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El País

En 2020, el cese de la edición impresa de El País para América Latina muestra cómo es que predomina el «inasible reino de lo virtual».

Voy a extrañar a El País. Y es que su edición para América Latina abandonó la materia y, con el año nuevo, migró al inasible reino de lo virtual. Ir al puesto de periódicos sigue siendo para mí un ritual cotidiano. Hojear El País todos los días era parte de mi pequeña felicidad diaria. En las planas de los periódicos se nos aparece la miseria del mundo dentro de la estructura de los acontecimientos. También la belleza y el esplendor humanos. En el mundo virtual, le ha sido asignada a todo la misma prioridad.

En el nuevo orden informativo, con frecuencia la cáscara parece tener la misma importancia que una sinfonía. Instalados en el hiperconsumo, la información envejece al instante y estamos olvidando cómo era la atención concentrada, la relectura, el subrayado de una oración, las anotaciones en los márgenes. Extemporáneo, como siempre me he sentido, contemporáneo de mis abuelos, fetichista y retentivo, todavía procuro el papel porque tiene que ver con los orígenes y con la densidad de lo real. Lo guardo y lo huelo. Queda ahí como evidencia material de un tiempo que un día se subió al tren rápido y ahí va, quién sabe a dónde, pero eso sí, con mucha prisa.

Mantengo la insana manía de conservar periódicos desde 1978. Guardo por ahí algunos ejemplares del Excélsior que leía en un pueblo a donde los diarios llegaban a las 5 de la tarde. No apilaré más la Babelia de los sábados ni las Ideas de los domingos y cuando pase mi duelo buscaré el pdf y seguramente me apoltronaré, tardíamente, en las sensaciones nuevas de la web. Para dar gracias por los favores recibidos, recordaré algunas líneas de la “Noria solar” de Manuel Vicent, su breve columna del 29 de diciembre, una suerte de bienvenida al 2020.

La vida –dice Vicent– consiste en dar unas cuantas vueltas al sol, una por año, y la muerte sólo es el hecho anodino de tener que apearse de esa noria cuando se acaba el tique, que nos regala el misterioso dueño de esta feria, de quien nadie sabe nada. La vida te permite entrar en este parque de atracciones para montar en una nave que viaja a 30 kilómetros por segundo en un vuelo elíptico alrededor de una bomba de hidrógeno y el único milagro estriba en que, pese a una velocidad tan alucinante, a nadie se le vuela el sombrero.

Sigue Vicent: “Si la vida es lo más parecido a una feria, un breve caos entre dos infinitos silencios, como dice Samuel Beckett, ¿qué motivo hay para tomarse en serio este mundo? Al parecer, todas las locuras están permitidas en ese viaje a bordo de un gramo de polvo perdido en el universo, que da vueltas y vueltas transportando un inmenso y absurdo guirigay lleno de violencia, un griterío de monos confundido con el parloteo estúpido de los humanos y también toda clase de sueños. En efecto, cualquier locura tiene cabida en esa singladura excepto la de hacer inhabitable esta nave galáctica […]

“Pese a todo –finaliza Manuel Vicent–, cuando la humanidad desaparezca de la faz de la Tierra, seguirán dando vueltas por el universo, convertidas en polvo de estrellas, la locura de Don Quijote, la duda de Hamlet, los versos de Hölderlin, la Venus de Botticelli y la Flauta mágica de Mozart. Y solo por eso habrá merecido la pena el haber pasado por esta feria”.

Pues sí, que 2020 sea más llevadero. Gracias, El País.  

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