Opinión

¿Ante qué fenómeno estamos con el proceso electoral?

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

“Todo lo que nos incomoda, nos permite definirnos”, Ciorán.

Una tarea educativa fundamental consiste en proporcionar a los sujetos herramientas que les permitan leer críticamente los acontecimientos, para estar en condiciones de comprender mejor la realidad, y para poder tomar decisiones más adecuadas, en orden a su mejoramiento.

Esta reflexión es especialmente urgente en tiempos electorales como los actuales, cuando somos bombardeados (y manipulados) por gran cantidad de mensajes estridentes, dirigidos no a nuestro intelecto, sino a nuestros afectos. La reflexión tiene lugar cuando contrastamos buenos argumentos opuestos y nos surgen dudas. Sin embargo, difícilmente puede darse, cuando el ruido mediático penetra nuestro intelecto, lo satura, aturde y enerva.

Por eso es necesario (para evitar la degradación humana), que asumamos nuestro papel de educadores-educandos, en nuestros diálogos con los demás.

Cuando hablamos de mejorar nuestro entorno ¿a qué nos referimos? La búsqueda de respuestas a esta pregunta es una tarea central del juego político: ¿Nos conviene más la privatización de lo público, para que los servicios sean “más baratos” y de “mejor calidad” (para unos cuantos, y en feroz competencia)? o ¿nos irá mejor, si asumimos el compromiso desafiante de fortalecer y mejorar nuestras instituciones públicas, para que nadie sea excluido y todos se beneficien (con apoyo de proyectos políticos socialmente responsables)?

¿Qué conviene más para mejorar dichas instituciones?: ¿promover que los maestros, médicos, enfermeros, funcionarios…, vean su trabajo como su proyecto de vida, como su espacio de realización personal, o pretender controlarlos, con base en motivaciones extrínsecas, ya sean “zanahorias”, “espadas de Damocles”, o “políticas de austeridad”? ¿Qué dicen la historia y la experiencia de otros países al respecto?

¿Cómo tiene lugar ese juego político que todos jugamos?; ¿cuáles son los resultados del mismo, y qué nos sucede durante el proceso?

Eso de jugar a la política o pretender no jugar, en absoluto, no es inocuo; trae consecuencias objetivas y subjetivas. Ya se ha hablado mucho sobre el enorme dispendio que traen consigo los procesos electorales, así como sobre la contaminación ambiental que provocan. En especial se ha señalado la forma como estas luchas por el poder pueden contribuir a ahondar las desigualdades sociales o, por el contrario, a poner frenos a los corruptos voraces.

Me pregunto ahora ¿cómo nos vemos involucrados y cómo nos afecta esta “guerra” en nuestra subjetividad? La frase de “los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”, tiene que ver con esto. ¿Qué necesidades de las personas, satisfacen (o dejan de satisfacer) las contiendas mercantiles/electorales, que llevan a cada quien a tomar determinada decisión?

Una de ellas, como sabemos, es la económica. (Aunque la “necesidad” económica de los pudientes no es la misma que la de los desempleados).

Antes no era así. Cuando yo era niña, admiraba a mi padre y a sus amigos, porque sólo el PRI-gobierno tenía recursos; ellos, en cambio, se costeaban por sí mismos su disidencia.

Hoy sólo cuenta el dinero y, además de quienes aspiran a puestos públicos, encontramos por doquier empleados efímeros del PRI PAN, PRD, PVEM o Panal, repartiendo volantes o colocando mantas partidistas en sus casas. Llaman la atención, en especial, muchos muchachos de la clase media que en las esquinas agitan banderolas y brincan “de júbilo”, echando porras por un candidato o partido. Algunos piden a los ciudadanos sus datos personales para “encuestarlos” y, sin que los informantes se enteren, los registran como “amigos del candidato”.

Todo esto no tendría por qué inquietarnos, si los promotores del voto lo hicieran por convicción, porque realmente conocen el ideario de su partido, porque tienen un proyecto social en mente y están comprometidos con él. El problema es que, con frecuencia, sólo lo hacen por dinero ¡No tienen idea de la política! Hemos descubierto, incluso, a algunos candidatos (a diputados, sobre todo) que no saben a ciencia cierta en qué consisten sus responsabilidades sociales, y están convencidos de que regalar cosas será una de ellas, una vez electos.

En ciertos contextos, en otros tiempos, la gente hablaba de la patria (sea lo que esto signifique), y tanto la amaba, que estaba dispuesta (equivocadamente o no) a dar su vida por ella. En otros tiempos, quienes traicionaban sus ideales eran considerados prostitutos o mercenarios. (Resulta interesante que un sinónimo de mercenario sea “asalariado”).

Hoy, es distinto y habremos de preguntamos (como lo hace magistralmente Martha Lamas sobre el tema del sexo servicio), ante qué fenómeno estamos: ¿ante una prostitución o mercenarismo políticos?, ¿ante una trata de personas? o ¿ante un trabajo, como cualquier otro? Quizá sean todos a la vez, según las circunstancias. ¿Por qué hay tanto escándalo, incluso en las campañas políticas, sobre los temas sexuales y no sobre la compra de personas y de votos?

¿Habremos de entender esta situación como un fenómeno económico, resultado de la desregulación neoliberal, como una mutación cultural o antropológica inevitables?

Marta Lamas señala: “…el mercado no es un mecanismo neutral de intercambio, y sus transacciones dan forma a las relaciones sociales. Si el mercado no sólo desata procesos económicos, sino que también da forma a la cultura y a la política, entonces hay que analizar cómo ciertas transacciones mercantiles frustran o impiden el desarrollo de las capacidades humanas”.

¿Cómo afectan los procesos electorales nuestra capacidad de pensar?, ¿en qué seres humanos nos estamos convirtiendo con ellos?

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