El amor de Claudio
Se dice en el barrio.
Querétaro, Qro.
Una mujer le tocó el hombro; le dijo que le estaban gritando. En eso, llegó Celi corriendo para darle sus llaves; Araíz las había olvidado y no podría entrar a la casa cuando regresara. Hace tiempo que ya no oye bien, lo que la trae preocupada. Por eso se encamina ahora con la doctora especialista en oídos, nariz y laringe. Desde que la conoció, se entendió muy bien con ella y ahora son amigas…, hasta confidentes.
Araíz teme quedarse sorda; puede sufrir un accidente. La gente ya casi le habla a gritos. Por fortuna, la otorrinolaringóloga le dijo que su sordera se puede remediar con estrategias de limpieza y ciertos ejercicios, según le recomendó.
En el consultorio, Araíz fue testigo de una discusión entre la doctora y Claudio, su hijo menor. El muchacho quedó muy trastornado por la muerte de su papá, y ya no siguió estudiando, a diferencia de sus hermanos mayores. Aunque quiso hacer la prepa, no entró por las asignaturas que debía en la secundaria. Han pasado los años, y dejó definitivamente la escuela: sus intereses son otros. La doctora le costeó una capacitación para que pudiera ser auxiliar de ella y, así, ganar algún dinero. Él es su recepcionista, y atiende a los pacientes.
Desde antes de salir de la secundaria, iba rezagado y faltaba mucho a clases. Se juntó con otros que, como él, también hicieron la escuela a medias; se embriagaban casi todos los días, y a menudo terminaban dormidos en el arroyo. Sucedía que, a veces, la mamá tenía que sacarlo de la cárcel porque había asaltado para poder comprar bebida.
Andaba en la vagancia cuando conoció a Marcia, una mujer que también hizo su vida en la calle. Con 19 años a cuestas, arrastraba todo el tiempo a su hijo, con hambre y preguntas sin responder; se le notaba al niño un gesto de extravío metafísico. Claudio se compadeció y los metió al departamentito que la doctora le pagaba para que el muchacho no quedara tirado en la calle.
Marcia y su hijito se fueron a vivir con Claudio. Los dos adultos juraban haberse enamorado uno del otro, lo que les permitió pasarla bien durante unos meses, pero siempre extraviados. El niño no salía de su confusión, entre dos alcohólicos eternos. Marcia comenzó a golpear a Claudio, porque no le llevaba dinero para comprar más trago y, peor, no quería que le dejara encargado al niño para salir con sus amigos. El pequeño se refugiaba azorado en un rincón, desde donde veía a su madre golpear al hombre: varias veces le rompió palos en la cabeza o en la espalda.
Después de que, con el ladrillo de una construcción cercana, Marcia rompió la vitrina de un expendio de bebidas alcohólicas y se llevó dos garrafas, la policía la atrapó y, sin siquiera hacerle juicio, la refundieron por cinco años a un reclusorio para madres. Al niño lo entregaron a un orfanatorio. Impactado, Claudio dejó de beber. Juró quedar libre del alcohol para siempre. En este lapso, fue cuando recibió la capacitación que le pagó su mamá y se dedicó a atender a los pacientes en el consultorio.
Entonces conoció a Karola, una chica que, a los 25 años, quedó huérfana de madre. Sus hermanos (una mujer y tres muchachos mayores) le dijeron que a ella le tocaba atender al papá, enfermo. Se entregó con auténtico amor a cuidar al viudo y, después de unos años de atención abnegada, consiguió que se levantara de sus males físicos y del dolor por haber perdido a su esposa. Entonces, los hermanos le dijeron que ya se debía ir de esa casa, pues nadie más la necesitaba.
Al verla desvalida, Claudio se compadeció de ella; habló con su madre para que le ayudara a conseguirle un empleo. La doctora lo pensó bien y vio la posibilidad de que su hijo y la muchacha se enamoraran y, así, él se olvidara para siempre de Marcia, la mujer que estaba en el reclusorio. Su deseo pareció cumplírsele cuando le ofreció a Karola unas tareas administrativas en el consultorio médico, que ella aceptó y, días más tarde, el hijo la invitó a irse a vivir a su departamento. Ahora que Araíz volvió a revisión por lo de su sordera, fue testigo del reclamo de la doctora a su hijo, porque no atendía a Karola como ella se merecía. Fue cuando Claudio le gritó, apuntándole la cara con el dedo: “No, madre. No te confundas. Karola no me importa, y ella conoce bien mis planes. Sigo enamorado de Marcia, y sólo espero a que la liberen, para que vivamos juntos de nuevo; no me importa que me pegue. Necesito que Karola se vaya de mi casa a hacer su propia vida. ¿Cómo? No es mi asunto”.