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En el monasterio

SE DICE EN EL BARRIO

Querétaro, Qro.

En notas personales, fray Serapio dejó escrito que, en el otoño de 1897, llegó al monasterio el joven padre Flavio −recién ordenado−, para apoyarlo con la feligresía, como adjutor. Feliz por tener, finalmente, a alguien que le ayudara con el cuidado de las almas, lo que le resultaba muy pesado a partir de que murieron los cuatro frailes con que atendía la parroquia, le asignó un camastro al recién llegado y lo llevó a reconocer la iglesia donde diario oficiaba misa, a las 6 de la mañana. Después del santo oficio, fray Serapio tomaba un desayuno frugal y salía presuroso a la región a ver a campesinos, jornaleros y comerciantes en pequeño. Ahora, las oscuras nubes y el viento frío presagiaban un invierno helado. Las nevadas que cayeron a la entrada de la temporada causaron que don Sera, como le decían con cariño, cayera en cama para ser finalmente llevado a la tumba al cabo de una semana.

Bajo la guía amorosa de don Sera, el padre Flavio aprendió a cuidar de las almas de aquella parte del Bajío. Infatigable, acompañaba al padre Sera en sus correrías y, una vez que éste falleció, el joven recorría cerros escarpados y laderas, cruzaba arroyos o ríos bravíos, pasaba días sin comer, se guarecía en recodos mientras escampaba, o bien pasaba la noche encima de algún árbol para no ser presa de las fieras. Se entregaba de cuerpo entero a la comunidad.

Cada dos o tres años, veía al señor Obispo para dar cuenta de su trabajo; le pedía apoyo con sacerdotes, pues era mucha la necesidad; pero el prelado respondía lo mismo: escasean las almas que se entreguen a la obra divina. Pasaba tres días en la casa episcopal, en ejercicios espirituales, y regresaba a su parroquia, con espíritu renovado. Amado por su feligresía, le impartía sacramentos y la orientaba en sus celebraciones populares.

Un día fue a la cabecera de la diócesis; pasaron tres meses y no regresaba. La gente se preguntó si, acaso, el Obispo se enteró de que la hija del dueño de la región había sido enamorada por Flavio. La gente se preguntó, también, si el padre de la muchacha había exigido a la autoridad religiosa que sacara del pueblo al sacerdote deshonesto, ya que él, el padre de Elena, durante la fiesta patronal daba a la parroquia −ante todos− grandes limosnas y pagaba íntegros los gastos de la fiesta. A cuatro días de que comenzó a cuchichearse sobre este tema en el pueblo, Elena despareció. Incertidumbre y sospecha, a la vez, hicieron presa de todos; más, del padre de ella. Alguien creyó ver a la chica, por última vez, entrando al monasterio y cerrando tras de sí el portón. Supusieron que Elena y Flavio se encerraron en el convento para disfrutarse a solas. La muchedumbre intentó abrir el portón, pero las gruesas puertas no cedían, pese a la fuerte presión de la multitud. Se valieron de barras de acero para abrir e ingresar…

Allí, Luz María interrumpió su narración, pues le urgía confesar que ésa fue su primera película: ella era una de las mujeres del pueblo que empujaba el portón del monasterio; la cámara corría a espaldas del pueblo enardecido, ansioso por corroborar el sacrilegio que se atribuía a los enamorados. Con orgullo apenas contenido, Luz María dijo que, dos años más tarde, al pasear en Culiacán con su esposo y sus hijos, se rodaba una película sobre la guerra en que los Suquamish fueron masacrados por los blancos en la frontera con Canadá; a ella y a su familia los invitaron para que representaran, con pintura roja como sangre en el pecho, a algunos de los cadáveres que certificó la cámara cuando yacían en arroyos. Un año después fue protagonista del filme a propósito de esa ocasión en que se vio a un monje sin cabeza brincando de tumba en tumba, en un cementerio del poniente; Luz María fue parte de la turba que, desde la oscuridad de medianoche, amenazaba con exorcizar al día siguiente al aparecido. Afirmó que, ahora, ya la buscan para ser uno de los personajes de aquel viaje nefasto en que salieron trabajadores a los EEUU en busca de empleo y, pese a la búsqueda sin reposo de madres, esposos e hijos que quedaron en la Sierra Gorda, se han perdido en la bruma, aunque no en el olvido.

Terminó la reunión. Luz María se retiró satisfecha a su casa por haber hablado de su actuación en los estudios cinematográficos. Los demás contertulios también se retiraron, a prepararse para el trabajo del día siguiente, pensando que una vecina suya era actriz de cine internacional.

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