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Regreso al Izta

Corría el invierno de 1975 y con un grupo de estudiantes, guiados por el compañero Juan José Terríquez, entre los que se contaban Manuel Gil Antón, Oscar González Gari, Alejandro Sotelo, Jesús Chalini, Irineo Pérez y Alejandro Gollaz, organizamos una excursión al Iztaccíhuatl. Quien esto escribe tenía 23 años y una buena condición física. Previamente habíamos entrenado en caminatas al ‘Pico del Águila’ en la cima del Ajusco, al volcán Xitle, corridas en Chapultepec y éramos practicantes de fut-bol, beis-bol y natación. Bajo esas circunstancias, salimos con cierto equipamiento físico en dirección al Paso de Cortés que se ubica justo en medio del Popocatépetl (‘Don Goyo’ y del Iztaccíhuatl (‘Mujer Dormida’), en los límites del Estado de México y de Puebla.

Hicimos el primer ascenso, durante 6 horas, hasta un refugio metálico, tipo iglú, que se encontraba a mitad del camino, a unos 4500 metros s/n/m. Ahí desplegamos nuestras bolsas de dormir, y medio dormitamos por el frío intenso. A eso de las 5 de la mañana del día siguiente, un 2 de noviembre, ‘Día de Muertos’, nos dirigimos hacia la rodilla, pasando por el vientre, el estómago y finalmente alcanzamos los pechos de la Mujer Dormida, a eso de las 12 del medio día. Es decir, alcanzamos la cima de 5,230 m/s/m.

La experiencia ‘erótica’ de recorrer desde los pies hasta los senos de la tercera montaña más alta de México (después del Pico de Orizaba y del Popocatépetl), fue festejada con porras y gritos por el equipo de jóvenes alpinistas. Todavía existían por lo menos 4 glaciares (en 2018, la UNAM colocó, el ‘Día de la Tierra’, una placa metálica de la deshonra y declaró lamentablemente extinto el glaciar de ‘Ayoloco’), y por la temporada invernal, la nieve ya estaba en las faldas del Izta, por lo que los ‘crampones’ fueron colocados en nuestras botas de minero muy temprano, junto sudaderas y chamarras, pants deportivos sintéticos, gorros, lentes oscuros (no había de protección solar) y piolets. En 1976, en el siguiente invierno, volví al Iztaccíhuatl, ahora con un grupo de ocho estudiantes jesuitas, guiados por el gringo David Ungerlaidder (nosotros le decíamos ‘Chinguerlaider’) y lo hicimos por una ruta distinta a la de ‘Los Portillos’, es decir con un ascenso más pronunciado hacia la panza del Izta. La noche nos alcanzó y nos vimos en la necesidad de dormir, improvisadamente, en una cueva, protegida por una especie de peineta nevada. En la madrugada rosácea, ya amparados por los rayos del sol y semiprotegidos por la aparición eventual de nubes, realizamos el segundo tramo hasta llegar al estomago frío de la Mujer Dormida y nuevamente acariciar sus senos. El descenso nos llevó 6 horas. No hubo colocación de banderas, pero volamos hacia el cielo nuestros gorros.

También en ese período de 1975-76, subimos en dos ocasiones, con el grupo de Juan José Terriquez, hacia el Volcán Popocatépetl, pernoctando en el refugio de Tlamacas y realizando el ascenso por la ruta del ‘Ventorillo’. Comparativamente, aunque la cima del Popocatépetl es más alta que la del Iztaccíhuatl alcanzando 5426 m/n/m, se puede lograr el mismo día el ascenso y descenso, en un espacio de 8 a 9 horas, dependiendo del ritmo del grupo y de un buen clima. Ahora, el Popo, está clausurado.

Finalmente, por iniciativa de Isadora Ríos, una extraordinaria deportista, a 46 años después de mi primer ascenso al Iztaccíhuatl, nos lanzamos a la aventura de ‘despertar’ la Mujer Dormida, durante los días 12 y 13 de febrero del presente. Les comento a nuestros lectores que participamos en un grupo de 10 personas, 5 hombres y 5 mujeres, más 4 extraordinarios guías de ‘4Seassons Adventures’ que nos estimularon, durante las fases de preparación, de acampar en La Joya, a 3700 m/s/m, de hacer aclimatación y de acompañar nuestro ascenso y descenso, mientras alcanzamos el objetivo ‘El Refugio de los 100’ y la Rodilla, rondando los 5000 miles. Fue una experiencia extraordinaria, tanto física como mental, en la que el trabajo de equipo, nos permitió, observar el bello amanecer, la contemplación del Popo, La Malinche, El Pico de Orizaba y en la otra cara, el Nevado de Toluca. Isadora, mi hija y quien esto escribe, nos abrazamos, lloramos juntos y reflexionamos sobre el significado de la vida, después de ser víctimas del COVID 19. Tuvimos presentes a nuestros familiares y a nuestros muertos. Nuestros pulmones soportaron el frío, bajo cero, el viento helado, el enrarecimiento del oxígeno por la altura y nuestros cuerpos soportaron el cansancio de 7 horas continuas de ascenso, con una carga de 15 kilos sobre la espalda, desde las 12 de la noche y 5 más de descenso, de las 7 AM al medio día. Con este reto del regreso al Izta, anticipamos mi festejo de 70 años.

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