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El destino del Pitirijas

SE DICE EN EL BARRIO

Querétaro, Qro.

Cuando llegó al mundo, muchos dijeron que traía bajo el brazo sus “tortas” para no ser una carga. La primera “torta” fue que, en su nombre, sus padres se reconciliaron, aunque fuera por unos días; siempre andaban “de la greña”, y ya no podían estar juntos más de una hora seguida. Uno de los últimos encuentros que tuvieron como pareja fue ese momento en que el Pitirijas fue convocado a la existencia. Poco después se dejaron definitivamente.

La segunda “torta” fue que la pareja consiguió empleo por estos días. A veces, llamaban a Dora como cocinera, pues había heredado de quienes la criaron eso que llaman “buen sazón”, aunque no le gustaba cocinar, y no duraba en las fondas; sin embargo, en esta ocasión la llamaron de “La cocina de Estela” porque dijeron que, más que nunca y siendo tan pobre, necesitaba juntar algo de dinero, antes de parir, para pagar los gastos. El Pitirijas era el quinto de los hermanos, y sólo Dora sabía quién era el padre de cada uno de sus hijos, aunque ella decía que eran de su esposo Nicho.

El caso de él era diferente, pues desde niño fue aficionado a los cuentos ilustrados y a las novelas, aunque prefería las aventuras, las románticas o las históricas, pero leía todo lo que le caía; siempre andaba con una revista bajo el brazo; y donde quiera que se paraba a “no hacer nada”, se ponía a leer; intentó ser actor radiofónico, porque siempre leía en voz alta interpretando a los diferentes personajes. Pero las pocas estaciones que había en Querétaro y transmitían radionovelas ya estaban comprometidas con las que se escribían y grababan en la CDMX. No le quedó más que ir de casa en casa, como cobrador de las ventas a plazos de varias tiendas de Querétaro; salía temprano del barrio, se trepaba en su bicicleta y recorría todos los rumbos…, hasta que terminó bajo las ruedas de un camión repartidor de refrescos.

Los hermanos del Pitirijas son mayores que él por 10, 9, 8 y 7 años; tienen que velar por sí mismos, pues nunca han contado con el apoyo de sus padres. Por eso, en realidad, también el último ha crecido solo, desde que salió de su casa a los 12 años; se alimenta y viste por la compasión de la gente que lo ve andar siempre en la calle. Más allá de lo que necesita un niño para crecer sano psicológica y socialmente, se puede decir que él ha sido un “hijo del arroyo”. Se le ha hecho “natural” dormir en las calles, sobre todo cerca del mercado del barrio, del que recoge restos de frutas y verduras que todavía no se pudren.

En once meses más, cumplirá casi medio siglo de ir aprendiendo −con ofensas y dolores− que no debe acercarse a los que van al mercado a hacer sus compras, a menos de que lo llamen para cargar las bolsas del mandado o hacer un servicio.

Hace unos meses recibió la última enseñanza, cuyo costo real es todavía impredecible: en el mercado le regalaron un licuado de fresa; una ñora le dio dos gorditas de maíz criollo y el del pan le extendió uno de los bolillos que vende a diario. Ufano de este tesoro, con la vista encontró un espacio en la acera de enfrente, donde podría disfrutar de su primer alimento (que, como le pasa seguido, en su situación no sabe si podrá comer hoy otra vez). Se acomodó bajo la jacaranda cuya sombra atenúa el calor intenso. Al terminar, enrolló su vieja manta y la colocó como almohada; tenía urgencia de una siesta. Se quedó dormido de inmediato. No sabe cuánto tiempo estuvo así, cuando lo despertaron unos golpes que recibió en la cara. Quiso saber qué acontecía, cuando una patada en la boca le tumbó dos dientes; expulsó un chorro de sangre con dolor indescriptible. Tantos puñetazos y patadas le llegaron que pensó que era su momento final. Con los brazos se cubría cara y cabeza, mientras que las rodillas dobladas le protegían el vientre. Comerciantes del mercado, agitados, arrebataron al Pitirijas de los agresores; éstos dijeron que el pordiosero había intentado violar a una niña de cuatro años, sobrina de ellos. Ya no pudieron golpearlo más, pues llegó enseguida una patrulla, que se lo llevó al CERESO. Ahora lo están juzgando, y un defensor contratado por la familia, le pide al Pitirijas que se declare culpable, para que lo condenen sólo a 10 años de prisión. De lo contrario, el juicio durará, por lo menos, quince años, durante los cuales seguirá en prisión, más el tiempo que le asignen de castigo.

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