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Intentar ser amables

Desayunar, comer y cenar diariamente tan dramáticas realidades; recibirlas sin parar a través del móvil o tragarlas de la tele antes de ir a dormir, puede hacer daño.

En las charlas con varios amigos, se repite una y otra vez la pregunta: ¿qué le pasa a la gente (incluidos nosotros mismos) que anda tan hipersensible, ríspida o intolerante? Más allá de los medios que focalizan insistentemente la violencia, por doquier nos enteramos de que nuestros cercanos sufren depresión, ‘burnout’ que han sido víctimas de agresiones, o que ellos mismos se han vuelto groseros o violentos.

Los secretos familiares, que en otros tiempos se guardaban con celo especial, hoy se publican impúdicamente en las redes sociales, generando múltiples escándalos y tensiones. Varias exigencias de la modernidad son internalizadas por muchos, sin importar su clase social, y se arropan bajo expresiones de “éxito”, “libertad”, “derechos” o “justicia”, para ganar legitimidad.

La confusión se exacerba y millones de palabras se vuelven moda, brincan sin ton ni son y se asignan indistintamente a cualquier circunstancia. Basta insertarlas en un discurso ‘políticamente correcto’, para erigirse como jueces y, desde su “superioridad”, poder señalar a quienes “no están a la altura”, son “incongruentes”, “deshonestos”, “ineptos”, “mediocres”, “apáticos” o “con perfil delincuencial” (sic)… 

Hoy parece mucho más difícil, reconocer las circunstancias que empujan a ciertas personas a salirse de esa febril carrera que busca alcanzar los “altos estándares” socialmente esperados (¿la mayoría?). ‘Las mañaneras’, por su parte, no dejan de develar las innumerables corruptelas, que vienen afectando a muchas instituciones públicas, así como a un sinfín de empresas implicadas. Antes sólo teníamos sospechas. Hoy, las evidencias son contundentes, y quienes reciben la información, no pueden menos que indignarse. Sólo que la furia se vuelca contra el mensajero, que evidenció el desfalco e intenta detenerlo, y no contra quienes lo perpetraron.

Desayunar, comer y cenar diariamente tan dramáticas realidades; recibirlas sin parar a través del móvil o tragarlas de la tele antes de ir a dormir, puede hacer daño. En estas condiciones mucho se discute sobre cómo limitar o controlar a tan turbulentos flujos informativos, plagados de errores, inexactitudes, contradicciones o abiertas mentiras. Varios opinan, al contrario, que ése es el precio que debemos pagar por la libertad de expresión, que es inalienable, “le duela a quien le duela”.

Así, el prójimo es confundido con el poderoso, y el patriarcado despierta furioso en gente, antes inofensiva, o incluso se expresa tras rostros de mujer. Algunos optan por cerrar sus canales comunicativos, como hizo Fox, cuando sugirió a aquella anciana: “es mejor no informarse para ser más felices”. Así se enclaustran en ‘castillos de pureza’, o ‘torres de marfil’, en bellas y amuralladas zonas residenciales, que no les permiten ver el lado jodido del mundo.

Lo que hoy vivimos parece imparable. Así que la gente de buena voluntad habrá de aprender, sin acostumbrarse, a superar el drama, no sólo de recibir miles de mensajes ácidos, sino múltiples agresiones que vienen de los más sensibles y frágiles, ésos que terminan por desquiciarse, que sienten paranoia, recelo…, o andan a la defensiva de todo lo que esté vivo.

Lograr la comprensión de que ‘TODO LO QUE EL OTRO NECESITA ES AMOR’, como cantaban Los Beatles, implica dejar el egocentrismo y reconocer que ese otro también existe y sufre. Ser amables con los demás es una consigna que parece sencilla o básica, pero que requiere una gran generosidad, capacidad de escucha y permanente autoconciencia de las propias incongruencias. Esa capacidad sólo se consigue, practicando.

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