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Al que nace pa´tamal…

Se dice en el barrio…

Querétaro, Qro.

Comienzan a cantar los gallos y ya muchas casas se mueven agitadas trepando a sus triciclos ollas de tamales y atole. Como cuerpo de salud entregado a salvar vidas, sin dilación salen los tamaleros, se persignan e inundan las calles en diferentes direcciones y destinos. Cada uno sabe dónde pasan buscándolos más taxis y transeúntes, en qué entrada de fábrica pedirán sus delicias los infatigables obreros, en qué parada de camión habrá más demanda de dos, cinco o hasta diez tamales y, también, cuántos pedirán champurrado o atole de masa. Es un ritual secular, que ha recorrido espacios y paisajes, actividades y ritmos, vestimentas y formas de hablar. Todos buscan el lugar para satisfacer un gozo, también ancestral.

Hay quienes ofrecen sus suculencias en un tenderete de mantas, para protegerse del sol, la lluvia o el viento; otros que sólo montan la mesita a donde llega gente que, según gustos y bolsillos, los quieren de rajas, mole, chile verde o dulces. Algunos los degustan allí mismo, con atole o café; otros los comen solos, directo de la hoja o los piden en bolillo, y otros más se los llevan a casa. Sin saberlo, continúan una costumbre que llega de los que vivían en estas tierras, antes de la conquista: con cualquier pretexto los consumían y, en varios grupos, hasta les servían de distintivo de rango.

Leti coloca su vaporera de tamales y los termos con atole en la carretilla, para recorrer el barrio, mientras grita con voz de estruendo: “tamale, atole, tamale”. Cuando enviudó, tuvo que mantener a los chiquillos que le hizo el difunto, elaborando y vendiendo tamale, como le llaman en su pueblo. Desde luego, se le acaban todos los días, pero tiene que llevar el doble en sábados y domingos, pues le piden muchos más.

Desde el mayor hasta la más pequeña, sus hijos le ayudan siempre. Leti piensa que, aunque no les pueda enseñar otra cosa, los niños aprenden a valerse por sí mismos cuando ella les falte. Siempre carga con los cuatro a la plaza, dizque para que le ayuden con las hojas, chiles, especias, miel y todo para los tamales; pero en realidad hace que la acompañen para que sepan cómo pedir los ingredientes, dónde adquirirlos y hasta cuánto pueden gastar. Es a lo que ella le llama “la escuela de la vida”. Al llegar a su casa, los chicos deben lavar lo que traen del mercado, desvenar chiles, poner las especias justas, distribuir queso, pasas y cacahuates, revolverlo bien con la masa y calcular cuánta deben untar en cada porción; todo lo colocan de pie en la vaporera, con el doblez para abajo, y lo ponen a fuego lento, en “baño María”. Después les enseña a hacer el champurrado y el de masa (sin endulzar), los atoles que más le piden. Terminan preparando los vasos de plástico para la bebida.

A Leti le sorprende que, seguido, la llaman para alguna de las celebraciones que se acostumbran en el barrio. Por el 2 de febrero, por ejemplo, quien se “sacó el muñeco” en la rosca le hace un pedido grande. También le solicitan tamales especiales y atole de leche para cuando alguien se casa o es su cumpleaños. Pero ella casi nunca acepta ir a otra casa a cocinar, porque −dice− “entonces no puedo hacer los tamales diarios que vendo en la calle, y pierdo a mis clientes”. Lo más que hace es sugerirles que hagan tamales de esquites, como en el rancho; “es muy fácil, pues sólo tienes que mezclar la harina con manteca y el agua donde herviste hojas limpias de tomate, epazote, sal y una pizca de polvo para hornear; ya que untaste la masa en la hoja, le pones una cucharada de esquites y la cierras; la cocinas y, al servirla en el plato, les pones al lado más esquites, con queso, mayonesa y chile”. Para chuparse los dedos.

Leti está convencida de que hay que servir tamales sobre todo en dos ocasiones: una, en los nacimientos, porque abrir entonces el tamal significa que el niño sale de la mamá y lo presenta al mundo (por eso, debe dejarlo con los bracitos de fuera y no “envolverlo como tamal”); la otra es cuando alguien muere: durante el velorio, están diciéndole “adiós” al difunto, y enterrarlo es como envolver al tamal en su hoja, para que regrese a la tierra. De ella salimos y a ella volvemos.

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