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No hemos entendido nada

El eslogan mandaba el mensaje correcto: falló la estrategia de exterminio. La lógica de la guerra, de matar a los malos, es perjudicial por donde se le vea: genera más violencia, no termina con los problemas de inseguridad, debilita los lazos sociales y al Estado mismo, que se revela incapaz. Hasta ahí, bien. Todavía mejor: se acompañó con una propuesta que desafiaba toda esa construcción: pacificar al país.

Del “abrazos, no balazos”, se hicieron muchas burlas. Y continúan. Por alguna razón, hubo quienes lo entendieron en sentido literal. Independientemente de eso, a la mitad del sexenio no hay mejorías en materia de seguridad. No hay pacificación ni parece que se haya hecho efectivo eso de no matar a mansalva.

En El País, se publicó la semana anterior un reportaje (más) sobre los grupos de delincuencia organizada en México. El trabajo tiene claroscuros. Por un lado, la nota presenta datos que alimentan la narrativa sobre el narcotráfico en México: ciertos grupos de la delincuencia organizada se disputan el territorio, controlan a otros, menores, en prácticamente todo el territorio nacional.

El reportaje se basa en un estudio realizado por un Centro de Investigación. De esto último, y no es casualidad, se sigue un problema: la academia dominante en ciencias sociales sigue atrapada en la racionalidad instrumental como elemento explicativo. Así, la delincuencia responde toda a lo mismo, tiene los mismos motivos y, parece, comparte el mismo origen. La voluntad es explicativa porque aparentemente ya entendieron (o siempre han entendido).

Por otro lado, el estudio de que se sirve la nota sí pone un acento importante y tampoco es nuevo, porque ya antes lo habían hecho (ellos mismos): más allá de la retórica oficial, las fuerzas armadas continúan matando. Mucho más de lo que quisieran reconocer.

Estamos, me parece, ante el peor de los mundos posibles. Es relativamente entendible que nadie quiera apuntar al poder político de las fuerzas armadas como elemento previo. Es decir, si han ganado fuerza en este sexenio es porque antes, desplegados en territorio nacional, ya habían conquistado espacios de poder: para negociar con gobernantes de todos los niveles y con la propia delincuencia. En ello, generaron sus propias dinámicas de poder. A nadie le conviene hablar de eso, porque terminarían embarrados todos. Los de ayer y hoy.

Pero seguimos atorados en la narración de la guerra, de las mismas atribuciones de motivos a partir de la cual se traza una solución, que no por obvia deja de ser nociva: el combate.

Habrá quien diga que no es la única solución lógica. Que el verdadero disuasor es la aplicación de la ley, el trabajo de las fiscalías e, incluso, de las policías preventivas. El problema es que esa idea parte de la misma base: bastan los incentivos negativos para atenuar un problema. La cosa es que no entendemos bien qué origina ese problema y, como si fuera cualquier otro lado, y todos los lugares fueran lo mismo, basta con el castigo que sí se cumple.

En el gobierno, academia, discusión pública, hay respuestas de cómo hacerle frente, qué se necesita y por qué. Como si todos ya hubieran entendido el resto.

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