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Cómo van hoy las cosas

Las predicciones antiutópicas de George Orwell (‘1984’), Aldous Huxley (‘Un mundo feliz’) y Ray Bradbury (‘Fahrenheit 451’), entre otros, se cumplimentan hoy aterradoramente.

Casi llegaba a su fin el siglo XVIII europeo cuando Emanuel Kant se vio enganchado en una discusión con el francés Benjamin Constant, muy joven todavía, pero ya hábil en la discusión política, que se atrevía a enfrascarse en discusión escrita con el viejo profesor alemán. El tema lo ameritaba. Kant había afirmado que es deber de todo ser humano decir siempre lo que considera la verdad, aun cuando pueda ser negativo para sí mismo o para la persona a la que uno ame entrañablemente.

Kant mismo aportó un ejemplo: supóngase un amigo -a quien la policía persigue y que, si lo atrapa, seguramente le va a dejar caer todo el peso de la ley–, en su huida, llega pidiendo refugio y uno lo acoge. Si, rato después, llega la policía preguntando si allí se esconde el amigo, aparece la disyuntiva: ¿Decir que sí o que no? El dictamen de Kant es contundente: es preciso decir que sí.

La razón es fundamental: los grupos humanos se establecen sobre la base de la confianza mutua, sin la cual revienta cualquier vínculo. Si los demás no pueden confiar en mi palabra, no pueden confiar en nada más; la argamasa fundamental del grupo se destruye y ya no hay nada que hacer.

Los argumentos de Kant y Constant se prolongaron, según su propuesta inicial, y no dieron ninguna conclusión definitiva y contundente. No importa, pues con frecuencia es más lo que deja el diálogo que lo que ofrece el punto final. De la discusión Kant-Constant vale más la idea de que los conjuntos humanos se configuran por la confianza mutua que se merecen; no tanto por los factores externos de coerción.

Siglo y medio antes de la discusión de Kant y Constant, publicó el inglés Thomas Hobbes el Leviatán (1651), obra donde se vale de la imagen del monstruo bíblico para dar cuerpo a un portento similar: el Estado.

A la palabra “Estado” se le asignó un significado teórico muy diferente al que tuvo entre agrupaciones no europeas o en siglos anteriores, durante el esclavismo o el feudalismo. Con la noción de Estado se idearon, a partir del siglo XVII y en adelante -con aportes de Hegel, Adam Smith, Jean Jacques Rousseau, Immanuel Kant, John Stuart Mill, etc.- dos ideas que nunca antes fueron tan separadas: la de lo público y la de lo privado.

Lo privado correspondería a los intereses de los individuos, en su ámbito “separado” (o sea, sobre lo que sólo a ellos les compete), mientras que lo público refiere a lo que concierne a todos, como ‘cuerpo único’ -expresado, precisamente, con la idea de Estado-. Los miembros de la “sociedad civil” son los sujetos -siempre ‘egoístas’, en tanto que cada quien pugna sólo por lo propio-, mientras que los funcionarios de los tres poderes (legislativo, judicial y ejecutivo), con otros elementos más, significan al Estado (que cuida del bien del cuerpo social).

Dicha comprensión de lo público implicó maneras “actualizadas” de ideas que venían de tiempo atrás, así como nuevos conceptos, creados ex professo.

Ejemplos de lo nuevo son: 1.- la idea de ‘contrato social’, que ve a la sociedad como consecuencia de un pacto entre individuos (iguales, separados y egoístas), para favorecer la supervivencia; así, 2.- el Estado es representante general de la suma de voluntades (subjetivas) de todos, y 3.- cada individuo hace las veces de socio (sociedad), con lo que se piensa que la voluntad popular revela, de antemano, su horizonte final: lo mercantil. Con éste, se consolida la cuarta idea: que todo se consigue mediante la violencia.

De esta manera, se arman casi todos los elementos que definen a Occidente en su régimen histórico actual: el capitalista. Sólo faltan algunos sazonadores sociales.

Desde la Grecia clásica se va desarrollando la idea de individuo; pero, mientras que en aquel entonces el individuo era consecuencia natural de una comunidad que impulsaba a sus miembros como expresión acabada de la fortaleza grupal (el individuo se debía por completo, pues, a su ‘gens’ o a su ‘fratria’), en la modernidad se convirtió en punto de partida (no consecuencia) y, como se dijo arriba, el egoísmo -no la confraternidad- se hizo su distintivo.

Ese egoísmo tiene consecuencias obvias, todas graves: 1.- que cada quien cuida sólo de lo que le concierne y se desentiende de los demás; 2.- que el egoísmo (atención sólo a sí mismo) crece cada vez más (el individualismo es mayor cada día en el mundo entero), mientras que el Estado (fuerza omnímoda) ejerce mayor imperio, de donde resulta que el individuo –el máximo ideal– termina siendo ínfimo y deleznable ante el Estado.

De allí las dictaduras republicanas del siglo XX. Pero, en el siglo XXI, el ‘Leviatán’ de Hobbes se transforma para hacer a un lado a la figura máxima de antaño (el Estado) y poner en su lugar a fuerzas todavía mayores: OCDE, FMI, TLC, casas de juegos transnacionales, empresas financieras mundiales, etc. Las predicciones antiutópicas de George Orwell (‘1984’), Aldous Huxley (‘Un mundo feliz’) y Ray Bradbury (‘Fahrenheit 451’), entre otros, se cumplimentan hoy aterradoramente.

Para fortuna del género humano, hoy se puede reconocer la generosidad de la mayoría de las personas, sobre todo en áreas “rústicas” o en situaciones dramáticas -como el terremoto que, nuevamente, asoló Mesoamérica hace apenas un año-, donde el sentido de comunidad coordina la vida cotidiana y permite ir tras del “Principio Esperanza”.

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