Articulistas

De derechos y chuecos (II)

Y no hemos hablado aún de que esta ley, tan pobremente defendida por Sergio Mayer, se contrapone en un coctel mortal con otros de los artículos de la, ya de por sí nefasta, ley anterior.

Si nos ponemos a pensar, el copy-paste es en sí la práctica más común de violación a los derechos de autor y reproducción de una obra, ¡y la enseñamos en la escuela!

Mis alumnos me han reclamado que por qué no hago presentaciones de la clase, qué no veo que así no pueden copiar sus apuntes y en cambio me tienen que hacer caso, “qué flojera”.

Ahora, no hay problema en que copien mis diapositivas, a menos de que yo quiera que sea un problema; porque, bajo la nueva Ley de Derechos de Autor, puedo decir que lo que copiaron es de mi autoría, que ellos son criminales y, por lo tanto, la Universidad está obligada a destruir los apuntes sin previo proceso, sólo a partir de mi dicho. Bien podría hacer esto antes del examen y ver cómo sus ilusiones de pasar la materia se extinguen, a diferencia de las llamas que consumen sus cuadernos y computadoras.

Ahora, mi plan malévolo puede dañarme también, porque si uno de mis alumnos alega que dicho material carecía de la leyenda “derechos reservados” seguida de la “c” de copyright, el gobierno me va a multar. Los apuntes serán destruidos y yo tendré que pagar.

Pero ahí no acaba la cosa.

Supongamos que un día va usted en un flamante Vocho, recorriendo la carretera que lleva a la sierra queretana. De pronto una de sus llantas se pocha. Usted detiene su Vocho a la orilla de la carretera y, ni modo, va a tener que caminar hasta la concesionaria Vochomex —las marcas están sujetas a estas leyes— más cercana, porque hay una ley que le prohíbe a usted cambiar la llanta por sí mismo.

Ahora, nadie lo ve y podría hacerlo, sin problemas, pero en ese instante ya es usted un criminal.

Vamos a imaginar que quita la llanta y la lleva al pueblo más cercano con un señor que hace talachas. El buen hombre, de manera ilegal, parcha su llanta y se la deja lista para volver a rodar, incluso mejor que antes, porque usa un sistema que él inventó y que le da el doble de vida a las llantas. El hombre y usted son ahora unos criminales.

Y supongamos que Vochomex se entera. Le pide al gobierno que encierre al buen hombre, que le impongan a usted una multa y que destruyan el taller —no sin antes robarse la tecnología del buen hombre, que en unos meses se venderá como tecnología Vochomex—.

Analogías aparte, una de las cosas más preocupantes que tiene esta ley es que nos impide desarrollar tecnología propia, limitando a México a ser sólo consumidor de lo que los Estados Unidos y Canadá vendan.

Y no hemos hablado aún de que esta ley, tan pobremente defendida por Sergio Mayer, se contrapone en un coctel mortal con otros de los artículos de la, ya de por sí nefasta, ley anterior. Situación que un buen abogado, en el más puro estilo Annie Wilkes, puede mezclar para envenenar (metafóricamente hablando) a quien quiera que se oponga a los intereses de su cliente; digamos, alguien que lo esté criticando políticamente, por ejemplo.

Tampoco hemos mencionado que muchas de las cosas que platea dicha ley van en contra de lo dicho por las Naciones Unidas en el 2016, donde se declaró que el acceso a Internet es un derecho universal, parte del derecho que tienen todos los seres humanos a opinar y expresarse libremente, sin interferencias.

Esta nueva ley nos hace criminales a todos, incluso a los políticos que presumen de ser impolutos —te digo Sergio para que me entiendas Andrés—. Evita que podamos desarrollar nuevas tecnologías, nos condena a una cadena de obsolescencias planeadas por los fabricantes y les da poder a las empresas, a los políticos, a Estados Unidos y a Canadá sobre lo que los mexicanos hagamos, o dejemos de hacer en la red.

Para la próxima, igual que le digo a mis alumnos, mínimo lean lo que van a copiar, a ver si nos conviene.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba