses tienen la mala costumbre de atiborrarse de gente, se sentó a mi lado un hombre ya mayor que, con la candidez de un niño, empezó a hablarme con la confianza que sólo las conciencias tranquilas pueden permitirse.

Intercalando la razón de su viaje en aquel camión con las variadas experiencias de su vida, aquel caballero me explicaba lo hermoso que es luchar por una existencia feliz. Su máxima era el respeto por la ideología ajena y la convivencia armónica. “Imagina –me decía– que no hay causas por las cuales matar o morir; que no hay religiones; que no hay gloria que alcanzar ni infierno que temer. Imagina a todos los hombres unidos en hermandad. Imagina a la gente viviendo en paz.”

Y así, parafraseando la canción de Lennon, un desconocido me demostraba que es posible un mundo mejor, como el que nosotros queríamos cuando entramos a la Universidad, como el que queremos ahora que nos vamos de ella.

Cuando me di cuenta que mi destino había quedado tres o cuatro estaciones atrás, decidí –con tristeza– que era momento de interrumpir aquella charla. Tendí mi mano a aquel hombre y sólo atiné a decir “me tengo que ir… pero gracias”.

Él, con honesta sonrisa, tomó mi mano entre las suyas y me dijo “Adelante, el mundo es tuyo. Gracias por escucharme. Hasta luego”.

Si en un día cualquiera como ese podemos encontrarnos con personas extraordinarias como aquel hombre, creo que vale la pena ir sin miedo a enfrentarnos con el mundo de allá afuera; que, al fin y al cabo, ya hemos vivido en él más de veinte años. Ojalá que nosotros seamos capaces de, llegados los ochenta, decirle a un joven que un mundo mejor es posible, porque nosotros ya lo vivimos.

En fin, no me queda más que citarlo:

Adelante, el mundo es nuestro. Gracias por escucharme  y hasta luego.

 

* Discurso de graduación de la generación 2009-2013 de la Licenciatura en Comunicación y Periodismo, de la FCPS-UAQ turno vespertino.

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